Informados, pero no conscientes

Santiago José Trespalacios
Universidad del Atlántico
Hay algo preocupante ocurriendo en nuestra sociedad: cada vez opinamos más y entendemos menos.
Vivimos en la era con mayor acceso a la información en toda la historia de la humanidad. En segundos podemos consultar estudios científicos, libros, estadísticas, documentos históricos o escuchar expertos de cualquier parte del mundo. Sin embargo, pareciera que mientras más información existe, menos disposición tenemos para analizarla.
Hoy muchos no opinan para comprender, sino para reaccionar.
Lo vimos con el debate sobre los hipopótamos en Colombia. De un lado, quienes reducen el problema ambiental a “matar animales”; del otro, quienes ignoran completamente el impacto ecológico y social que representan. Muy pocos se detienen realmente a leer, investigar o entender la complejidad del asunto. La discusión deja de ser científica y se convierte en emocional.
Pasa también en la política. Las personas defienden candidatos como si fueran equipos de fútbol y atacan cualquier postura contraria no con argumentos, sino con rabia. Ya no importa qué tan cierta sea una información; importa si favorece “a los míos”.
Incluso figuras influyentes caen en esa lógica. Hace poco vi una publicación de Elon Musk insinuando que, porque Hitler era socialista, entonces el socialismo inevitablemente conduce a Hitler. Una afirmación históricamente reduccionista y absurda, pero diseñada perfectamente para viralizarse. Y ese es precisamente el problema: las redes no premian la verdad ni el análisis; premian el impacto emocional.
Nos estamos acostumbrando a simplificar temas complejos en frases cortas, memes y etiquetas.
Y quizás lo más grave no es equivocarse. Todos nos equivocamos. Lo verdaderamente peligroso es la incapacidad de admitir que podemos estar equivocados incluso teniendo la información enfrente.
Parece que hemos reemplazado el pensamiento crítico por la necesidad de tener siempre la razón.
La pregunta entonces no es política, ambiental ni ideológica. La pregunta es mucho más inquietante:
¿Seguimos siendo seres pensantes o nos estamos convirtiendo en seres que solo reaccionan?
Porque una sociedad que deja de pensar termina siendo fácilmente manipulable. Y un país donde todos hablan, pero pocos reflexionan, está condenado a vivir permanentemente dividido.

