Ajeno

Santiago Melo León
Universidad Libre
Hoy desperté
con algo roto
girando despacio tras mis ojos.
No fue tristeza.
Fue peor.
Como si mi cabeza
hubiera aprendido a funcionar
con el humo encendido.
La gente sigue hablándome
como si todavía estuviera ahí.
Yo asiento
sonrío cuando toca.
Arrastro el cuerpo correctamente.
Hay noches
donde el silencio se sienta sobre mi pecho
y respira conmigo.
No dice nada.
No tiene que hacerlo.
A veces coqueteo con el suicidio
del modo en que otros
muerden hielo,
solo para sentir algo
diferente.
Después se pasa,
o se esconde mejor.
Las luces afuera palpitan
como nervios expuestos,
y yo sigo dejando que las horas
me mastiquen lento,
sin apartar la mirada.
Porque llega un punto
en el que el dolor
ya no suena trágico.
Solo mecánico.
Como una máquina vacía
que olvidó apagarse.
Y mientras todo continúa
con esa normalidad enferma,
algo dentro de mí,
sigue cayendo
sin hacer ruido.

