Los tibios

Laura Olaya Ramírez
Universidad de los Andes
¿Y… por quién vas a votar? Es una pregunta que, durante estos días, se escucha en cada casa, universidad, oficina, pasillo y rincón de nuestro país. La respuesta puede ser el desencadenante de diversos tipos de conversaciones: existe la posibilidad de ser alabado por tener una posición política similar a la del emisor del cuestionamiento; también es probable ser duramente recriminado por tener una postura contraria.
Sin embargo, existe otro escenario: contestar con el nombre de una figura que no está ni enteramente de acuerdo ni completamente en contra de la posición de la figura que tu amigo, compañero o familiar tenía en la cabeza al momento de plantear el famoso interrogante. De esta situación no es de extrañar que surja esa tradicional afirmación para continuar con la (ahora un poco incómoda) conversación: “usted es un tibio.”
Referirse a alguien como un “tibio” va mucho más allá de señalar a una persona que no se ubica en ninguno de los dos extremos tradicionales del espectro político. La palabra ha adquirido una connotación profundamente negativa, y tal vez no haya sido no por una razón clara o bien justificada, sino por una construcción cultural que hemos normalizado sin cuestionarla.
Para empezar, no es un secreto que omitir la “s” cuando hablamos de izquierda(s) y derecha(s) no es un detalle menor. Quitar esa letra implica ignorar la enorme diversidad de posturas, matices y debates internos que existen dentro de cada orilla. Al reducir todo a una sola izquierda y derecha, el panorama político se empobrece, y las únicas figuras que logran visibilidad (y, peor aún, legitimidad) son aquellas que se ubican en los extremos más ruidosos y radicales.
¿Y qué pasa con quienes encuentran razones válidas tanto para criticar como para rescatar aspectos de distintos sectores? ¿Con quienes creen que se puede disentir sin destruir y coincidir sin idolatrar? Fácil: “tibios”.
Detrás de ese uso despectivo hay concepciones tan naturalizadas que se han vuelto parte de nuestro sentido común político. Como la ahora muy popular figura del mesías. A los políticos, más que verlos como lo que son —funcionarios públicos y seres humanos falibles— solemos percibirlos como líderes casi sagrados, incapaces de equivocarse y merecedores de una admiración absoluta. Tanto así que, para referirnos a corrientes ideológicas enteras, terminamos usando los nombres de sus figuras más visibles, como si la política se redujera a personas y no a ideas, instituciones y procesos.
Esa personalización extrema impide, muchas veces, que la gente critique acciones concretas, porque ya no se trata de cuestionar una política pública, sino de “traicionar” a alguien a quien se admira profundamente. Y quienes se atreven a señalar errores, incluso cuando también reconocen aciertos, reciben el mismo descalificador ya mencionado.
Es clave resaltar que no solo hemos romantizado a los líderes; también hemos santificado la dureza. Nos han enseñado que sin mano dura nada funciona: que gobernar es imponer, que dialogar es ceder, que ceder está mal, que negociar es perder, y que dudar es sinónimo de debilidad. Bajo esa lógica, cualquier postura que busque puntos medios, acuerdos parciales o soluciones graduales es vista como una con falta de carácter.
Así, el “tibio” no es simplemente alguien moderado; es alguien sospechoso. Sospechoso de no tener convicciones, de no estar lo suficientemente indignado, de no odiar lo suficiente al bando contrario. En un clima político donde la rabia se confunde con compromiso y el volumen con la razón, la mesura y crítica se vuelve un defecto.
El problema es que esta cultura del desprecio hacia la moderación tiene consecuencias reales. Si solo se consideran válidas las posturas inflexibles, el espacio para el debate democrático se reduce drásticamente. La política deja de ser un lugar de deliberación para convertirse en un campo de lealtades ciegas. Ya no importa qué tan sólida sea una propuesta, sino desde qué trinchera se grita.
Llamar de esa forma a alguien que intenta matizar, escuchar o cambiar de opinión frente a nuevos argumentos no solo es un insulto: es un castigo social a la complejidad. Es decirle a las personas que pensar demasiado es peligroso, que reconocer errores propios es traición y que entender al otro es rendirse.
Tal vez el verdadero problema no es la tibieza, sino nuestra obsesión con los extremos. En una sociedad tan desigual, diversa y herida como la nuestra, pretender que todas las respuestas deben ser radicales y definitivas no es una muestra de firmeza, sino de pereza intelectual. A veces, la postura más valiente no es la más dura, sino la que se toma el trabajo de dudar, de escuchar y de construir algo que no cabe en un eslogan.
Y si eso es ser tibio, quizá necesitamos más tibios y menos fanáticos.
