Color piel

Samuel Sanabria Carmona
Universidad Nacional Abierta y a Distancia
Solo el racismo modal podría parir una expresión insignia de la lingüística como lo es el “color piel”. Éramos pequeños, inocentes incluso, cuando en una clase alguien vociferó con seguridad: ¡color piel!, señalando el crayón que debía colorear el cuerpo de las personas Un tono pálido, ligeramente rosáceo, ese que viene generalmente en los paquetes de colores y que concuerda con el de la minoría que ha tenido el monopolio de los retratos oficiales, los maniquíes dentro de las vitrinas en almacenes con moda importada y algunos remedios para la tos.
A nadie se le ocurrió que el marrón, el ébano o el canela también pertenecieran al “color piel”. Esos son otros tonos: café, tierra, chocolate, suciedad, pobreza. Como si la piel viniera con jerarquía pantone y las más claras hubieran sido promovidas al rango de universal.
Es curioso y profundamente insultante cómo esas dos palabras, “color piel”, resumen la historia de la colonización del cuerpo, que resulta, dentro de la modernidad, en un lugar común. No importa cuántas veces hayamos observado el corazón de la urbe y concluido que es una característica que todos tenemos; para muchos, solo una fue digna de representar a la humanidad. Las demás eran “poco profesionales”, “demasiado oscuras para el cargo”, “interesantes”, “exóticas” o “buenas para estar bajo el sol”.
El racismo ya no es prohibitivo: se desliza como una sutileza cromática. Está en el maquillaje que no viene en tu tono, en la publicidad que nunca se parece a tu familia, en los productos que blanquean — porque blanco, al parecer, siempre es mejor — y en los ascensores donde aún se tensan los cuerpos cuando entra un negro.
Pero hay que decirlo: esto es un diseño orquestado, un rechazo sistemático que decide quién merece seguridad, educación, salud y representación, la facultad de vivir sus vidas Esta es una maquinaria con rótulos pulidos que dicen “mérito”, “estética”, “buena presencia”, “neutralidad”. Como si fuera un matiz inocente, un término inofensivo para niños a quienes les gusta colorear.
La próxima vez que alguien diga “color piel”, cuestiónese: ¿de quién? Porque si hay algo que este mundo necesita de manera perentoria, definitivamente no son más eufemismos arbitrarios, sino más pieles y menos etiquetas.
