Sobre el sentido de la vida

María Fernanda Navarro
Universidad Jorge Tadeo Lozano
A veces pienso que me gustaría ser una niña otra vez. ¿Por qué? Porque, en esencia, los niños son tan puros y están llenos de vida.
Ellos nunca se levantan preguntándose si su existencia tiene algún sentido. Probablemente, mientras crecen, no sienten esa carga sobre la vida misma, el futuro, las relaciones interpersonales fallidas o el miedo a morir.
La razón radica en que ninguna persona, al nacer, es consciente de los problemas, los baches, los fracasos, las tristezas o cualquier otra adversidad del diario vivir que pueda llevar a perder el horizonte de la vida. Esa oportunidad de estar vivo comienza a carecer de sentido para muchos jóvenes y adultos, mientras que para los niños sigue siendo un juego que necesita ser experimentado de la manera más feliz y sincera posible.
Ahora que lo pienso, me gustaría volver a ser una niña para haber aprovechado más esa etapa, sin desear ser grande, sin anhelar esa vastedad y esa magnificación como única meta de vida. Me hubiera gustado que esa felicidad genuina durara más tiempo; me hubiera gustado aprovechar cada salto, cada sonrisa, cada vivencia, para recordar que en ese momento mi vida sí tenía sentido, sin tener que preocuparme por las cosas más banales.
A los ojos de los niños, las cosas parecen fáciles. Claramente, habrá tristezas que pasan en dos minutos o menos. Al parecer, ellos le dan sentido a sus vidas basándose en trivialidades o en cosas insignificantes y, aun así, son los más felices sobre la faz de la tierra (cabe recalcar que no todos los niños son realmente felices).
A causa de ello, soy fiel creyente de que los adultos, al no encontrar una respuesta válida a la pregunta por el sentido de la vida, recurren a seres superiores, a la religión, al trabajo, al futuro, al éxito, al pasado, a la música o incluso a las relaciones para justificar su existencia en un mundo manchado de corrupción, ignorando la soledad que los ataca, la desesperación que los habita, el sentimiento de muerte que los invade y el final que los espera.
Pero, ¿qué es lo malo de los niños? Que su sentido de la vida, más adelante, depende meramente de las experiencias, del foco en lo inmediato y de la influencia social y religiosa de unos padres reprimidos por sus propios fracasos, que terminan llevando a sus hijos a buscar opciones inútiles e infelices para cumplir sus sueños, hasta el punto de cortarles las alas, limitándolos a imaginar un futuro diferente al suyo y obligándolos a ser igual de miserables.
Esos niños creerán, cambiarán y se transformarán en algo presuntamente mejor. Experimentarán cambios significativos que tendrán impacto emocional y desencadenarán el vacío existencial, lo cual es inevitable y parece ser un círculo vicioso.

