Epitafio de un periodista

Juan Manuel Cifuentes
Universidad EAFIT
Ser periodista en Colombia es practicar un oficio con la muerte respirando en la nuca. No solo porque critican, señalan o atacan, sino porque en este país todavía matan por incomodar al poder. Contar la verdad se convirtió en un acto de valentía en una nación llena de vida, pero tristemente acostumbrada a enterrar a quienes se atreven a hablar. Y entonces la pregunta duele: ¿por qué seguimos enterrando periodistas en Colombia? ¿Por qué quienes hacemos uso de la libertad de expresión terminamos amenazados por las balas, ráfagas de fusil y discursos cargados de odio contra la prensa?
Que las armas dejen de apuntar a quienes informan, investigan y denuncian. Porque el arma más sagrada de un periodista no es otra más que su palabra: una cámara, un micrófono, una libreta y la valentía de decir lo que muchos quieren callar. Por eso me duele el alma pensar en Mateo Pérez, el Guillermo Cano de nuestra generación. Me duele porque matar a un periodista no es solamente apagar una vida; es asesinar la libertad, los sueños y el derecho de toda una sociedad a conocer la verdad. Cuando silencian a un periodista, silencian a todo un país.
Llevamos décadas enterrando periodistas, enterrando verdades y enterrando historias que merecen ser contadas. Empezaron con Guillermo Cano, siguieron con Diana Turbay y hoy continúan con nombres como el de Mateo Pérez. Son tantos los periodistas asesinados en Colombia que podríamos pasar horas nombrándolos sin terminar nunca. Y aun así, seguimos preguntándonos si vale la pena informar, denunciar e incomodar al poder. Yo creo que sí. Creo que toda causa que se abrace con pasión y verdad vale la pena, incluso cuando el precio puede ser tan alto.
Mi sueño es ser grande como ellos: como Guillermo Cano, como Diana Turbay, como tantos mártires del periodismo que arriesgaron su vida por el deber de informar. Por eso me duele cuando reducen la Comunicación Social a una “bobada” o a una carrera “fácil”. No entienden que ser periodista en Colombia no es sencillo: es peligroso, retador y muchas veces desgarrador. A quienes soñamos con contar historias nos toca soportar burlas, silencios y estigmas. Hay quienes creen que ser comunicador es ser “bruto”, pero yo me pregunto algo distinto: ¿no es más grave callar, no investigar, no corroborar y no denunciar?
Tal vez por eso ejercer el periodismo en Colombia se parece tantas veces a una película de terror. Aquí se busca callar al que pregunta, desgastar al que investiga y destruir al que denuncia. Pero aun así hay jóvenes que seguimos creyendo en la fuerza de la verdad. Jóvenes que todavía pensamos que una historia puede cambiar una vida, que una denuncia puede salvar a un país y que una palabra puede enfrentar al miedo.
Y cuando yo me muera, quiero que mi epitafio diga: «Murió haciendo lo que le gustaba: informando y contando historias». Porque mientras exista alguien dispuesto a levantar un micrófono y a escribir la verdad, en vez de levantar las armas este país todavía tendrá algo de esperanza.
En homenaje a Guillermo Cano, Diana Turbay y Mateo Pérez.

