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La utilidad electoral de los bobos

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David Ospina Morales

Universidad Nacional

Hacer política desde los púlpitos y los altares no es nada nuevo en Colombia. Durante la época de la Violencia los sacerdotes invitaban a los feligreses a votar por el Partido Conservador, tachando a los seguidores del Partido Liberal como engendros demoníacos; cabe resaltar la frecuencia en el uso de la expresión “matar liberales no es pecado” a lo largo de las homilías.


Sin embargo, la injerencia religiosa en la política colombiana no es algo meramente que atañe a la iglesia católica, si bien, es cierto que durante más de un siglo, nuestra constitución la promulgaba como la única religión oficial del Estado; cuando por fin empezaban los católicos a tener interés de justicia social con la teología de la liberación, extrañamente empezaron a llegar extranjeros con doctrinas protestantes y ultraconservadoras a nuestros territorios. Frente a esto existen algunas posturas que afirman que el auge del protestantismo en América Latina responde al afán de los gringos de frenar ideales comunistas en la región, y claro, la teología con enfoque social representaba un riesgo inminente para los defensores del capitalismo.


Unos años más adelante Colombia da el paso trascendental de cambiar su Carta Magna, en esta se promulga la libertad de culto, así como la libertad de organización política. Tras 1991, nuestro país deja a un lado la “dictablanda” conformada por una cruz y dos colores primarios vivos y sigue el camino de la diversidad de pensamiento y el amalgama de colores, formas y símbolos de distintos ideales políticos, que según dicen el vulgo y las élites nos democratizó mucho más.


Quién iba a pensar que la pluralidad política iría acompañada de injerencia religiosa, plural también, con la característica de que difieren los modos y los dogmas con los que imparten sus enseñanzas sobre el evangelio. A pesar de ello, no se diferencian en lo absoluto a la hora de defender sus intereses electorales pues apelan a la protección de los mismos valores que derivan en una visión conservadora y, entretanto, peligrosa de la sociedad.


Hace unos días escuché de alguien hablar sobre los “bobos útiles” y que, convencerles de votar por personas antiderechos era pan comido. No puedo estar en desacuerdo con dicha afirmación, pero quisiera igual definir lo que se considera un “bobo útil”.


Un bobo, yendo más allá de lo peyorativo que resulta la palabra en nuestra coloquialidad, es una persona ingenua, fácil de engañar y, en el extremo de los casos, alguien con una falta de criterio propio. Esto es pues lo que la hace útil en términos electorales para líderes ultraconservadores, pues los discursos de estos, calan en las mentes ingenuas que se creen parte de un círculo que defiende intereses supremacistas de raza, clase y género, y que a pesar de no pertenecer a esta supremacía, aspiran a hacerlo, ya que es su visión idónea basándose en las enseñanzas de su fe.


Es aquí donde recae la utilidad de este tipo de sufragantes, pues ciertos candidatos disfrazan discursos de odio con mandatos de la fe. Los electores más fanáticos a su religiosidad, son los primeros en apropiarse de estos discursos, llegando a obtener miedos irracionales frente a lo diferente a ellos, terminando de esta manera viendo al otro - dentro del espectro político- a un enemigo al que hay que destruir, y no como a un adversario con el que se compite.


Quizá la asimilación de este tipo de discursos, que se avalan a través de la fe, por parte de las mentes dóciles de la gente que lleva en sus entrañas el legado cristiano colonial, pueda ser explicado desde la postura académica que sostiene que la cultura política colombiana es parroquial y paternalista.


Los bobos útiles buscan una figura paterna, sea ésta encarnada por un hombre o una mujer, con el fin de hallar aprobación respecto a sus pensamientos y decisiones sintiéndose simbólicamente protegidos del incierto desdén de la vida. Por tal razón, los líderes religiosos tienen tanto peso en la vida de las personas quienes los siguen. Hay gente que cual oveja, no puede continuar su existencia sin la guía de su pastor.


El carisma de estos personajes brota por sus poros: mueven masas, emociones, son elocuentes, saben el momento perfecto para usar qué tono de voz, etc. Llegan a manipular y movilizar a tal punto las sensaciones de sus fieles, que fenómenos de histeria colectiva pueden llegar a ser interpretados como encuentros con el mismísimo espíritu santo. En consecuencia, son capaces de implantar discursos de temor a la diferencia, de que su existencia está mal y se debe destruir; tienen tanta incidencia en la vida de los religiosos que poseen la capacidad de movilizarlos a elegir a quienes ellos unjan en aceites sagrados y lo nombren el candidato, o candidata, de Dios.


Es imperativo recordar que, en el nuevo testamento, Jesús estipuló que se debe amar al prójimo como a uno mismo, entonces nace la cuestión de ¿por qué un seguidor de cristo sufragará por quien promueve el odio?


No digo que creer en Dios, o en algún otro ser supremo sea motivo de señalamiento alguno, solo reitero que el fanatismo que se apropia de discursos hegemónicos que buscan destruir las diferencias, resulta peligroso en una democracia tan tambaleante como la nuestra. Asimismo, este texto es una invitación a la introspección y a que nos cuestionemos si somos “bobos útiles” y entendamos que ninguna persona, por muy elegida de Dios que se nos presente, nos va a dejar de ver como herramienta para acceder al poder, con el cual sólo aprovechará para defender sus propios intereses.

ISSN: 3028-385X

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