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El eco del dolor

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Melany Sophia Ochoa

Universidad de La Sabana

El dolor de la patria no se mide solo en cifras de muertos ni en estadísticas momentáneas. Habita en la manera en que la injusticia se normaliza, en la costumbre de voltear la mirada cuando la violencia arrasa a los más pobres, a los más invisibles, que terminan siendo silenciados por la indiferencia colectiva. El país sangra en silencio, mientras muchos se escandalizan más por una pared rayada que por una mujer asesinada, más por la mano extendida en el semáforo que por el despojo que la vació, más por el ruido de una súplica que por el silencio del Estado que nunca respondió. Esa es la paradoja, se condena la protesta, pero no el motivo que la origina.


Colombia es un país donde se llora con fuerza por tragedias lejanas, pero se guarda indiferencia frente a las propias. La doble moral atraviesa la vida diaria, incomoda el trancón de una marcha, pero no la razón que obliga a miles de campesinos a dejar atrás su tierra sin retorno.


Hay un foco de atención gigante en lo que pasa afuera cuando lo más cercano es desapercibido, hay movimiento que hacen disturbios sin quitar vidas, pero hay conflictos que quitan vidas pero no causan disturbios.


Las voces de las mujeres han cargado con ese dolor de forma particular. Ellas, que se paran en las plazas a gritar “ni una menos”, reciben como respuesta burlas, amenazas o silencio. Porque mientras se habla de progreso, la palabra muerte sigue retumbando en el discurso político, promesas de esperanza sostenidas sobre cimientos vacíos, con un vacío en donde sería mejor que habitara la rebeldía qué la excalvitud e indiferencia, la rebeldía de aportar fuerza, empoderamiento y educación, porque la rebeldía pesa menos que la vergüenza de la indiferencia para evitar la incomodidad de la carencia externa de derechos viviendo todo desde el privilegio.


El activismo se convierte entonces en la única voz que recuerda que la vida vale más que un muro limpio o una autopista despejada. Las marchas insisten en que aquí el dolor no puede ocultarse bajo la alfombra, que la dignidad de un pueblo desplazado no puede reducirse a cifras en un informe. Sin embargo, esa voz incómoda suele ser callada con gases lacrimógenos, con censura, con la etiqueta de “vándalos”. Porque las protestas no son un capricho, son un grito de supervivencia.


El dolor de la patria también está en la pregunta que casi nadie quiere hacerse, ¿por qué no duele lo propio con la misma intensidad con la que escandaliza lo ajeno? ¿Por qué se prefiere la comodidad del silencio antes que la incomodidad de la acción? Si los derechos que algunos disfrutan no los tienen todos, entonces no son derechos, son privilegios.

ISSN: 3028-385X

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