Casting presidencial

Juan José Salazar
Universidad Nacional
En Colombia hay muchas cosas difíciles de conseguir: un empleo estable, una pensión relativamente digna, clasificar a la final de un mundial o reducir la brecha de desigualdad, pero hay algo que nunca escasea: los candidatos presidenciales.
Hace unos días se cerraron las inscripciones para las candidaturas a la Presidencia de la República y quedó definido -una vez más- el nuevo catálogo electoral. Una larga fila de aspirantes que, como en temporada de descuentos, compiten por venderle al país la misma promesa de siempre, “ahora sí vamos a cambiar a Colombia”.
El problema es que muchos de los que prometen arreglarla llevan años ayudando a dañarla.
La política colombiana descubrió hace tiempo un fenómeno curioso y bastante repetitivo. El país parece existir cada cuatro años y las necesidades mágicamente surgen al comenzar las campañas, desapareciendo con la misma rapidez el día de la posesión.
Como si fuera un juego de roles, quienes fueron gobierno se vuelven opositores, los opositores se convierten en salvadores y los expresidentes terminan como tiktokers, DJs o incluso convictos. Pero el verdadero espectáculo de cada elección no son solo los candidatos, son las coaliciones. En teoría, se presentan como acuerdos programáticos responsables para construir un país mejor. En la práctica, muchas se parecen más a esos grupos de trabajo de la universidad donde nadie se soporta, pero todos necesitan pasar la materia. Nuestras campañas no solo prometen cambiar el país, logran algo más difícil: que los mismos políticos cambien de bando sin cambiar de pasado.
Lo admirable son las reconciliaciones. Quienes hace unos meses se acusaban mutuamente de destruir el país ahora aparecen abrazados en ruedas de prensa hablando de unidad nacional. Resulta irónico entonces, que muchos de ellos rechacen un proceso de paz que tardó tiempo en negociarse, pero logren “paces arregladas” en quince minutos, sin demasiada coherencia ideológica de por medio.
Y ahí aparece otro fenómeno tan fascinante como lamentable de la política colombiana, la flexibilidad ideológica.
Ahora, algunos candidatos logran lo que parecía imposible; ser de centro, de derecha y de izquierda al mismo tiempo, todo dependiendo de la encuesta que haya salido en la semana.
Las líneas rojas innegociables terminan convertidas -como diría el presidente Petro- en las banderas rojas que aparecen para salvar la democracia justo a tiempo para las elecciones.
Al final las fotos de campaña empiezan a parecer la reunión de excompañeros de colegio. Están los candidatos de siempre, los nuevos, los que aseguran que no son políticos y los que simplemente aparecen. Aparece el que nunca llegaba a clases, pero ahora quiere dirigir el colegio; el que cuestionaba a la rectora y hoy promete reformar todo el sistema educativo; el aplicado que cree que el país se puede gobernar desde una hoja de Excel. Y como en toda reunión, aparece el que llevaba años desaparecido, pero regresa justo cuando alguien menciona que hay presupuesto para la fiesta. La coincidencia es que, aunque todos prometen un cambio verdadero, aparecen curiosamente acompañados por los mismos asesores y maquinarias de siempre.
Pero no crea que todo es malo. Si algo debo reconocerle a la política de nuestro país es su capacidad infinita de reciclaje. De hecho, podría decirse que es la única política ambiental que todos los gobiernos cumplirían sin dificultad: reciclar figuras viejas y cuestionadas desde las entrañas más oscuras del poder.
Colombia tiene tantos candidatos dispuestos a arreglar el país que uno empieza a preguntarse si el verdadero problema nacional no es la falta de soluciones, sino el exceso de caudillos.
Aun así, entraremos en el mismo carnaval democrático. Candidatos recorriendo plazas públicas -preferiblemente las ya pavimentadas- hablando del futuro con una seguridad admirable y garantizando cambios históricos. Las campañas siempre prometen el futuro mientras los gobiernos terminan explicando el pasado. Porque en temporada electoral todo es urgente; después de la elección pasa a ser “gestionable”.
Porque si algo nunca falta en Colombia es un buen café, un escándalo de corrupción y los que posan de salvadores de la patria.
Así que, le invito a que cuando esté frente al tarjetón electoral, no se pregunte quién ganará la presidencia. La verdadera pregunta es: si hay tantos salvadores listos para gobernar, ¿cómo es que el país sigue esperando el milagrito?
