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Rapsodia de quimeras

Samuel Sanabria.jpg

Jhon Charles Posada

Universidad del Valle

I


No hay peor enemigo que una cabeza llena de maleficios. Resulta difícil no sufrir de tormentos cuando se padece de tantos desengaños.

Preguntas que arrebatan el placentero y bello sueño nocturno, transformándolo en un martirio incesante que no permite dormir. ¿Qué pecado capital estaré pagando por cada vez que este triste corazón se agrieta para palpitar una vez más?


II


Te dejo.

Dejo que te vayas con tu sonrisa perfecta al culminar la primavera. Dejo que te marches, aunque no vuelva a ver los girasoles que dibujan tu cuerpo. Dejo que te alejes sin previo aviso.

¡Te dejo que te largues de mi vida y de mi mente por esta vez! Pero siempre estarán abiertas las puertas de este pobre corazón que nunca dejará de amarte. Dejo que te marches, porque a veces soltar... es el verdadero acto de amor.


III


La fría noche me contó del encuentro entre tus manos y las mías. Susurró que eres como la vida que se escapa de nuestras zarpas, mientras se divisa la cuenta regresiva de la partida.

Somos el alba y la aurora, marcando la muerte y el nacimiento del sol. Eres la luna enamorando a un tontarrón.


IV


Cuando llegue el ocaso, déjame tener una casa junto al mar, apreciar el azul del cielo, ver las garzas volar.

Cuando el ocaso llegue, ¡por favor!, quiero tener con quien hablar, repetir historias sin estorbar.

Cuando llegue el ocaso, pido no caer en una casa sin ventanas, con paredes cuadradas de una triste y melancólica ciudad. Cuando el ocaso venga por mí, solo pido haber vivido...


V


Esta piel cansada de amar, arrullada por desengaños, atormentada por tus recuerdos, marcada por tus frías manos, se atrinchera entre sábanas, almohadas y edredones para no pensar, para no sufrir, para no recordar, para estar lejos de ti.

ISSN: 3028-385X

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