La Paloma sale junto al arcoíris

Nicolás Roberto Zarama
Universidad Icesi
“12 Y dijo Dios: Esta es la señal del pacto que yo establezco entre mí y vosotros y todo ser viviente que está con vosotros, por siglos perpetuos: 13 Mi arco he puesto en las nubes, el cual será por señal del pacto entre mí y la tierra.” -Génesis 9: 12 -13
Cuando se da a conocer la aceptación de Juan Daniel Oviedo a la propuesta de Paloma Valencia, se me hizo imposible no hacer la asociación bíblica con la cual empiezo esta columna.
Como crónica de una muerte anunciada, Juan Daniel aceptó la propuesta de Paloma, y con su discurso de “centro” que lo llevó a obtener en la consulta 1.255.510 votos, comentó al público: “Yo no vengo a adherirme al Centro Democrático, sino que vengo a conciliar entre la derecha y el centro. Es una oportunidad para que el país sepa que sumar es el camino”.
En algo le doy la razón: sumar es el camino, pero es difícil sumar cuando el partido con el que haces coalición ha intentado, desde sus inicios, cambiar la historia en favor de una ideología, presentando seguridad en bajas, cuando a quienes asesinaban en su mayoría eran jóvenes a quienes les ofrecieron una oportunidad de trabajo. No se puede hacer coalición con un partido que niega atrocidades como el genocidio en Gaza, que se retuerce cuando le hablan de reformas laborales dignas para los trabajadores, o que, al momento de escuchar una idea en pro del ciudadano, se rasgue las vestiduras y lo tachen de comunista.
Por eso es de extrañar tal decisión por parte de Oviedo. Sus votantes fueron lo más cercano al centro político, que lo vieron como una representación real y no populista como lo es Sergio Fajardo. Esa promesa de conciliación se vuelve difícil cuando en la mesa sientan los proyectos de país que han generado unas heridas profundas y, en ocasiones, contrarias a las convicciones del pueblo colombiano.
En Paloma se ve reflejada la cepa conservadora de su abuelo “El pacificador”, Guillermo León Valencia. Su propuesta de “seguridad total” me hace dar un escalofrío. Y, cómo no, si su abuelo colaboró en la creación de las FARC y demás grupos guerrilleros. Cuando el movimiento agrario de Marquetalia, dirigido por Pedro Antonio Marín “Manuel Marulanda Vélez”, envió al presidente Guillermo León Valencia una carta pidiendo un puesto de salud, escuelas y la apertura de carreteras a cambio de dejar las armas, le respondieron con una ofensiva de 120 explosivos y la acción militar de 16.000 uniformados del ejército. Lo que deja claro que el problema de Colombia no es ideológico: es de abandono.
Pero más allá de la incoherencia que supone la adhesión de Juan Daniel a Paloma para la primera vuelta presidencial, esto me llena de una leve esperanza. Tal y como en la promesa bíblica, aparece una paloma con una hoja de olivo, y detrás de ella un arcoíris como un pacto en el cual Dios hace la promesa “No habrá más diluvios de aguas para destruir toda la carne”.
Quizás la política colombiana también necesite algo parecido: un nuevo pacto. No uno entre dirigentes que negocian alianzas de campaña, sino entre los ciudadanos que durante décadas han visto cómo el poder se decide entre los mismos nombres, las mismas disputas y promesas incumplidas. En la que el pueblo, que lleva años escogiendo a sus verdugos, entienda que somos superiores a nuestros dirigentes, y que, tal como se estipula en el artículo 3 de nuestra Constitución, la soberanía reside exclusivamente en nosotros, de la cual emana el poder público.
Ojalá llegue el día en que no tengamos que elegir entre el menos malo, el más carismático o el más visible mediáticamente. Ojalá podamos escoger entre líderes verdaderamente capaces de gobernar pensando en el país y no en la próxima elección.
Quizá entonces, por fin, la paloma y el arcoíris no sean solo una metáfora, sino el anuncio de que Colombia ha aprendido algo de su propia historia.
