Más ciudadanos, menos hinchas

Danna Sofía Argote
Universidad del Cauca
En un país tan diverso como Colombia, donde las diferentes ideas políticas deberían enriquecer el debate político, parece haberse instalado un fenómeno particular. Un fenómeno que, personalmente, me atrevo a llamar “el síndrome del hincha político”.
Con ello hago referencia a los tumultos de personas que viven la política como si fuera un partido de fútbol, defienden ciegamente lo que hace “su lado” o su equipo propiamente dicho en este contexto, atacan automáticamente al lado contrario sin una gota de coherencia. Sin embargo, a diferencia del fútbol, en las decisiones políticas hay consecuencias reales y estas no terminan cuando suena un silbato final. Sus decisiones se quedan en la vida de las personas, en las calles, las instituciones y en el futuro del país.
El fanatismo político trae problemas serios, como impedir el pensamiento crítico que es sumamente necesario para la toma de decisiones que afectan al país, afectaciones que se reflejan en la economía, en los derechos y en la vida cotidiana de millones de personas. Por eso, convertir la política en un ejercicio de fanatismo puede resultar profundamente peligroso.
De manera frenética muchas personas justifican los errores de sus líderes solo por una afinidad política, sin por lo menos cuestionar la veracidad o la benevolencia de dichos actos. Este fenómeno ocurre de forma indiscriminada tanto en extremos de izquierda como de derecha. Se observa constante y permanentemente que se pierde la capacidad de cuestionar y exigir responsabilidad.
Cuando la política se convierte en un juego de fútbol, el pensamiento crítico se queda en la banca. Entonces aparecen los aplausos automáticos y las críticas ciegas para quienes están al otro lado. En ese escenario, los ciudadanos dejan de comportarse como tales y comienzan a actuar como hinchas. Pero la democracia no se construye con camisetas políticas, sino con conciencia crítica; el país no necesita seguidores incondicionales de políticos, necesita ciudadanos capaces de cuestionarlos.
Tener una posición política no es el problema. El problema empieza cuando esa posición se convierte en un lugar donde dejamos de pensar. Porque cuando el fanatismo entra en la política, la reflexión sale por la puerta. No se trata de elegir un bando y defenderlo a toda costa sin importar las consecuencias, sino de elegir pensar, de pensar antes de aplaudir.
Pensar no debería ser un acto de rebeldía como se ha convertido actualmente. La crítica no traiciona la democracia; la fortalece.

