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Brigitte Baptiste: de pies a cabeza

Foto: Universidad EAN
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María José Aranguren

Universidad del Rosario

Santiago Orozco Uribe

Universidad de los Andes

En un mundo que durante siglos se ha empeñado en clasificar, ordenar y nombrar cada criatura sobre la tierra, Brigitte Baptiste empezó a preguntarse qué pasaría si la naturaleza no cupiera en un solo molde; si los ecosistemas, como todo lo vivo, existieran en perpetuo devenir: formas posibles del mundo, siempre en tránsito, nunca del todo fijas.

Nacida como Luis Guillermo Baptiste, desde los seis años algo en ella supo, sin que nadie se lo dijera, que habitaba un cuerpo que no la representaba por completo. Durante treinta años más vivió al margen de sí misma, construyendo una carrera, un matrimonio y una reputación mientras guardaba esa verdad detrás de un velo tan bien tejido que el mundo apenas lo percibía. En la intimidad, se ponía ropa de mujer que llevaba años acumulando en secreto, habitando esos instantes como el único espacio donde podía ser ella misma. Fue la muerte de su hermana lo que al fin la convenció de que postergar la propia existencia es, también, una forma de no vivirla.

Desde entonces se llama Brigitte, como Bardot, la mujer que en la Francia conservadora y burguesa de los años cincuenta hizo de su sensualidad y su libertad un hermoso escándalo. Lo que era una convicción íntima se fue volviendo el eje de su pensamiento, el centro de su verdad: la identidad, como los ecosistemas, muta, se adapta, transita entre diferentes estados, y en esa diversidad, no en la uniformidad, es donde la vida encuentra la manera de sostenerse y resistir.

Bióloga de la Javeriana, directora del Instituto Alexander von Humboldt por casi diez años, rectora de la Universidad EAN desde 2019, autora de Transecología y, desde 2024, una de las cien mujeres más influyentes del mundo según la BBC, ha construido una de las carreras científicas más sólidas del país y se ha convertido en una de las voces con mayor autoridad en la defensa de la biodiversidad. Más allá del currículo, dice que el lujo más grande que se ha dado es su propio cuerpo, que ha ido construyendo despacio entre pelucas de todos los colores, algunas cirugías, tacones altísimos y tatuajes que celebran la feminidad, hasta parecerse, al fin, a la persona que siempre fue.

Lo que la distingue es su atrevimiento intelectual: en un momento en que el progreso se mide en cifras de extracción y crecimiento, Baptiste va contracorriente y defiende que cuidar la diversidad no es un obstáculo sino la condición que permite que los sistemas evolucionen y se adapten. Se lo dice a la política sin rodeos, y lo sostiene con argumentos, con trayectoria y con una vida que es, en sí misma, la respuesta a la pregunta que siempre se hizo. La naturaleza no cabe en una sola categoría, y ella tampoco. En un mundo empeñado en clasificar, sigue siendo inclasificable, demostrando que la diferencia no es defecto, sino motor.

 

Pregunta. La gran mayoría de los acuerdos alcanzados en las Cumbres Climáticas se han incumplido. Con ese antecedente, ¿no es ingenuo pensar con optimismo en una posibilidad real de mejora?

 

Respuesta. Lo que pasa es que esos acuerdos se hacen de una manera políticamente correcta, con mucha ambición y tratando siempre de establecer metas que tranquilicen al gran público, pero también que presionen a los Estados para tratar de acelerar procesos que no han empezado, o que están dormidos, o que van muy lentos. Los acuerdos que provienen de estas cumbres y de estos procesos multilaterales los hacen científicos y políticos bienpensantes, como diría Andrés Hoyos, proponiendo metas ambiciosas para que los Estados se pellizquen y se pongan las pilas. Pero otra cosa es el principio de realidad: qué tan rápido puede un Estado modificar sus políticas energéticas y qué tan rápido puede integrar los nuevos retos de las transiciones. Eso es más complicado y además muy heterogéneo, lo que hace que algunos Estados se empiecen a atrasar muy rápido de sus metas y que ciertos gobiernos irresponsables, que también están presentes en los acuerdos, no le den mucha importancia, porque la firma es lo que importa; la firma es lo que queda en la prensa y en las declaraciones.

 

Pero creo que no hay que ser pesimistas. Así funcionan los acuerdos multilaterales, lo cual no quiere decir que no haya que mejorar la multilateralidad. En lo que hay que insistir es que los Estados hagan lo posible por no comprometerse en cosas que no pueden cumplir solamente por razones diplomáticas. Por ejemplo, Colombia es muy activa en todas las esferas multilaterales, promete mucho, pero no sabe si lo puede cumplir. Y no creo que haya mala intención en general, pero sí un poco de irresponsabilidad. Irresponsabilidad porque el Estado colombiano es bastante desordenado. Y ponerse uno a hacer promesas que no tiene cómo poner en práctica es igual al Congreso de la República: hace leyes, hace normas con toda la voluntad y luego no existen las capacidades o los instrumentos para aplicarlas, por lo que se quedan como normas muertas. 

 

Pregunta. El cuidado ambiental fue un eje central de la campaña de Gustavo Petro en 2022. A menos de cuatro meses de que finalice este gobierno, ¿usted considera que ha habido avances reales en este frente o que las promesas se han quedado cortas?

 

Respuesta. Creo, en aras de la justicia, que sí se le ha dado una relevancia importante en el discurso de la sostenibilidad a casi todas las políticas. Lo que pasa es que la visión no la comparto. Pero sí creo que la ministra Susana Muhamad y su equipo tomaron las medidas que había que tomar. Me parece que la visión del gobierno es muy autoritaria en la medida de afrontar las crisis ambientales. Dicen que “alguien tiene que tomar decisiones y lo vamos a hacer nosotros, cueste lo que cueste”, pero esa perspectiva no ha estado soportada con evidencia y con calidad de los escenarios. Por ejemplo, el ordenamiento en torno al agua acaba siendo una construcción narrativa muy llamativa, pero finalmente se usa para atacar a las mineras. ¿En qué momento pasamos de una narrativa favorable a la conservación y el buen uso del agua y del bosque a que eso derivara en instrumentos restrictivos del uso del suelo, que no tienen ningún fundamento técnico ni histórico? En todos los documentos la minería aparece como el demonio, y no hay un reconocimiento equitativo de cuáles son los factores que realmente dificultan el ordenamiento en torno al agua, que sabemos que son otros. La minería es la que menos tiene que ver con los problemas de ordenamiento. 

 

En ese sentido, creo que el gobierno no ha logrado cumplir con casi ninguno de los avances, incluso con su propio plan de desarrollo. No cumplió con la descontaminación de los ríos, que era uno de los propósitos que el doctor Jorge Iván González había establecido como un tema urgente para Colombia. Las ciudades seguimos defecando en los ríos. Los temas de deforestación se convirtieron en un proceso de negociación con las guerrillas y los grupos al margen de la ley, lo mismo que el petróleo y el uso de todos los recursos naturales. Es decir, la buena gestión quedó supeditada a la voluntad y a la participación en diálogos de paz, como las dádivas que el mismo gobierno podría entregarle a estos grupos para que paren la deforestación o controlen la explotación ilícita de minerales, creando unos incentivos muy perversos y tomando unos riesgos políticos que yo considero inaceptables. Y es muy lamentable porque los recursos financieros para muchos de esos procesos provienen de cooperación internacional, y los cooperantes se están aburriendo de ver cómo se utilizan de manera más bien electoral que para producir resultados concretos. Yo estoy muy atenta, por ejemplo, a los resultados del programa Visión Amazonía en el Caquetá y en el Guaviare, a las inversiones en pago por servicios ecosistémicos en todo el país, y allá hay avances importantes. Pero eso no es lo que pareciera que está incidiendo en las decisiones, sino más bien la capacidad que todos esos procesos tengan de atraer votos a la continuidad del proyecto del Pacto Histórico.

Foto: Óscar Pérez

Pregunta. Usted ha insistido mucho en la importancia de los conocimientos indígenas en el cuidado del medio ambiente y en su vida misma. ¿Qué ha sido lo más importante que ha aprendido de ellos?

 

Respuesta. El conocimiento ecológico ancestral es una riqueza maravillosa. No es un conocimiento místico, de manera que no es inaccesible para el resto de las personas. De hecho, siempre que he trabajado con sabedores indígenas en cualquier parte de Colombia están absolutamente dispuestos a participar en la construcción de herramientas de gestión compartida de los planes de vida, de la restauración de los ríos, del manejo de la fauna silvestre y el bosque. Pero no nos hemos tomado en serio la recuperación de ese conocimiento ecológico ancestral, porque lo hemos politizado. Hay toda una vertiente desde hace muchos años dentro del gobierno, las organizaciones civiles y la Academia Colombiana que han dicho que el conocimiento indígena debe ser protegido y debe ser convertido en un elemento de lucha para la defensa del territorio y de afirmación de las contradicciones sociales que existen entre las comunidades indígenas y el resto del país. 

 

Hemos ido perdiendo la oportunidad de construir un diálogo entre distintos sistemas de conocimiento que podría llevarnos a decisiones muy buenas en términos de gestión ambiental. Todo el mundo reclama poseer conocimiento ecológico ancestral, y no, es un eslogan, no todo el mundo posee ese conocimiento. Esa idea se extiende, por ejemplo, a los pobladores campesinos que llevan 200 años siendo desplazados de un lado al otro, y que recuerdan cómo sembrar una mata de maíz y cómo tratar de hacer que produzca la tierra, pero de ahí a que recuerden temas profundos y complejos sobre fertilidad, sobre polinización, sobre relaciones ecológicas más complejas, hay un trecho muy largo. Se ha construido un discurso acerca del conocimiento ancestral bastante inflado y desorientado, que está siendo capitalizado por una cantidad de actores.

 

Pregunta. Para su tesis de pregrado usted vivió más de un año en el Amazonas. Eso fue hace 40 años. Viendo la destrucción acelerada del Amazonas en todo este tiempo, con millones de hectáreas de selva taladas y ríos contaminados, ¿qué sentimiento le genera? ¿Tristeza? ¿Rabia?

 

Respuesta. Eso y mucho más. Cada vez que hago un sobrevuelo por la región, porque yo mantengo un contacto permanente y directo con casi toda la Amazonía —hago parte de la junta directiva de la Fundación para la Conservación y Desarrollo Sostenible— cuando veo que la destrucción sigue sucediendo frente a nuestros ojos y a las escalas en las que se presenta, solo dan ganas de llorar. Lloro cuando veo las dragas ilegales en todo el Bajo Caquetá entrando por las fronteras desde Brasil e invadiendo los territorios indígenas, o cuando veo la deforestación del Piedemonte avanzando masivamente como un proyecto de colonización industrial. Dice uno: ¿por qué no hemos sido capaces de entender la dimensión de estos procesos de transformación del uso del suelo? Por ejemplo, hoy el Guaviare anunció su intención de declararse como un departamento llanero, no como un departamento amazónico. Es una vergüenza. Es una vergüenza que haya gente en la asamblea del departamento que considere que tener la denominación amazónica no le sirve, porque son ganaderos y la selva no les interesa. 

 

Pregunta. ¿Recuerda algo especial de aquellos años?

 

Respuesta. Oh, mucho. Hice muchas expediciones por el río Inírida, por el río Guaviare. Y luego trabajé con los kofanes en el Piedemonte Putumayo también un buen tiempo. Yo diría que las historias más felices siempre tienen que ver con la alegría de los pueblos indígenas, con la capacidad que tienen de disfrutar en presente lo que tienen, el goce de la pesca, el goce de la caza, el goce de la comida local. Eso fue lo que más me enseñó y convirtió parte de mis expectativas o mi forma de pensar en la ciencia como un proceso de planeación a larguísimo plazo en algo que también debe concentrarse en el presente. Fue como un hallazgo filosófico.

 

Pregunta. Usted le ha dado mucha importancia a la espiritualidad como elemento importante para habitar con sentido este planeta. ¿Cómo vive usted esa espiritualidad y cómo la manifiesta?

 

Respuesta. En esa capacidad de abstracción con la que los seres humanos afrontamos la incertidumbre es donde aparece lo más profundo de nuestra condición humana. Yo soy atea, no creo en la existencia del alma. La noción de espiritualidad para mí es la forma en que los seres humanos abordamos la complejidad de lo que no sabemos, de lo que no vemos, de lo que no explicamos y con lo cual establecemos una relación muy emotiva y constructiva. Eso me permite ser muy empática con todas las formas de espiritualidad o de religión que existen en la Tierra. Yo no creo en ningún dios ni nada por el estilo, pero me parece importantísimo que todos esos esquemas que han creado los distintos pueblos y en los cuales creen profundamente estén presentes y ayuden a crear vínculos sociales y ecológicos. Entonces, esa espiritualidad para mí es simplemente una dimensión profunda de la emocionalidad, pero entiendo que para muchos otros se expresa de maneras distintas.

 

Pregunta. Usted ha reiterado que la función de la naturaleza es producir diferencia y que la diversidad es un hecho esencial en la vida. Ha dicho que la homosexualidad y otros comportamientos que algunos consideran atípicos están presentes en todas las especies. Sin embargo, la tendencia política actual es el ascenso de gobiernos conservadores y de ultraderecha que rechazan y persiguen esa diferencia. Incluso, se han censurado libros y obras que mencionan estos temas. ¿Cree que el mundo va en retroceso?

 

Respuesta. Sí, y me preocupa mucho porque entre más esfuerzos hacemos para entender la complejidad de lo humano, de construir proyectos esperanzadores con base en ella, porque ahí es donde radica la potencia creativa que tenemos, encontramos que las personas, en aras de mantener el statu quo y sobre todo su posición en las jerarquías políticas, están dispuestas a hacer cualquier cosa: a negar la ciencia, a negar los derechos de los demás, sin ningún tipo de presupuesto. Lo bueno de lo que está sucediendo es que entramos en una era sinvergüenza. Puede ser con las palabras separadas o unidas, en el sentido de que ya no le da pena a la gente decir: “a mí no me gusta que haya gays y no me importa si eso es natural o no, no me gustan y no me voy a justificar y voy a hacer todo lo posible para que no estén cerca de mis hijos, y ojalá que no los vea muy activos a mi alrededor”. Los más tolerantes se tragan el sapo, pero los otros siempre sacan el bate. Y eso es muy preocupante porque plantea la arbitrariedad como fundamento de la política, y eso nos manda a la guerra, que es lo que probablemente vayamos a entrar cada vez más.

Foto: Zowy Voeten

Pregunta. Usted ha planteado que tenemos el deber de implantar la noción de respeto como eje central de la ética en la sociedad. Sin embargo, hoy parece predominar una estrategia política basada en la descalificación personal, la incitación al odio y la eliminación del contrincante. ¿Cree que el respeto en la política está quedando en desuso?

 

Respuesta. Hace poco escribí una columna cuyo título es San Miguel, en referencia al arcángel que lidera los ejércitos del catolicismo en contra del demonio, y cómo las personas asumen que son parte de ese ejército y justifican la presencia y el uso de la violencia como parte de los discursos ideológicos y de la legitimidad de sus creencias. El respeto es exactamente lo contrario; es plantear que ni siquiera el arcángel tiene el derecho de actuar violentamente contra terceros simplemente porque hay un desacuerdo ético profundo. Y eso es muy difícil porque toca las venas más sensibles de los valores, de las identidades, de la definición de quiénes venimos siendo. Creo que hay que elaborar muchísimo más el concepto del respeto. La gente me dice: “es que el respeto se gana”. No, el respeto es una condición innata al que nos debemos, es un valor central de la coexistencia. Yo te respeto porque eres un ser humano. Puede ser feo, maluco, puedes tener ideas inadecuadas respecto a la convivencia que no me gustan o que me parecen peligrosas, pero yo no puedo esgrimir que no te respeto por ello. Incluso, desde el lado de quienes profesamos esa idea, es complejo ser consistentes. ¿Uno cómo respeta a un líder mundial que comete genocidio? Se dice que eso ya no es respetable, pero hay una diferencia sutil entre la noción de respeto y la respetabilidad.

 

Pregunta. ¿De dónde nació su gusto por la ecología? Leímos que empezó a estudiar arquitectura en la Javeriana. 

 

Respuesta. Hoy en día creo que es un resultado  de una infancia muy viajera con mis papás por todo el país, de estar acampando en todas partes, pero también de la curiosidad innata. Mi hermana también estuvo expuesta a ese mismo régimen y no lo disfrutaba de la misma manera que yo. A mí me gustaron siempre los bichos, estar metida en los caños y mirar qué había bajo las piedras. Es decir, yo gozaba mucho mi soledad en espacios silvestres. Probablemente tuviera algo que ver con mi condición trans en la que no me encontraba en el mundo y no sabía cómo hablar de ello, pero sí me gocé ese proceso desde muy pequeñita. Y las historias familiares, las historias de aventuras de mis abuelos migrantes, del trabajo de mi papá como analista agrario y que nos contaba cómo era el Chocó, cómo era el Magdalena Medio, cómo era el Llano, qué se estaba produciendo y qué problemas tenía la gente. Yo creo que ahí vienen mis referentes más importantes sobre la ecología.

 

Pregunta. ¿Cómo la influenciaron sus abuelos catalanes?

 

Respuesta. Ellos eran librepensadores. Siempre fueron personas que creían mucho en el valor de la educación. Fueron profesores en su Cataluña original. Tenían una cultura mediterránea muy profunda y una convicción de que la cultura es lo que nos permite sobreponernos a cualquier cosa. Llegaron a Colombia con una mano por delante y otra por detrás, sin más. Muy pronto construyeron una biblioteca gigantesca, participaron en todos los círculos de discusiones culturales en Bogotá o donde estuvieran, de las cinematecas, de los cineclubes, y además con una conciencia muy crítica de la cual nunca se avergonzaron. Entonces yo crecí en un ambiente en el que había discusiones familiares permanentes sobre la política y la cultura colombiana, y nunca fueron negativas, nunca conllevaron el silencio sobre algún aspecto. Mi abuelo hablaba de todo y vociferaba y manoteaba y se reía, y esa perspectiva de comunicación fue muy importante para mí.

 

Pregunta. Usted ha dicho que se puso el nombre de Brigitte en homenaje a la actriz Brigitte Bardot, que para usted fue su inspiración y la mujer que encarnó la liberación erótica. ¿Cómo recibió la noticia de su muerte en diciembre del año pasado?

 

Respuesta. Haciendo justicia, lo que admiré fue el personaje que esta señora creó en conjunto con Roger Vadim y con otros directores de cine. Yo realmente no conozco ni conocía, a pesar de haber leído su biografía, quién era la actriz. Me identifico con el personaje, no puedo decir nada de la actriz. Creo que vivió su vida como quiso y respeto profundamente su decisión de retirarse del cine a los 39 años, harta de ser un estereotipo de una feminidad que a ella misma ya no le gustaba y que ya no le parecía interesante. Eso me pareció siempre el gesto más contundente de su existencia. Pero yo soy Brigitte Baptiste por la diva.

 

Pregunta. De todo lo que ha hecho, ¿por qué cosa en especial le gustaría ser recordada?

 

Respuesta. No es que me preocupe mucho ser recordada, pero si hay algo interesante que tuviera que elegir es que traté de ser coherente con mis propias convicciones.

 

Pregunta. Sergio Fajardo le ofreció ser su ministra de Ambiente. ¿Le entusiasma entrar al mundo político?

 

Respuesta. Podría hacerlo de una manera tranquila y libre, un poco desprovista de las ambiciones que a veces esos cargos pueden atraer en términos de carrera política o de posicionamiento, simplemente con el ánimo de poner a disposición de un gobierno la experiencia y el conocimiento. Es un paso que estoy dispuesta a hacer porque ya crié a mis hijas, ya me jubilé, ya estoy en plan de decir: bueno, ¿para qué más soy buena?

 

Pregunta. Y mirando más hacia el futuro, ¿le interesaría alguna vez lanzarse a la política electoral?

 

Respuesta. Yo creo que no. Es una pregunta que llevo muchos años haciéndome porque, por supuesto, hay buenos demonios que me han tentado: Angélica Lozano, Julia Miranda, otros buenos políticos que respeto mucho. Pero yo soy muy mala en términos de negociaciones, de capacidad de negociación dura y pura. Entonces no me veo en el Congreso de la República o en esos foros desgastándome infinitamente en discusiones que sé que hay que dar, pero que probablemente me acabarían de matar de la tristeza.

ISSN: 3028-385X

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