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No quiero que me escuchen por ser joven

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María Alejandra Parra

Universidad Javeriana

En Colombia, la participación juvenil es bien recibida… siempre y cuando no incomode demasiado.


Sí, nos invitan a hablar. Nos dan espacios. Nos ponen en tarimas y campañas que se ven bien en los informes. Nos llaman ‘‘El futuro del país’’ pero a mi consideración esa frase ya no emociona, sino que cansa. En el fondo, eso es solo una forma elegante de aplazarnos, como quien dice ‘‘ustedes para después’’. El futuro no contradice o estorba.


La participación juvenil en Colombia sí existe, Está en los líderes escolares, Los Consejos Municipales de Juventud y en todas esas luchas comunitarias que se encuentran lejos de los reflectores. Pero también es una afirmación que esa participación parece diseñada para no alterar nada realmente importante. Se nos permite opinar, pero no incomodar; proponer, pero no transformar; estar, pero no incidir. El problema no es que los jóvenes no tengamos voz. El verdadero problema es qué pasa cuando dejamos de usarla para decir lo que otros quieren escuchar.


Nos enseñaron a participar dentro de ciertos límites invisibles. A ser críticos, pero no demasiado. A cuestionar, pero sin tocar lo estructural. Y cuando alguien decide cruzar esa línea, cuando deja de repetir lo correcto y empieza a decir lo necesario, deja de ser visto como líder y empieza a ser percibido como problema. Y lo incómodo, en este país, casi siempre se ignora.


Hay una diferencia enorme entre participar y ser tenido en cuenta. No nos invitan para cambiar las cosas, nos invitan para que parezca que están cambiando. Lo he visto. He estado en espacios donde se habla de participación juvenil como si fuera una meta cumplida, mientras las decisiones importantes ya están tomadas desde antes. Lugares donde se escucha, pero no se considera. Donde se invita, pero no se incluye de verdad.


Por eso, a veces, la participación juvenil termina siendo simbólica. Una forma de mostrar inclusión sin cambiar el fondo de las cosas. Y es ahí donde aparece una incomodidad más profunda: no quiero que me escuchen por ser joven. No necesito que mi edad sea un motivo para darme la palabra ni una excusa para ignorarme después. Quiero que me escuchen porque lo que digo tiene sentido, porque nace de una realidad que muchos prefieren no ver, porque cuestiona lo que se ha normalizado durante años.


No quiero espacios donde la participación sea un requisito que se cumple. Quiero espacios donde incomodar haga parte del proceso. En el fondo, decir lo que uno realmente piensa siempre tiene un costo. Genera tensión. Rompe con esa tranquilidad en la que todo parece estar bien mientras nadie cuestione nada. Y tal vez por eso incomodamos: no porque estemos equivocados, sino porque ya no estamos dispuestos a quedarnos en silencio. Si la voz de los jóvenes solo es bienvenida cuando es suave, entonces no es una voz: es un adorno. Y Colombia ya tiene demasiados discursos adornados.


Y al final, la participación juvenil no se mide por cuántos jóvenes hablan, ni por cuántos espacios se abren, ni por cuántas veces se nos invita a opinar. Se mide por lo único que realmente importa cuántas decisiones cambian después de que hablamos. Si todo sigue igual, si nada se mueve, si las decisiones ya estaban tomadas desde antes, entonces nunca fue participación. Fue solo una forma de hacernos sentir parte de algo en lo que nunca tuvimos poder.


“En tiempos de engaño universal, decir la verdad es un acto revolucionario.” - George Orwell

ISSN: 3028-385X

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