Cuando ser humano es opcional

Mariana Arias Hernández
Universidad Javeriana
Actualmente en redes sociales, jóvenes afirman no identificarse plenamente como humanos y exigen que esa autopercepción sea tomada en serio. Se autodenominan therians: personas que aseguran tener una identidad vinculada a un animal no humano. Para algunos puede sonar algo inofensivo; para otros, una simple excentricidad digital. Sin embargo, el fenómeno plantea preguntas mucho más profundas sobre los límites de la identidad, el reconocimiento político y la estabilidad de los marcos que sostienen nuestra convivencia.
Es importante aclarar algo desde el principio: la relación simbólica entre humanos y animales no es algo nuevo, ni un invento de la de la Generación Z. En distintas culturas indígenas americanas han existido concepciones espirituales donde el vínculo con un animal formaba parte de una cosmología organizada, colectiva y ancestral. El nahualismo, por ejemplo, no era una autoidentificación caprichosa, ni una tendencia pasajera, sino una dimensión ontológica integrada en un sistema espiritual, comunitario coherente. Era una identidad que venía dada por la tradición y el rito, no por el deseo individual.
Pero lo que hoy se presenta como therianismo no es la continuidad de esas tradiciones. No surge de una cosmovisión compartida ni de una estructura cultural coherente. Surge, principalmente, en entornos digitales y se sostiene en la validación entre pares virtuales. No responde a una herencia espiritual, sino a una lógica de autoconstrucción identitaria.
Y aquí es donde mi desacuerdo es claro.
Reducir prácticas espirituales complejas a una identidad adoptada por afinidad personal o tendencia cultural no solo simplifica tradiciones profundas, sino que las descontextualiza de su sentido. Lo que en algunos pueblos era ontología y comunidad, hoy parece convertirse en elección individual y, en muchos casos, en fenómeno de moda. No todo lo que se siente debe transformarse automáticamente en categoría identitaria legítima.
Decir “soy un animal” no es una afirmación simple o neutra; tiene implicaciones sociales, ontológicas y políticas de largo alcance. Vivimos en una época donde la identidad se ha convertido en el centro absoluto del discurso público. Como explicó Charles Taylor, la política contemporánea gira en torno al reconocimiento. Ya no basta con la tolerancia: se exige validación. Sin embargo, cuando el reconocimiento se expande sin límites claros, la identidad deja de ser una dimensión personal y se convierte en una exigencia política permanente.
La modernidad política se edificó sobre una noción específica de lo humano. Desde René Descartes, la distinción entre humano y animal fue central para definir razón, responsabilidad y ciudadanía. Esa frontera no era un simple capricho filosófico: era el fundamento sobre el que se construyeron derechos y deberes dentro del Estado moderno.
Cuando esa categoría comienza a diluirse desde la autopercepción individual, no estamos ante un simple debate cultural. Estamos ante una tensión estructural. Porque el Estado necesita categorías mínimamente estables para garantizar gobernabilidad. “Ciudadano”, “persona jurídica”, “sujeto de derechos”: estos conceptos no pueden redefinirse ilimitadamente sin afectar la coherencia del orden jurídico.
La expansión infinita de la identidad, esa idea de que el yo puede autodeterminarse sin referencia a marcos compartidos, puede parecer liberadora. Pero también puede convertirse en un individualismo extremo, donde la percepción subjetiva se coloca por encima de cualquier límite común. Zygmunt Bauman describía nuestra época como líquida: todo es flexible, todo es redefinible, incluso el yo.
Sin embargo, una comunidad política no puede ser completamente líquida. Necesita ciertos consensos básicos sobre qué significa ser persona dentro de ese orden.
Mi posición no es negar experiencias individuales ni ridiculizar sensibilidades. Se trata de concientizar que no toda vivencia personal requiere institucionalización pública ni reconocimiento jurídico. Cuando cada autopercepción reclama validación oficial, el riesgo no es la diversidad, es la fragmentación.
La pregunta no es si alguien puede sentirse de determinada manera. La pregunta es si estamos normalizando una lógica donde la identidad se vuelve infinita, mutable y políticamente exigible sin límites. Y si eso ocurre, ¿qué sucede con los marcos comunes que sostienen la convivencia?
Tal vez el debate sobre los therians no sea simplemente una discusión cultural. Tal vez sea una señal de que estamos cruzando una línea donde la libertad individual, entendida sin referencia a comunidad ni tradición, comienza a tensionar la estructura misma del Estado moderno.
Porque ampliar derechos es fundamental. Pero diluir categorías básicas puede tener consecuencias que todavía no estamos teniendo en cuenta.
