El malestar de habitar

Carlos Sánchez Paz
Universidad Javeriana Cali
En el amanecer del pensamiento occidental, cuando el mundo aún se explicaba en clave de mitos y leyendas, Empédocles, en su intento por dar cuenta del movimiento del Ser, negado radicalmente por Parménides, se propuso nombrar las fuerzas que, según él, hacían posible el devenir. Bajo esa premisa, nos permitiremos aquí una tarea breve y, quizás irresponsable, sobrevolar una de ellas.
Conviene aclararlo desde el inicio: no se trata del resultado de un prejuicio ni del auspicio de un testimonio malintencionado. Hablemos más bien, de una constante que atraviesa nuestros días contemporáneos, del mismo modo que atravesó los anteriores y, con toda probabilidad, atravesará los venideros. Empédocles la llamó Neikos (Νεῖκος), que para efectos de perezosa comodidad podríamos referirla como, aquella fuerza que separa.
Pero ese Neikos no quedó confinado a la cosmología antigua. Hoy opera con una eficacia más discreta y, por ello, más peligrosa. Se manifiesta en la fractura entre lo que se es y lo se cree que se debería ser. En la incomodidad permanente con el propio lugar en el mundo. En la vergüenza de la materialidad.
Vivimos una época que tolera de mala manera la evidencia. El cuerpo, el origen social, el salario, el territorio y las limitaciones concretas se perciben como errores que deben corregirse o, incluso, ocultarse. El discurso contemporáneo ha perfeccionado esta operación. Nos dice que todo es posible, que todo depende de la voluntad, que el contexto es una excusa. Bajo esa lógica, la condición material deja de ser una realidad compartida y se convierte en una culpa individual. “El que no llega es porque no quiso”; “el que no puede es porque no supo”; “el pobre es pobre porque quiere”. Así, el odio ya no se dirige hacia afuera, sino hacia adentro.
Este rechazo no siempre adopta formas estridentes. A veces se disfraza de ambición, de “mentalidad de crecimiento”, de optimismo obligatorio. Otras, de cinismo y desprecio hacia quienes no logran despegar. En ambos casos, Neikos cumple su función: separar al sujeto de su circunstancia, hacerle creer que su vida concreta es un obstáculo y no el punto de partida.
Negar la propia condición material no libera; desgasta. Produce sujetos cansados de sí mismos, permanentemente insatisfechos, siempre en deuda con una versión ideal que nunca alcanza. En esa tensión constante, el mundo deja de ser un espacio común y se vuelve un escaparate: se exhiben logros, se silencian fracasos, se simula estabilidad.
Tal vez por eso el malestar se ha vuelto tan difícil de nombrar. Porque admitirlo implicaría reconocer que no todo depende de uno, que existen límites, que la vida ocurre en condiciones dadas. Y en una cultura que idolatra la autosuficiencia, aceptar la materialidad se percibe como una derrota.
Sin embargo, el verdadero gesto subversivo quizá no consista en negar lo que se es, sino en mirarlo de frente. Reconocer la propia condición material no es resignarse, sino recuperar el suelo. Volver a unir lo que Neikos insiste en separar.
Quizás el problema no sea que la gente odie su condición material, sino que se le ha enseñado a hacerlo. Que se le ha convencido de que habitar un lugar, un cuerpo y un tiempo concretos es una falla que debe superarse en silencio.
Hay sectores enteros que han hecho de la desconexión con la realidad una forma de identidad política. Hablan del mérito como quien habla de una revelación divina; administran la moral como si hubiesen sido nombrados guardianes naturales del orden; observan la precariedad ajena con la tranquilidad de quienes jamás han tenido que sobrevivirla.
La calma —esa calma que algunos confunden con debilidad— resulta insoportable para los animales de carroña burocrática, acostumbrados a alimentarse del ruido, el miedo y la degradación permanente del otro.
Y desde esa posición —cómodamente instalados a la diestra de Dios Padre— no solo desprecian la condición material de los otros: necesitan hacerlo, porque admitir derrumbaría la ficción sobre la que construyeron su autoridad.

