Decíme, ¿qué esperas que pase?

Alejandra Buitrago
Universidad Católica de Oriente
Hoy no soy yo. Hoy no llevo mi nombre. Hoy me he convertido sin querer en una cifra, un número que habla del sinrespeto y sindios de una sociedad que me asume objeto, que me asume sin deseos. Una sociedad que me asume. Así, sin más.
Hoy no soy yo, hoy soy una mujer, una parte del 97% de mujeres que han sido acosadas en este país de mierda en el que cada día se innova en todo, menos en el respeto. Hoy soy una mujer que se ha cuestionado “¿es mi falda muy corta? ¿Mi pantalón muy ceñido?”, pero esa no es la pregunta, la pregunta es ¿por qué no puedo caminar tranquila?
Pero incluso esa no es la pregunta esencial, ni de lejos es la pregunta más importante, lo que realmente me gustaría cuestionarle a los hombres que me silban, que me gritan, que me dicen, que me asumen, es, ¿qué esperas que pasé?
¿Qué esperan que pase? ¿Esperan que me enamore, que me case, que envejezca con ellos, que vaya a la cama con ellos? No hay una mujer en el mundo a la que las obscenidades gritadas en las calles por desconocidos le convenzan de acostarse con ellos. Entonces, ¿qué pretenden?
¿Por qué me hacen objeto? ¿Por qué asumen que silbarme o gritarme o tocarme o manosearme me hará sentir bien? ¿Creen que es un halago? ¿Qué hay en la mente de un acosador?
El otro día estaba caminando por el parque de Marinilla, cinco de la tarde. Solo caminaba, cuando un desconocido me dijo que me veía muy elegante, voltee y con una sonrisa dije gracias. Eso le envalentono para tomarme del brazo y decirme cómo las mujeres nunca reciben bien los piropos.
Entonces procedió a interrogarme sobre hacia dónde iba y a decirme que me acompañaba. Con la mayor cortesía me zafé y dije que no, que iba de afán. Pero me siguió por varias cuadras, esperando a que estuviera sola. Solo se fue cuando me encontré con alguien.
Quedé en shock, estaba muy asustada, cuestionandome profundamente. ¿Era mi culpa? ¿Me pasa por intentar ser amable? ¿Tenía que haber seguido adelante o estaba dandole demasiada importancia?
Pero esa es una experiencia mínima, comparada con otras que yo y mis cercanas y miles de otras personas han y hemos vivido.
Pero, ¿saben qué es lo peor del acoso? Culparse. Pero no solo echarse la culpa. Es encontrar que Madres, Abuelas, Hermanas, Amigas, te dicen que es tu culpa, “eso te pasa por…”. Lo peor no es el comentario, lo peor, es que te hacen dudar. ¿Provoca acaso una niña en traje de baño? ¿Provoca acaso una mujer en vestido que camina sin molestar a nadie?
Es la vulnerabilidad, el sentirse pequeño, el saber que eso podría volver a suceder mañana. Ese es su objetivo, ese es el objetivo de los acosadores. Que tengas miedo, que no puedas caminar tranquilamente, que voltees constantemente, que te sientas vulnerable, chiquita, indefensa.
A veces, las respuestas son incluso más punzantes que el culpar, a veces son “¿por qué no gritaste, por qué no le pegaste, por qué no te quitaste, por qué, por qué, por qué?”. No me salía la voz, el miedo no dejó salir mi voz, en tantas ocasiones en las que alguién me hizo sentir vulnerable mientras solo caminaba por la calle fue el miedo lo que me impidió gritarles.
Seré una cobarde, pero una cobarde que sabe que esos acosadores se refugian en el miedo, en el miedo sistemático, en el miedo a ellos y al que digan “estás armando un escándalo de nada”. Ahí están y ellos son más cobardes que yo, porque no saben acercarse sin intimidar, porque solo saben hacer de este mundo un lugar peor, en el que el miedo reina. Pero esta columna, más que catarsis, es una invitación a que nos hagamos las preguntas correctas, como individuos y como sociedad.
En lugar de cuestionarte o cuestionar a otros su ropa o su reacción, cuestionate porque defendemos a alguien que es capaz de pisotear la dignidad de alguien con unas pocas palabras dichas a desconocidos con aliento de cobarde y actitud de bastardo.



