¿Democracia o el triunfo de la oclocracia?

Juan Pablo Villegas
Universidad del Valle
“El arte de la guerra se basa en el engaño”
–Sun Tzu
“El arte de la guerra se basa en el engaño”, sentenciaba Sun Tzu hace siglos. Hoy, esa premisa no solo define conflictos militares, sino que resuena con una fuerza inquietante en el panorama electoral colombiano hacia 2026. La nación se encuentra en una encrucijada crítica: elegir entre la continuidad de un progresismo en crisis o el retorno de una derecha radical.
Sin embargo, el verdadero peligro no reside en el color de la bandera, sino en la degeneración de nuestra democracia hacia la “oclocracia”: el gobierno de la turba cegada por la pasión. Aunque se nos repite que el sistema es “del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, esta frase suele ser el velo que oculta una realidad amarga: la participación ciudadana está siendo suplantada por la demagogia.
En la era de los algoritmos y las cámaras de eco, los líderes ya no buscan convencer con argumentos, sino explotar sentimientos para mantener el poder. Esta dinámica degrada al ciudadano racional y lo convierte en parte de una muchedumbre movida por impulsos viscerales, donde la reflexión es sustituida por el fanatismo.
El escenario de 2026 parece estar diseñado para esta colisión de pasiones. Mientras la izquierda se atrinchera en la retórica de Gustavo Petro, la derecha busca su eje en figuras polarizadoras como Abelardo de la Espriella. Este enfoque en personalidades mesiánicas simplifica el debate a una lucha de bandos, ocultando la pregunta fundamental: ¿quién se beneficia realmente de cada modelo?
Un factor determinante, a menudo ignorado por el análisis local, es la injerencia de fuerzas externas, específicamente la de Donald Trump. Su historial de intervención en América Latina, como las presiones económicas ejercidas sobre Argentina para condicionar la permanencia de aliados como Javier Milei, sugiere que Colombia no será ajena a su estrategia de influencia directa o indirecta. Mientras encuestas como Invamer posicionan prematuramente a figuras como Iván Cepeda, la derecha aún no despliega sus cartas definitivas, esperando el momento para unificar un liderazgo bajo esta sombra internacional.
La fragilidad de la democracia colombiana es evidente. La batalla electoral se está librando en el terreno de las emociones y los liderazgos carismáticos, aumentando el riesgo de que el proceso sea una simple puesta en escena demagógica.
La única esperanza real para el país reside en el despertar de un pueblo que trascienda el rol de “turba”. Solo mediante una ciudadanía que exija sustancia sobre espectáculo se podrá asegurar que 2026 sea una verdadera expresión democrática y no el triunfo definitivo de la oclocracia sobre la razón.
