Crónicas ahogadas

Foto: Juan Carlos Sierra / SEMANA

Maria Paulina Gómez
Universidad Católica Luis Amigó

Sofía Miranda Cortés
Universidad Católica Luis Amigó
Son las 4:30 de la mañana, el ruido de los rieles indica que un nuevo día comienza, la ciudad despierta, las puertas se abren y miles de personas habitan el transporte más importante de la ciudad, pasos apresurados, puestos de oficina que esperan ser ocupados… Mentes inquietas. En cada estación una multitud casi coreografiada transita.
En el metro de Medellín viajan inmensidad de cuerpos cargados con el peso del alma y la mente, pero que se esconden en el afán del día; mundos que van a pocos centímetros unos de otros, encapsulados en pensamientos que nadie escucha. Mientras el tren avanza, una mujer se ensimisma en sus pensamientos recordando su amor fallido; un estudiante no está escuchando la música como aparenta, en realidad, lucha con sus frustraciones académicas, a su lado, un papá hace cálculos de como alargar el sueldo hasta el próximo pago.
Una voz neutra interrumpe: “próxima estación… Tricentenario”, se cierran las puertas y el tren retoma su recorrido, mientras el paisaje se desliza por el vidrio, un jóven mira la pantalla de su celular, y aunque su rostro no demuestra ninguna emoción, su cuerpo está colapsado, la noche anterior escribió un mensaje, no lo envió, lo borró, al despertar lo volvió a escribir y aún no se decide a enviarlo; la sangre recorre su cuerpo a la misma velocidad del tren, producto de la ansiedad que le causa la situación, por un momento aparta la mirada del celular, intenta buscar respuestas en los demás pero cada uno va concentrado en su caos. Así, las palabras quedan escritas y con la incertidumbre de que al querer decirlas, quizá no sea posible, porque en la cotidianidad no hay tiempo para detenerse a ser consciente de que el futuro es incierto, y que el “después” que aseguramos que va a pasar quizá nunca suceda.
En la estación Itagüí, una joven acaba de subirse al tren que va hacia el norte, camina al interior del vagón mientras evita mirar las notificaciones de su celular, no porque no tenga nada que ver, sino porque sabe los mensajes que se encontrará, una noticia que aunque esperaba, hubiera preferido que jamás llegara; pasan unos cuantos segundos que en su percepción del tiempo se sienten como horas, respira profundo y toma valentía para afrontar su realidad, en efecto, el mensaje que esperaba se refleja en su pantalla, su mundo se derrumba y no sabe cómo continuar, jamás había experimentado la partida de un ser querido, se siente perdida, el proceso de duelo lo siente inherente, su mirada es desconectada del entorno, de manera automática se baja del vagón para continuar su recorrido a casa, en el camino se tropieza con unas cuantas personas quienes se molestan por su presunta desconcentración, intrínsecamente son miles de emociones contenidas que se enfrentan en un espacio físico.
Una cantidad masiva de personas siguen cumpliendo la rutina, entran y salen del vagón, nadie pregunta, nadie interrumpe, porque detenerse es casi un lujo. Hay también quienes no piensan en problemas y cosas por solucionar, o eso parece; en la estación Hospital ingresa un adulto mayor, su pelo blanco y su bastón evocan el paso de los años, alguien se levanta y le cede el puesto, seguramente esa es una de las pocas interacciones entre el más de millón de usuarios que transcurren el sistema metro diariamente; su mirada es tranquila, recorre los edificios sin prisa, no revisa el celular, pues trata de conectar con su entorno… o lo poco que queda de él. Momentos después, pasan por su mente recuerdos de su juventud en la ciudad antigua, un Medellín diferente, ahora tiene más caos, pero irónicamente se siente más vacío, más silencioso. De manera inevitable, la nostalgia del ayer se apodera de él, recuerda cuando los trayectos no estaban medidos en tiempos exactos, sino en conversaciones y anécdotas; vuelve al presente, pues la voz automática anuncia la próxima parada; una sonrisa se dibuja en su rostro, es consciente que ha pasado sus años con total sentido, entre amigos que siempre han estado, familia que es el motor de su vida y experiencias que le recuerdan la magia de vivir.
En la estación Prado ingresa una joven mientras llora, se instala en una esquina, al lado de las puertas, todos la observan, y si lo hacen con detenimiento podrían intentar descubrir el porqué de sus lágrimas, algunos la analizan mientras mira su celular, trae un bolso grande como si hubiese estado fuera mucho tiempo, ropa holgada, zapatos un poco sucios y un rostro que refleja nada más que dolor, su maquillaje está regado, en su pelo solo trae una pinza… está sola. Su madre acaba de correrla de su casa y aún no tiene a dónde ir, se dirige a hablar con una tía para saber si es posible quedarse en su casa, sin embargo, el desconsuelo del rechazo, no la abandona.
No siempre se está solo al viajar, en ocasiones, entre tanto caos hay risas; niños, jóvenes, adultos y personas de la tercera edad que en sus rostros no se ve dolor alguno, por el contrario, entre carcajadas hablan y disfrutan, gozan su viaje al recordar el momento que acaban de vivir, al imaginar el qué vivirán al llegar a su destino o al contar alguna anécdota. Se oyen risas, se nota emoción en sus rostros, en su mundo al parecer, todo está de colores brillantes.
Un grupo de jóvenes salen de su trabajo, son las 6:00 de la tarde, juntos toman el metro en la estación San Antonio, entran mientras ríen al contar sus experiencias durante el día, ya es hora pico, se miran entre ellos, están cada vez más cerca porque el espacio no da opción para moverse, sienten que los empujan, que no caben y que hay extraños muy cerca. En medio de la situación no queda más que reír, se ríen al ver sus caras, al ver a la señora que los mira como si fuesen lo más molesto del mundo, al ver que las puertas no cierran porque un bolso quedó atrapado, entre tanto, para ellos, solo queda reír.
Entre las sillas hay una joven madre con su bebé, se montó en la estación Industriales, la niña tiene ojos brillantes y su rostro es el más dulce que se pueda imaginar, su sonrisa parece digna de película o de un texto literario que describe la inocencia pura. La niña observa alrededor, a su lado hay una señora, su mirada cuenta su historia, parece cansada luego de una larga y agotadora jornada laboral, la niña la mira y le regala una sonrisa, a lo que ella responde con una aún más grande y un saludo lleno de ternura. Ambas disfrutan el momento, la madre de la niña mira con igual afecto, tal parece que una pequeña sonrisa puede alegrar un mundo que pareciera no estar en su mejor momento.
¿Cuántas historias pueden haber en un mismo lugar?, no se trata solo de lo actual, el metro de Medellín lleva más de 30 años operando, en sus vagones no solo hay anécdotas agradables o dolorosas, hay historia, miles de historias, risas, lágrimas, momentos incómodos o tensos, ¿cuánto amor puede haber en un vagón?, ¿cuántas risas y recuerdos puede tener ese tren que día a día te lleva de acá a allá y de allá a acá?, ¿cuántas generaciones se han sentado allí?
No se trata sólo de la tan conocida cultura metro, es algo que va más allá de eso, un viaje puede significar algo totalmente distinto dependiendo desde dónde se mire. No es sólo viajar, es compartir, mirar, experimentar diversas situaciones e interpretar de acuerdo a lo que se ve, las historias que esas caras desconocidas puedan contar. La rutina sigue, no es sólo tomar el metro para llegar a un lugar, se trata de observar la realidad, dudar, mirar, pensar…
Millones de vidas pasan y pasan día a día por este medio de transporte, la cantidad de historias que se pueden contar, las situaciones que originan anécdotas inolvidables que pueden suceder en un sólo viaje, todo lo que se puede reflexionar mientras se observa a los demás, la facilidad con la que se puede mejorar o empeorar el día de alguien sólo con la mínima interacción entre ambos, no es algo que se deba pasar por alto, no es gratuito que seamos seres sociales, que sintamos, que vivamos, que seamos quienes somos y que carguemos con el peso del mundo que construímos todo el tiempo, el nuestro.
Una cabina a veces silenciosa, a veces llena de risas, a veces solo tensa; muchas caras desconocidas, un usual calor sofocante que solo cesa con el abrir de las puertas, ventanas grandes que permiten ver la ciudad… suspiros, algunos llenos de rabia, otros de dolor, cansancio, tranquilidad, emoción ¿qué significa un suspiro para cada ser que viaja?, no importa qué tan soleado esté el día, qué tan cerca se esté o qué tanto se pueda notar en lo físico, no siempre será la misma historia.
Los semáforos en cada estación indican que el tren debe continuar, el metro es orden y eficiencia, pero también es un lugar donde miles de vidas coinciden, donde cada uno lleva consigo lo que nadie logra ver. Las estaciones pasan, sus nombres no cambian pero las personas sí, nuevas historias entran y otras se van, aunque en realidad ninguna desaparece, solo continúan en muchos otros lugares de la ciudad, del país e incluso del mundo.
11:00 de la noche, las estaciones cierran sus puertas, quienes salieron en la mañana a cumplir con sus obligaciones, se espera, ya están en casa, en ciertas partes de la ciudad las luces se vuelven tenues, el cansancio invade el ambiente, los trabajadores del metro se preparan para irse a descansar, los trenes se apagan, pues también deben descansar. Quienes lloraron, rieron, se preocuparon y durmieron en el metro ya no están allí, sin embargo, sus lágrimas, risas, caos y cansancio, quedarán sellados en esas memorias no escritas que el metro sin una sola palabra, puede contar.

