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Periodicazo a Oviedo

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David Novoa Orjuela

Universidad Nacional

Hay decisiones políticas que revelan con claridad quién es cada quien. La reciente decisión de Juan Daniel Oviedo de convertirse en fórmula vicepresidencial de Paloma Valencia, candidata del Centro Democrático, es una de ellas.


En mi opinión, ese momento marcó un quiebre claro en la imagen política que muchos creyeron ver en él. No fue solo una alianza electoral; fue una decisión que revela hasta dónde puede llegar la ambición política cuando la coherencia queda en segundo plano.


La fórmula Valencia–Oviedo apareció en medio de la campaña presidencial de 2026 como una jugada estratégica del uribismo para ampliar su base electoral y atraer votantes de centro. Sin embargo, detrás de esa estrategia hay una contradicción política evidente. Oviedo ha defendido públicamente el Acuerdo de Paz de 2016 y el papel de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) una postura que comparto—, pero el partido con el que ahora decidió aliarse ha pasado años intentando desmontar ese mismo acuerdo y debilitando la JEP desde el Congreso.


No se trata de una discusión menor. El Centro Democrático ha sido uno de los principales opositores al acuerdo y ha intentado modificarlo o limitarlo en repetidas ocasiones. La tensión dentro de ese mismo sector quedó expuesta cuando la senadora María Fernanda Cabal criticó abiertamente la posibilidad de que Oviedo fuera fórmula vicepresidencial: “Una alianza con quien cree que es prioridad prolongar un acuerdo que nos ha costado más de 100 billones de pesos y tenemos como consecuencia 800 grupos criminales”.


Pero más allá de ese choque ideológico hay otro punto que resulta imposible ignorar. En mi opinión, Oviedo terminó vendiéndole el alma al diablo al aceptar ser fórmula vicepresidencial de un partido que carga con una agenda antiderechos que difícilmente va a cambiar. Durante años, sectores de esa colectividad se opusieron al matrimonio igualitario, rechazaron la adopción por parejas del mismo sexo y promovieron discursos profundamente discriminatorios contra personas con orientaciones sexuales diversas. Incluso, en pleno 2026, todavía hay voces dentro de ese espacio político que han llegado a plantear las llamadas “terapias de reconversión”, como si la diversidad sexual fuera una enfermedad que debe corregirse. Ese es el proyecto político al que ahora decidió sumarse Oviedo.


Y aunque algunos intenten presentar esta alianza como un gesto de apertura dentro del uribismo, lo cierto es que el Centro Democrático no ha dado señales reales de cambiar su agenda ideológica. Su posición frente a los derechos civiles, la diversidad y el acuerdo de paz ha sido consistente durante años. El partido no cambió; quien cambió fue Oviedo.


Tampoco deberíamos ser ingenuos. Durante mucho tiempo se presentó a Oviedo como una figura independiente o como un outsider de la política tradicional. Sin embargo, cuando se revisa su trayectoria con más cuidado, aparece una cercanía política con el uribismo que no es nueva.


Oviedo es ahijado político de María del Rosario Guerra, exsenadora del Centro Democrático. Trabajó en su Unidad de Trabajo Legislativo —UTL— y, según él mismo ha reconocido, gracias a su recomendación llegó a la dirección del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE). Es decir, su relación con ese sector político viene de tiempo atrás.


En realidad, su trayectoria política ha estado mucho más cerca de ese espacio de lo que muchos pensaban. El propio Oviedo ha reconocido cómo han sido sus decisiones electorales a lo largo del tiempo: en 1998 votó por Andrés Pastrana; en 2002 votó por Álvaro Uribe e incluso hizo parte de su equipo de campaña; en 2006 respaldó la reelección de Uribe; en 2010 votó por Juan Manuel Santos, cuando todavía era el candidato del uribismo; en 2014 apoyó a Iván Zuluaga, el candidato de Uribe tras su ruptura con Santos; y en 2018 votó por Iván Duque, candidato del Centro Democrático. Ese recorrido político dice mucho.


Más que una sorpresa ideológica, lo que vemos ahora es la confirmación de una cercanía política que siempre estuvo ahí —aunque muchos prefirieron no verla—.


Durante su paso por la política local y su campaña a la alcaldía de Bogotá, Oviedo logró proyectar una imagen distinta: un economista técnico, moderado y aparentemente independiente de las grandes maquinarias partidistas. Esa narrativa lo convirtió para muchos en una figura de renovación dentro del panorama político.


Pero las narrativas políticas se sostienen en las decisiones. Y cuando alguien que se presentó como una alternativa termina siendo fórmula vicepresidencial del uribismo —un proyecto político con posiciones claras y una agenda definida— esa idea de independencia se desmorona.


En definitiva, Oviedo termina defraudando a muchos de sus votantes. Pero, sobre todo, se defrauda a sí mismo. Al aceptar esta alianza, decidió sumarse a un proyecto político cuya agenda ha defendido durante años posiciones contrarias a los valores de pluralismo y diversidad que él mismo representa. El Centro Democrático no cambió su rumbo ni su discurso. Quien decidió cambiar de lugar fue Oviedo.

ISSN: 3028-385X

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