Desahuciado

Pedro Felipe Sepúlveda
Universidad Externado
Hoy me levanté desahuciado,
como si la vida me hubiera echado a patadas de su casa,
moribundo en una esquina que no tiene nombre,
con el alma pidiendo aguapanela y nadie escuchando.
Soy vagabundo de mí mismo,
me perdí en callejones que yo mismo inventé,
desecho como zapato sin su par,
como abrazo que nunca llegó.
Discordante.
No encajo ni en mi propia sombra,
ni en la tristeza que yo mismo crié.
Duermo con la espalda en el concreto
y los sueños rotos en los bolsillos.
El cielo no me mira,
y si lo hace, escupe.
No hay consuelo en la botella,
pero la sigo buscando,
como idiota que cree que el trago borra
la infancia, el hambre, y sobre todo el grito de mi mamá cansada.
Camino como quien no espera nada,
como quien ya enterró la esperanza
y ni flores le puso.
Me volví papel arrugado,
poesía olvidada en el fondo de un cuaderno de colegio.
Pero igual escribo.
Porque en este naufragio,
la tinta es lo único que no se oxida.
La gente pasa al lado mío y aprieta el paso.
Como si mi tristeza fuera contagiosa.
Me preguntaron que quería ser de niño.
Yo respondí:
"invisible". Se rieron todos.
Pero mírenme ahora,
cumplí el sueño.
Nadie me ve.
Nadie me nombra.
Soy como un fantasma mal parqueado entre dos mundos: el de los vivos que no me quieren y el de los muertos que no me aceptan.
Yo no tengo nombre,
me lo robaron los años.
Dicen que Dios lo ve todo.
Pues que me vea.
Que me vea jodido, que me vea a punto de lanzarme desde el puente.
¡Acá está tu maldito poeta roto!
Miraré al cielo empuñando la botella antes de caer y gritaré
sigo aquí, hijueputa vida… sigo aquí.

