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INVESTIGACIÓN
Amor y muerte por encargo: la brujería en Colombia

María José Aranguren
Economista
“Yo comprendo qué crimen tan grande voy a osar, pero en mis decisiones impera la pasión, que es la mayor culpable de los males humanos”
— Medea, Eurípides
Empapelados están los postes y paredes del país con anuncios que prometen remedio a cualquiera que pase con una pena a cuestas. Cambian los nombres y las fórmulas, pero la promesa es siempre parecida: “Amarres efectivos, resultados reales. Recupere al amor de su vida sin importar la distancia ni el tiempo. Basta con el nombre y el apellido. No importa dónde esté ni con quién esté, que ya no se hablen, que se haya ido hace años, que se haya casado, que viva en otro país o que haya jurado no volver a verlo. En tres días regresa, arrepentido y de rodillas, sin causar daño y sin darse cuenta de que le doblegaron la voluntad. Absoluta reserva. Cancele al ver resultados”.
Encima, en letra grande, va la firma del Llanero Ezequiel, el Hermano Rafael, el Vidente Gabriel, la Profesora Juana, la India Catalina, todos expertos en ciencias ocultas y en pactos con magia blanca, magia negra y todas las demás magias. De paso, leen el tarot, adivinan lo que está por venir, curan toda clase de enfermedades, retiran enemigos, componen la suerte en los juegos de azar, alejan los malos espíritus y encuentran la ubicación exacta de una guaca.
¡Claro que abundan los estafadores! Con unos cuantos versos aprendidos y gestos cuidadosamente ensayados, se hacen una fortuna a costa de quienes llegan desesperados en busca de una salida, y pueden llegar a ganar hasta cien millones de pesos al mes. Pero, así como hay engañadores, también están los que sí son capaces de hacer lo que el aviso promete: los que nacieron con el don, los que tienen la energía para obrar el prodigio, los que cuentan con espíritus que los respalden y que, cuando hace falta, se manifiesten a través de ellos.
Algunos atienden con cita previa, igual que los médicos; otros despachan desde una tienda esotérica las velas, las esencias, los polvos y las hierbas para quienes prefieren hacer las cosas por su cuenta. Por la misma puerta entra gente de todos los estratos y de todos los oficios. Entra el que perdió un amor. Entra el que quiere ganarle una herencia a un hermano. Entra el político que anda en campaña. Entra el que cree tener una maldición encima y también el escéptico al que convencieron de ir cuando ya no quedaba a quién más preguntarle.
Se cree que la magia es tan antigua como el fuego y que, desde entonces, la gente la ha usado para lo mismo: darle salida a aquello que ni la ley ni la ciencia logran resolver. Y es que, mientras la religión le exige al hombre someter su voluntad a la de Dios y acomodarse en un orden más grande que él, la magia hace lo contrario. Hace del hombre quien da las órdenes y obliga a las fuerzas invisibles a cumplir lo que se les manda.
No se conforma con el azar. Trabaja sobre la idea de que, en el mundo, una cosa puede influir sobre otra. De ahí que no haga falta creer en nada de eso para que a uno le llegue el daño o la cura. Basta con que alguien más lo haya querido. Así, lejos de extinguirse con el avance del racionalismo científico, la creencia en estas prácticas sigue plenamente vigente en todo el mundo, y ha dado lugar a un mercado que convierte la incertidumbre, el miedo y el deseo de controlar el futuro en servicios, consultas y productos.
A fuerza, hasta los zapatos entran
Sofía del Guercio lleva más de cincuenta años en el oficio esotérico. Nació con el don, en una dinastía de brujas donde a ella le tocó cargar con la herencia. Los rezos se los aprendió a la abuela de memoria, pues de niña vio llegar a la gente de aquel pueblo del Magdalena a pedirle lo mismo que ahora le piden a ella. Hoy vive en una casa al noroccidente de Bogotá y para mucha gente es la bruja más poderosa de Colombia. A ella recurren enfermos, arruinados, curiosos y asustados, pero los que más le tocan son los despechados.
Ha perdido la cuenta de las mujeres y los hombres que se le han sentado enfrente, deshechos por un amor que se les fue de las manos. El corazón roto se va apoderando del alma, del cuerpo y de la mente, despacio, como una fiebre que no baja, hasta que nubla la razón. Por el desamor no hay cosa que la gente no esté dispuesta a hacer. “Aquí han llegado personas que me ha tocado frenar, porque pretenden ofrecerme plata para que le provoque un accidente al otro, o que se le desarrolle un mal que termine por acabarlo. Hasta allá llega la venganza”, cuenta Sofía.

Foto: Sofía del Guercio
Le llegan también miles de clientes que mandan a amarrar al infiel para que no vuelva a estar con nadie. No faltan los que, sin vergüenza alguna, piden dejar impotente sexualmente a una persona por el resto de la vida. Están los que intentan recuperar un hogar que ya se les cayó, los que quieren de vuelta al que se fue con otra y los que vienen por el tercero que se metió en su casa para que se lo quiten del camino.
Para todo eso está el amarre, el cual ata la voluntad de otra persona y no la suelta. La doblega despacio, hasta que termina obedeciendo un deseo que le sembraron por dentro. El instrumento que más se usa para tal fin es la vela, y el color que se escoge determina su función: la roja convoca la pasión y el deseo carnal; la rosada, más suave, se reserva para el cariño tierno; la blanca sirve para atraer y, sobre todo, para purificar una relación desgastada por las peleas o por un tercero; la negra, la más temida, hace lo contrario: apaga en alguien el deseo que siente por otra persona, deja indiferencia donde había pasión y anula el apetito sexual.
Existen velas que vienen en pareja: dos figuras humanas que se acomodan según lo que se busque. Cara a cara, para unir o reconciliar; de espaldas, para separar. También las hay con forma de pene o de vagina, destinadas a apagar o encender el deseo de quien las encarga. A todas se les unge con esencias antes de encenderlas: “Ven a mí”, para atraer físicamente a la persona ausente. “Quiéreme”, para sembrar cariño en un corazón árido. “Pegapega”, para que el vínculo no se rompa una vez atado, entre muchas otras.
Con la vela ya ungida viene el conjuro. Se comienza estableciendo que lo que se unge no es la vela, sino el amor, la pasión, la ternura, la lujuria, la fidelidad y los pensamientos de quien va a quedar atado. Después se llama al otro por su nombre completo y se lo va buscando por todas partes: por donde pueda andar, por la senda y por los caminos, por el este y por el oeste, por el día en que nació, por el día en que lo bautizaron, por el día en que ha de morir y por la última pala de tierra que ha de recibir. “De frente o a traición vendrás, llegarás, volverás doblegado, vencido, manso, dadivoso, suplicante y amoroso a mí”, recita Sofía, y remata quitándole el gusto por cualquier otra persona hasta que vuelva a los brazos de quien pagó el trabajo.
La vela es apenas la superficie. Los amarres, como cualquier otro hechizo, alcanzan su mayor fuerza cuando se hacen con sustancias del cuerpo. De la persona que va a quedar atada sirve cualquier cosa que vaya dejando por ahí: un mechón de pelo, unas uñas, una prenda que guarde su sudor. Pero quien encarga el trabajo también puede poner lo suyo, lo más íntimo que tiene: la sangre menstrual o el semen, que, según Sofía, es lo que produce el efecto más fuerte. Se recogen, se llevan donde un brujo para que los conjure y se disuelven en un café cargado o en un aguardiente, cualquier cosa que esconda el sabor. La víctima se lo toma sin enterarse. Cuanto más personal el ingrediente, más hondo queda el amarre y más difícil resulta deshacerlo. En las chicherías de Bogotá, se dice, las dueñas les echaban sangre menstrual a las totumas de los borrachos con el propósito de tenerlos dulces y de vuelta al otro día.

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Por el consultorio de Sofía han pasado miles de casos como estos. A ella llegó una vez, ahogada en llanto, la amante clandestina de un senador prominente. Diez años llevaba encerrada en un apartamento que él le pagaba, sin salir juntos a la calle y sin el hijo que él nunca le permitió concebir. Un día se enteró, por una revista, de que el hombre se casaba en una semana con una estrella del espectáculo. Sofía le trabajó con dos muñecos de cera roja virgen, bautizados con los nombres de los novios, espalda contra espalda y con pólvora en medio. Tres días antes de la fecha, el matrimonio del año se canceló sin una sola explicación pública.
Con otro cliente, un político de prestigio nacional, Sofía trabajó durante años. El hombre volvía una y otra vez, convencido de que los trabajos que ella le hacía daban resultado. Cargaba un amor con otro hombre que, en esa época, no podía hacerse público y vivía con el miedo de que se lo quitaran. Por eso, Sofía le prendía una vela roja, grabada con los nombres de los dos entrecruzados, que el propio hombre untaba con las esencias mientras pensaba en el amor que sentía por él.
Otros llegan a su consultorio ya amarrados, como le ocurrió a un joven ingeniero que se desmayaba y perdía peso sin que ningún médico diera con la causa. Resultó que, según Sofía, lo que tenía encima era un amarre de sangre menstrual, de esos que se activan contra el cuerpo el día en que el hombre intenta irse. Sofía le hizo una limpieza y, en mitad del proceso, el hombre empezó a vomitar en un balde sapos vivos que desprendían un olor a podrido. El trabajo había entrado por la boca, disuelto en algo que él había tomado, y por la boca tenía que salir, cuenta ella.
Ese es el negocio por dentro. A quien lo amarran no elige quedarse ni sabe explicar por qué se queda, porque la voluntad dejó de ser suya el día en que otro la pagó. Es, dice Sofía, un préstamo emocional que se hace pasar por amor mientras dura el hechizo. Cuando algo lo interrumpe, la persona deja de sentir lo que creía sentir y despierta con una vergüenza retrospectiva encima, sin reconocer nada de lo que hizo. A la fuerza hasta los zapatos entran, pero el pie nunca se acostumbra. Hay gente que jamás se entera y muere con la ilusión de estar queriendo. Pero el que se entera y manda a deshacer el trabajo, casi siempre sale huyendo con la misma urgencia con que antes buscaba a su “ser amado”.
Lo que se pudre, contagia
En 1996, a las tres y media de la mañana, una vidente de Pereira tuvo una visión con la fachada de la Casa de Nariño y con la familia Samper desmembrada en los pasillos. Llamó inmediatamente a un amigo a advertirle que el presidente estaba en peligro. Este se lo hizo saber a Samuel Eduardo Salazar, embajador de Colombia en Chile, quien se lo contó a la primera dama, Jacquin Strouss. Ella no le dijo nada a su marido, sino que le pidió al cuñado, Juan Francisco, entrar al despacho presidencial un día en que Ernesto Samper trabajaba en la casa privada.
El Hada, como la conocían, llegó con un alambre en la mano que parecía una varita y recorrió el despacho en busca de la maldición. Dentro de uno de los cojines del sofá, descubrieron un envoltorio de tul negro amarrado con cuerda de fique, un billete de un dólar partido por la mitad, dos dientes humanos y tierra que ella supuso de cementerio. Debajo del escritorio, pegado con chicle, había un micrófono puesto para hundir al presidente a punta de escándalos. A la salida, detrás de un cuadro que la mamá de Samper le había regalado con la imagen del Sagrado Corazón, aparecieron unas garras satánicas y una copia de ese mismo Cristo vestido de diablo. Sin embargo, el Hada insistió en que lo más fuerte estaba escondido en un reloj con minutero.
El único reloj a la vista era el de péndulo, al que le abrieron la caja pero no encontraron más que polvo. Llamaron entonces a monseñor Guillermo Melguizo Yépez, capellán del Palacio, quien ofició allí unos ritos litúrgicos. Les advirtieron, además, que la única manera de deshacer aquellas maldiciones era echar los objetos a una corriente de agua, a lo que el hermano de Samper los recogió y los lanzó a una quebrada de los cerros, arriba de la presidencia.
Años después, ya viviendo en España, a Samper le empezó un dolor pulsante en el brazo derecho que ningún médico le supo explicar. Por esos días el reloj de pulsera se le quedó sin pila. Cuando lo llevó a arreglar, el relojero le encontró adentro una lámina de metal con tres signos grabados. Traducidos, decían muerte, sangre y permanencia. Samper mandó a sacar la lámina y siguió usando el reloj. Pero una tarde, el cristal le estalló encima. Prefirió entonces no traerlo de vuelta a Colombia y se lo dejó de regalo a un amigo, cuya madre, ese mismo día, cayó por las escaleras de la casa. Este, ya sin ánimo de quedárselo, se lo vendió a un anticuario al que poco después el puesto se le incendió hasta los cimientos. El Hada tenía razón. Habían buscado en el reloj equivocado.

Foto: Juan Carlos Zapata / EL PAÍS
Un entierro es un objeto que carga una condena y se la traspasa a quien lo posea. Si el amarre somete, el entierro destruye. Es el trabajo más agresivo de la magia negra y va contra todo, contra el cuerpo, contra la fortuna, contra la mente, contra la vitalidad, y apaga al que lo recibe, de a poco, hasta dejarle apenas la cáscara de lo que era. Nace, casi siempre, de un sentimiento oscuro y bajo, de envidia o sed de venganza, por el negocio que prospera, por la herencia mal repartida, o por el ascenso que le dieron a otro. "Los entierros terminan matando personas", afirma una de las brujas que los hace por encargo.
Se arma con varias piezas. Está el fetiche, un muñeco de tela o cualquier figura que represente a quien se desea dañar, y ese es el que se bautiza con el nombre completo de la víctima. Junto a él van los elementos que potencian la degradación. Una carta escrita a mano con la petición explícita de destrucción. Agujas y alfileres clavados en órganos específicos: el corazón, los riñones, el estómago o alguna extremidad, para provocar dolores y fallas progresivas. Y tierra de cementerio, que la conecta con la vibración de la putrefacción.
Bautizado y conjurado, el conjunto deja de ser un montón de cosas y pasa a ser la persona misma. Lo que le hagan de ahí en adelante, quemarlo, enterrarlo, clavarlo, es lo que ella va a empezar a sentir. La lógica es la misma del amarre, puesta al servicio del daño. Lo que se desprende de un cuerpo le sigue perteneciendo, y en ese pedazo va la esencia entera de su dueño. Quien lo consigue y lo corrompe, alcanza a lastimar a esa persona, esté donde esté y sin que medie ningún contacto.
El conjunto se entierra donde el daño se quiera hacer más profundo, en un cementerio, bajo la tierra de una tumba ajena, o mucho más cerca, en algún rincón de la propia casa de la víctima. Aunque hay brujos que le piden al propio cliente enterrar el trabajo en el lugar de su escogencia, hay casos en los que el fetiche aparece dentro de un mueble, detrás de una pared, o en la mitad de un colchón, sin que nadie en la casa recuerde haberlo puesto ahí ni se haya visto a nadie entrar a dejarlo. Los mismos brujos explican que no hace falta tocarlo con las propias manos para llevarlo hasta su destino, que existen fuerzas capaces de trasladarlo y ponerlo con precisión, muertos o entidades del bajo astral que hacen ese trabajo sin que ninguna mano humana intervenga en el camino.
Lo que se va pudriendo contagia su podredumbre, de manera que, al descomponerse los elementos enterrados, se van con ellos, al mismo ritmo, la salud y la fortuna de quien está representado ahí. Los males llegan entonces en cadena. Les crecen deudas. Se les caen los negocios uno detrás de otro. Les entra una tristeza incurable. Perciben un olor a azufre o a muerto que no viene de ninguna parte. Sienten que se ahogan sin motivo alguno. Y les llegan enfermedades que nadie les sabe curar.
Los trabajos más fuertes, además, rara vez se hacen una sola vez. Se refuerzan, se repiten, se multiplican para que la intensidad no decaiga, y muchas veces el brujo conserva en su propio altar una réplica de lo que ya enterró en otra parte, alimentando desde la distancia lo que sigue pudriéndose bajo tierra. Uno para matar puede llegar a costar entre veinte y treinta millones de pesos y viene con fechas fijas para repetir las oraciones. Un compromiso comparable a un contrato de término fijo. Por eso, para deshacerlo no es suficiente encontrarlo y destruirlo, hay que asegurarse también de que no siga vivo en otro espacio.
Nada de esto exige que quien ordena el daño haya estado alguna vez cerca de la víctima. Es posible acabar con una vida sin dar la cara, sin que el otro sepa siquiera contra quién debe defenderse. En el Cementerio Central de Bogotá los empleados ya distinguen a simple vista al que llega a ponerle flores a un muerto del que llega a sembrar un trabajo en camposanto, y reconocen inequívocamente la temida bolsa negra agujereada a punta de alfileres. A los que restauran las tumbas más viejas no les sorprende encontrar velas, muñecos y ropa íntima escondida entre las lápidas. Se han encontrado, incluso, hasta fetos humanos. El entierro del expresidente de la República apareció entre el cojín del sofá donde atendía sus asuntos, y hasta hoy, nadie sabe con certeza quién lo mandó a hacer.

Foto: Semana
Siete cruces en la piel
En los años más duros del conflicto, fueron llegando a los consultorios de los brujos más poderosos del país narcotraficantes, sicarios y comandantes de uno y otro lado de la guerra, convencidos de que la magia servía para cualquier causa siempre que se pidiera con exactitud lo que se quería lograr. Unos mandaban a blindarse el cuerpo para salir ilesos de un tiroteo, otros protegían a toda la banda antes de un enfrentamiento, y no faltaba el que prefería cubrir el cargamento que debía cruzar fronteras sin que le tocara ninguna requisa. Se pedían amuletos para coser en el forro de un carro, oraciones para poner en la culata de un fusil, o estampas rezadas para esconder entre los paquetes de droga. Todos, al final, compraban la esperanza de salir vivos del próximo trabajo, de que los suyos volvieran sanos y salvos y de que la carga, que los iba a volver millonarios, llegara intacta a su destino.
“¿Es verdad eso de que las brujas pueden volver a un hombre inmune a las balas?”, le preguntó una vez un jefe de escoltas a Sofía. “Sí, pero tendría que trabajar tres vidas para poder pagármelo”, contestó ella. El patrón, que para entonces llevaba más de dos años de cliente fijo y se había presentado como ganadero y agricultor, resolvió el asunto. “No se preocupe por la plata, yo le pago en efectivo”, le dijo. Se llamaba Miguel Arroyave y era comandante paramilitar, pero eso Sofía lo supo mucho después. Así, uno a uno, los hombres del esquema de seguridad se fueron sometiendo al ritual de blindaje.
Conocido como “los Niños en Cruz”, está pensado para quienes se enfrentan de cerca a las balas. Comienza por el agua, con una purificación completa del cuerpo. Sigue por el fuego, con el hombre tendido en el piso en forma de cruz, rodeado de treinta y tres velas, una por cada año que vivió Cristo, junto con un sahumerio de plantas sagradas. Finalmente, termina en la piel, con siete cruces diminutas tatuadas en tinta blanca virgen sobre puntos específicos del cuerpo, selladas con agua bendita.
Para quien se somete al ritual, esas siete cruces son más que marcas en la piel. Son la promesa de que, llegado el momento, las balas podrán rozarlo, susurrarle, tumbarlo de golpe o entrarle y perder el rumbo adentro antes de llegar a un órgano vital, pero jamás matarlo. La muerte, si es que llega, tendrá que buscarlo por cualquier otro camino, salvo que la bala haya sido conjurada antes por otro brujo y lleve grabadas, en el propio metal, tres cruces. Es, en últimas, un permiso para desafiar a la muerte.
A ese tipo de trabajo, capaz de levantar un escudo alrededor de alguien, se le llama blindaje, y junto con las limpias y las contras conforman todo un sistema de defensa dentro de la brujería, tan elaborado como cualquier maleficio. La brujería blanca se apoya en las mismas leyes de correspondencia que rigen a la oscura, solo que usa elementos limpios de la naturaleza, plantas, sal, agua, cristales, velas, para cerrar un cuerpo, limpiar una casa o devolver el daño causado por un enemigo. Esta recurre a fuerzas de luz, santos católicos mezclados con ángeles guardianes y espíritus del camino, a los que les pide que aparten el peligro a tiempo.
Dividir la magia en colores, blanca, roja, negra, es una connotación moral, una manera de nombrar el fin al que sirve un trabajo y no una diferencia en su funcionamiento. La energía no cambia de naturaleza según el color con el que se la vista, y el procedimiento detrás de una vela encendida es el mismo, esté destinada a enfermar a alguien o a sanarlo. La misma que se prende para que a un hombre no le entre la bala se prende igual, con otro nombre grabado, para que le entre. Eso lo decide quien encarga el trabajo.
Por eso, el daño también se puede devolver. A quien le cae un maleficio encima se lo van quitando despacio, con agua y plantas, o le montan una contra para hacérselo pagar a quien lo mandó, multiplicado por tres o por siete. Según esta creencia, nadie puede intervenir impunemente sobre la vida de otro. Quien desata una fuerza contra alguien también se expone a quedar bajo sus efectos. En la brujería, hacer daño siempre tiene un precio.
Arroyave terminó siendo una prueba de que esas cuentas terminan por cobrarse. De toda aquella nómina, fue el único que quedó sin blindar. Lo mataron cerca de Puerto Lleras, en el Meta, dos de sus hombres de confianza. Sofía se enteró por el noticiero, el mismo día en que supo que el ganadero que llevaba años sentándose en su sala era un comandante paramilitar. Los giros de sus empresas terminaron en una investigación por lavado de activos y extorsión, con ella como presunta cómplice. No fue esa, sin embargo, la cuenta más cara de Sofía. Esa la pagaría después, y no precisamente en un juzgado. Desde entonces, dice, aprendió que hay actos cuyo verdadero precio solo se conoce cuando llega la hora de pagarlos…
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