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No todo puede ser noticia en este país

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Samuel Sanabria Carmona

UNAD

Hay días en que en este país uno amanece con tantas noticias que es difícil no sospechar que la realidad se desbordó mientras todos dormíamos, convertida en ese río mediático sin cauce que decidió entrar por la parte baja de la puerta y que al levantarnos sentimos que alcanza nuestras rodillas. Todo parece urgente, todo arde, todo es de última hora, todo exige ser dicho antes de que otra cosa lo aplace. Vivimos en un cementerio de noticias donde mueren jóvenes y siempre necesitamos hectáreas de nichos. Apenas alcanzan a dar sus primeros respiros de vida y ya están siendo enterradas por la siguiente. En este medio de sepultureros, nosotros — testigos de toda la marea terrenal— aprendimos a sentir rápido para poder indignarnos a diestra y siniestra y olvidar con disciplina las fugacidades que acaecen.


Hubo un momento anterior, me dijeron mis viejos, en que los hechos permitían al café la posibilidad de enfriarse. Además, tras voltear las página del periódico o entre titulares de los noticieros, las personas se dedicaban a mirarse, compartían el silencio o hablaban de diversas cosas. Hoy no. Hoy todo debe servirse hirviendo y digerirse al segundo, aunque queme la lengua y no deje ningún sabor. Nos acostumbramos a una cotidianidad sin masticarla, solo tragándola, volviendo así lo importante pieles de irrelevancia. Todo ha logrado ocupar un mismo espacio, en el mismo margen de segundos, en los mismos medios.


Este país ha convertido todo en una noticia. La tragedia, escándalo; la injusticia, chisme; la muerte y la violencia, meme. Y uno puede reír y llorar minuto a minuto. Ambos gestos duran exactamente lo mismo.


Lo más grave de este asunto no es lo que vemos, sino lo que dejamos de observar. Mientras discutimos lo último, lo más nuevo, lo reciente presentado en un marco azul o rojo o verde, lo esencial se nos escapa. Nos volvimos expertos en estar informados sin entender nada. Y lo confirmé —en una de las múltiples formas que confirman las pequeñas tragedias modernas— una tarde en la que intenté realizar un trabajo para la universidad.


La consigna era simple. Debía encontrar una crónica reciente en un medio tradicional. En un principio me pareció un ejercicio menor, pero terminó siendo una expedición más allá del trópico. Busqué en portales, recorrí titulares, navegué por el reciclaje del reciclaje. Todo estaba ahí, menos la crónica que yo necesitaba. No había tiempo para narrar, ni espacio para demorarse en contar alguna historia, cualquiera que fuera. Me encontré con una realidad fragmentada.


Terminé por hacer lo más sensato cuando el presente parece no alcanzar —y en muchos casos no alcanza—, me refugié en el pasado.


Fue en un libro de Juan Gossain donde logré dar con “Quiero ser un vagabundo”, una crónica sin prisa, que no parecía competir con nada más que la urgencia de contar algo. Mientras la leía, comprendí que el problema no estaba en mi búsqueda, sino en el tiempo en el que me dediqué a realizarla.


Ese personaje que parece no tener lugar —piense en el vagabundo que tenga de referencia— en realidad habita en territorios abandonados como el tiempo. No corre detrás de banalidades reducidas a instantes inmemoriales.


Tal vez mi queja nace ahí.


Descubrí que para encontrar una historia tuve que salirme del presente. De entender que lo que hoy llamamos información ha desplazado a la narración, y que en ese desplazamiento hemos extraviado la capacidad de demorarnos en el mundo.

ISSN: 3028-385X

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