¿Culpable o inocente?

Valentina Escobar Bedoya
Universidad Católica de Oriente
Si supiera usted el poder de lo que dice se limitaría un poco más en lo que vocifera. Se ahorra un arrepentimiento, si es que lo hace, y le ahorra el primer disgusto del día a alguien más.
Muchos cuestionan a quienes, tímidos, apenas y se limitan a saludar o a ser observadores de una conversación, a quienes tienen mucho por decir y prefieren callar o a quienes se toman un poco más de tiempo para planear en su cabeza la estructura de su próxima oración: sujeto, verbo, complemento. Una frase segura, correctamente compuesta y sin ánimos de herir susceptibilidades.
Decir algo podría demostrar la debilidad de los argumentos y dejar a la vista la pequeñez de quien tratando de ser se queda opacado por el haber. ¿Y qué hay? Exactamente, unas palabras aisladas que, si bien alimentan la sinfonía, distorsionan la armonía por el exceso y la convierten en ruido.
Quizás puede resultarle esto un caso muy, muy, aislado (lo es), pero quizás ejemplifique el arma de doble filo de unas cuantas palabras, o el poder del receptor para decodificarlas. Hace poco vi un carro en cuya intensa suciedad estaba grabado lo siguiente: “así de sucio soy en la cama”. No pude evitar imaginar la pobreza de un cuarto, con ropa tendida por el suelo y comida, si se le puede llamar así, casi que convertida en gusanos. Así es, el escenario pudo ser completamente distinto y muy probablemente usted lo pensó: un hombre haciéndole honor a su sexo siempre fuerte y dominante. Este no fue el caso, y ello no exime la lógica de la primera acusación.
No siempre funciona la declamación. Unas simples palabras en medio de un código compartido no necesariamente son comprendidas como inicialmente lo planteó quien las dijo. Tal es el arte, quien pintó un cuadro plasmó unos sentimientos, quien lo observa se puede sentir completamente distinto y asociarlo con su misma experiencia sin necesidad o interés de conocer nada sobre el autor.
La situación se complejiza en cuanto el límite de lo personal se desdibuja y las palabras, el arma asesina, forman parte de la función. Los chistecitos, bromitas inocentes que en el fondo reflejan una idea bastante consolidada del subconsciente, ataca a quienes inicialmente ríen aceptando la comprensión del chistecito y que después, tras la función de risas, en la oscura habitación la acusación es retomada. Las mentes de los aludidos la analizan una y otra vez, cada vez con más fuerza y “sentido”, hasta que esta se convierte en inseguridad, dolor y miedo.
Si ser prudente fuera un delito, me declaro culpa nocente. Admito que me gustaría ser totalmente culpable. Decir lo justo y necesario no tendría por qué molestar o ser complicado. Y menos cuando la cautela se toma la conversación, el día a día, y se esfuerza solo para decir lo necesario. Y sepa usted que lo justo y necesario no habla de cosas correctas o no, de cosas serias o alocadas, sino de palabras, frases que con o sin emoción afectarán a quien las escucha, positiva o negativamente, pero lo harán, y quien las dice debe ser consciente de ello.
Mi amigo, ¿es usted culpable o inocente?
Ahora me permito hacerle una última apelación, antes de sentirse juzgado repítase lo siguiente:
No, amigo, usted no me conoce. Usted cree que lo hace. Opina frente a lo que hice sin conocer las razones. Usted juzga y ve en mí el reflejo de sus incapacidades, de sus temores y de sus penosas cualidades. Usted cree que me conoce, déjeme decirle, amigo, ni yo lo hago.
Ahora tome su orgullo y abandone dignamente la sala.



