¿Desde cuándo ser joven invalida una opinión?

Yeiner Andrés Caicedo
SENA
¿Han escuchado la frase “los jóvenes son el futuro del país”? Suena inspiradora, casi halagadora, pero también encierra una trampa: nos ubica siempre en el mañana, como si nuestra voz en el presente fuera secundaria.
No quiero decir que en todos los espacios se descalifica a la juventud. De hecho, hay muchos escenarios donde los jóvenes tienen la oportunidad de escuchar, opinar y debatir. Sin embargo, hay una idea persistente de que cuando un joven toma postura política lo hace por influencia y no por convicción.
Y es ahí donde aparece una palabra que se usa con demasiada ligereza: adoctrinamiento.
Pero ¿qué significa realmente adoctrinar? Adoctrinar no es simplemente influir o exponer ideas, va más allá; es imponer una visión, un pensamiento o incluso una creencia única en algo, cerrando la puerta a la duda y al pensamiento crítico. Es formar repetidores y no ciudadanos reflexivos. Por eso resulta preocupante que esta palabra se use con ligereza cuando un joven expresa una postura política o de cualquier otra índole.
Tal vez el problema está en esa frase que repetimos sin cuestionar: “los jóvenes son el futuro del país”. ¿Y si ese futuro nunca llega? ¿Y si llevamos décadas aplazando su voz mientras las decisiones siguen tomándose sin ellos? Curiosamente, la frase no es nueva ni espontánea. Cobró fuerza después de la Segunda Guerra Mundial, cuando empezó a hablarse de ‘generaciones futuras’ como símbolo de reconstrucción y esperanza. En 1972, la Declaración de Estocolmo reforzó esa idea al insistir en la responsabilidad de quienes vendrán.
El problema no es el reconocimiento, sino el enfoque; durante décadas se institucionalizó la juventud como futuro, pero no necesariamente como actor político del presente.
Tal vez ya es hora de dejar de ubicarnos exclusivamente en el mañana. La juventud no debe ser solo una expectativa histórica; es una fuerza viva que piensa, cuestiona y participa hoy.
