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Incomodidades de los periodistas

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Mateo Álvarez Garzón

Universidad del Tolima

¿De qué sirve subir en un ranking si todavía hay periodistas que, por ejemplo, sienten miedo al hacer una pregunta? Esa fue la primera idea que se me vino a la cabeza después de leer el informe global de Reporteros Sin Fronteras sobre la libertad de prensa. Sí, Colombia mejoró: pasó del puesto 115 al 102. Y claro, es una noticia positiva. Sería injusto ignorarlo o actuar como si no significara nada. Pero también creo que hay que mirar más allá del número, más allá de lo que significa una disminución; y es que Colombia continúa siendo uno de los países más peligrosos en América Latina para ejercer la labor del terreno.


Mientras las cifras mejoran, la realidad sigue siendo incómoda, e igual de incómodo es analizar este panorama mientras me formo para esto. En muchas regiones del país ejercer el periodismo continúa siendo casi un acto de valentía. Informar sobre corrupción, grupos armados o crimen organizado todavía puede traer amenazas, intimidaciones o silencios obligados. Entonces la pregunta es inevitable: ¿realmente somos un país más seguro para la prensa o simplemente menos peligroso que antes? Y es que no solo se trata de la típica violencia armada que por décadas nos ha marcado. Aunque claro, no puedo pasar por alto el asesinato de Mateo Pérez, el primero registrado en el año y el primero desde 2024 si de su labor hablamos.


A veces siento que nos acostumbramos demasiado rápido a las agresiones contra periodistas. Vemos insultos en redes sociales, discursos que desacreditan a medios o reporteros y ataques disfrazados de “opinión”, y seguimos avanzando como si fuera normal. Pero no lo es. Cuando un periodista deja de investigar por miedo, no pierde solo él; perdemos todos. Perdemos la posibilidad de entender qué está pasando realmente en el país.


Y es que el problema no es únicamente la violencia física, como advertía antes. También existe una censura más silenciosa: la presión política, el hostigamiento digital y la idea de que el periodista “estorba” cuando hace preguntas incómodas. ¿En qué momento cuestionar al poder se convirtió en motivo de odio? Pareciera que cada vez es más fácil atacar al mensajero que debatir el mensaje. Es que ni siquiera hay que pretender “cuestionar al poder” o tener esa “carta bajo la manga” para ser violentada o violentado. Creo que el estigma es tan grande que incluso preguntas que no parecen tener ese tinte terminan siendo el peor insulto para, por ejemplo, una figura política, tanto que responde activando el poder de la intolerancia.


Por eso creo que el ascenso de Colombia en el ranking debe verse con cuidado. Sí, representa un avance y sería absurdo negarlo, pero mejorar posiciones no significa que el problema desapareció. Significa, apenas, que todavía hay periodistas que a pesar del miedo siguen saliendo a contar historias. Y quizá ahí está lo más importante: la libertad de prensa no se mide solo por estadísticas internacionales, sino por la tranquilidad con la que alguien puede prender una cámara, abrir un micrófono o publicar una denuncia sin pensar si eso podría costarle amenazas o incluso la vida.


Y no, hoy precisamente no vine a hablar de la campaña electoral, pero digamos que sí es un momento donde más incomodidades de los periodistas salen del escondite.

ISSN: 3028-385X

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