top of page

El lobo urbano jugando a ser animal

Samuel Sanabria.jpg

Juana Valentina Parra

Universidad Javeriana

La escena se repite con una naturalidad sospechosa: alguien se declara lobo, pero pide Wi-Fi; reniega de la humanidad, pero exige derechos humanos; aúlla por dentro, pero paga con su tarjeta débito. Bienvenidos al therianismo urbano, esa corriente espiritual perfectamente adaptada al capitalismo tardío, donde el instinto animal convive sin conflicto alguno con los celulares de última generación y una alergia crónica a la responsabilidad.


Ser humano, hay que decirlo, es agotador. Pesa. Exige. Implica pensar, decidir, equivocarse y sobre todo, hacerse cargo. Aun así, resulta mucho más cómodo aullar simbólicamente, ronronear en redes sociales o escudarse en el “instinto” cuando la realidad empieza a pedir explicaciones. El problema no es la imaginación; el problema es usar la fantasía como coartada.


Conviene recordar algo básico: los animales no eligen cuándo serlo. No redactan hilos explicativos, no hacen pausas identitarias ni piden validación emocional. Un lobo no despierta diciendo “hoy me siento menos lobo, mejor me pongo zapatos”. Un gato no debate su esencia en Instagram. Un animal no convierte su existencia en tendencia global ni en estética monetizable. Simplemente existe. Sin público, y sobre todo, sin conveniencia.


Aquí es donde el relato empieza a desmoronarse.


Porque si alguien afirma “soy un lobo”, la pregunta no es ofensiva, es inevitable: ¿también acepta vivir como tal? Los lobos no habitan ciudades, no comen ultra procesados, no negocian contratos ni participan selectivamente de la vida humana cuando les conviene. La naturaleza no es flexible, ni simbólica, ni editable. Es coherente. Y la coherencia, en este caso, brilla por su ausencia.


Nada de esto surge por generación espontánea. Aparece en una época donde asumir la propia humanidad se ha vuelto incómodo, donde la frustración se confunde con identidad y el malestar se disfraza de autenticidad. Pero no todo lo que duele necesita una etiqueta nueva, y no todo conflicto interno merece ser elevado a especie.


Hay algo profundamente humano —y profundamente irónico— en usar el lenguaje, la tecnología, los derechos y la empatía humana para negar lo humano. Porque nadie se salva de esa condición. Cambiar de nombre no elimina la conciencia, ni suspende el deber, ni borra la responsabilidad social.


Convertir lo animal en refugio simbólico puede sonar poético, incluso rebelde, pero termina siendo una caricatura peligrosa. No solo distorsiona la naturaleza animal, sino que trivializa procesos mentales reales que requieren cuidado, acompañamiento y límites, no orejas postizas ni aullidos cuidadosamente editados para redes.


La salud mental no se arregla con colmillos simbólicos ni aullándole a la luna como si fuera una terapia exprés. El ser humano no es una opción del menú ni un rol intercambiable según el estado de ánimo: es una tarea diaria, incómoda e imperfecta. Pensar, responder y hacerse cargo no es glamuroso, no es viral ni suma seguidores, pero sigue siendo —le pese a quien le pese— una responsabilidad estrictamente humana.

ISSN: 3028-385X

Copyright© 2026 VÍA PÚBLICA

  • Instagram
  • Facebook
  • X
bottom of page