Menú del día: el banquete de las sombras

David Leonardo Martínez
Universidad Externado
Nos hemos acostumbrado a saciar el hambre con el eco de las palabras. Almorzamos titulares que vibran un instante y se apagan, como una chispa en el vacío. Mucho picante en el discurso, pero nada de sustento en el plato; y al final del día, cuando el ruido cesa, queda el mismo vacío de siempre: un hambre amarga de resultados que no llegan.
En Bogotá, para descorrer el velo de la fantasía, la realidad golpea con la frialdad del hierro. Más de 130.000 denuncias por hurto cerraron el lapso entre enero y octubre; no son números, son jirones de tranquilidad que se pierden en cada esquina, relatos de miedo que nadie se atreve a escribir.
Porque el delito no es un hecho aislado, es una cadena invisible que todo lo asfixia. Cuando la confianza se quiebra, se apaga el entusiasmo del que invierte y se marchita la flor del empleo. El Estado, entonces, se vuelve un bardo que canta sus glorias mientras las manos de la ciudad siguen vacías. Las cifras del mundo lo dicen en voz baja: donde el crimen camina, el progreso se detiene a llorar. Vacía es por precepto la política pública que en su ejercicio no orbita la realidad medible. Y blanda es la moral constructiva que en su ejercicio no gravita a la realidad tangible, esquiva frente a las mediciones, pero audible ante el clamor de una redención social.
He aquí mi alba, una medida sin nieblas ni espejismos, para distinguir a quien viene a labrar excusas de quien viene a recoger frutos. No habrá promesa que no lleve el peso de su costo, el límite de su tiempo y la claridad de su huella. Que todo indicador sea un cristal transparente y toda meta, un compromiso ineludible.
Seguridad: Que el mapa de la ciudad hable cada mes. Queremos ver, calle a calle, dónde se rompe el orden y cuánto tarda en llegar el auxilio. Si en seis meses la sombra no retrocede, que el mando se retire para dar paso a brazos más firmes. La burocracia que solo engendra papeles debe morir, para que renazca la fuerza en la calle, allí donde la vida sucede.
Transporte: Medimos nuestros regresos a casa con el tictac del reloj, no con las risas que se ahogaron en el asfalto. Los trancones son mares inmensos donde naufraga nuestro tiempo, ese único tesoro que no vuelve. Si el trayecto no se acorta, la obra es un fracaso que debe ser juzgado. La movilidad no es un poema, es la libertad de recuperar las horas perdidas.
Empleo: ¿Qué vale un contrato si el costo de existir lo devora? Si el subsidio solo sirve para prolongar la agonía de la informalidad, entonces no es ayuda, es un consuelo amargo. Si la formalidad no florece, la política social es solo un nombre vacío en un libro olvidado.
Dicen que la mentira y el rumor son como el humo que ciega al caminante. Si el debate se convierte en una danza de espejos y videos fugaces, el país perderá el norte y la capacidad de elegir su propio destino.
Cierro con una verdad que debería estar grabada en todos los tarjetones de elección: el gobernante que no mide, no gobierna; solo contempla cómo se deshace entre sus manos el hilo de la historia. Quien no tiene datos, solo administra el eco de sus propias excusas.
