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¿Qué significa ser hombre?

Foto: EL PAÍS
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Cristian Andrés Ordóñez

Unicomfacauca

¿Qué significa ser hombre en un mundo tan hipócrita? ¿En un mundo donde todavía se espera que mantengamos una posición de fuerza, incluso cuando esa fuerza se sostiene sobre dolores e injusticias que decidimos no mirar? ¿Qué significa realmente ser hombre cuando gran parte de lo que se espera de nosotros consiste en sostener una idea de masculinidad que pocas veces se atreve a examinarse a sí misma?


Desde pequeños aprendemos una larga lista de cosas que debemos evitar: no llorar, no ser demasiado sensibles, no mostrar fragilidad, no hablar demasiado de lo que sentimos. Como si la identidad masculina se instaurara a partir de la distancia de todo aquello que se asocia con lo femenino. Así, gran parte de nuestra identidad se crea en base a la siguiente lógica: al hombre no se le enseña a ser hombre; se le enseña a no ser mujer. Es una identidad construida más por prohibiciones que por comprensión de lo que significa ser.


Al mismo tiempo, se nos imponen expectativas gigantescas. A los hombres se nos exige ser fuertes, pero rara vez se nos permite reconocer la tristeza. Se espera que seamos proveedores, responsables de sostener hogares y familias, pero en muchos casos ni siquiera somos capaces de asumir las tareas más básicas que también sostienen la vida cotidiana.


No es que cuidar, cocinar o participar en casa sea un conocimiento inaccesible. Es simplemente que durante años muchos hombres han preferido mantenerse al margen, amparados en una idea de masculinidad que considera esas labores como algo ajeno. También se nos exige proteger, asumir el papel de guardianes frente al peligro, pero casi nunca se nos invita, ni nos atrevemos a cuestionar las estructuras de poder que producen la violencia que supuestamente debemos combatir.


Lo peor es que este modelo no solo se sostiene por tradición sino por comodidad. Muchos hombres prefieren mantenerse en la tranquilidad del silencio antes que cuestionar los privilegios que heredaron o las desigualdades que siguen reproduciéndose. Resulta más fácil repetir discursos sobre “valores tradicionales” que detenerse a pensar qué implican realmente esos valores y a quién dejan por fuera. Se ignora así que la misma estructura que otorga privilegios también impone límites. Porque el mismo sistema que coloca al hombre en una posición de poder también le exige pagar un precio.


Por eso la pregunta sobre qué significa ser hombre es especialmente importante en este momento de la historia. Porque durante mucho tiempo la masculinidad se sostuvo sobre una idea de certeza en la que siempre debíamos tener razón, mostrarnos firmes, proyectando una seguridad que no podía quebrarse frente a nadie ni nada. Y bajo este contexto, el reconocer un error deja de ser un acto honesto y pasa a convertirse en una amenaza de la identidad misma. Poco a poco muchos aprendimos a defender el orgullo incluso cuando sabíamos que estábamos equivocados, porque admitirlo parecía poner en riesgo esa posición de autoridad y seguridad que durante años se nos dijo que debíamos sostener.


Si ser hombre significa todo eso, entonces todavía no entiendo lo que soy. Crecimos repitiendo una idea de masculinidad que prometía “seguridad”, pero que en la práctica solo dejó incomodidad y contradicciones. Pero no es solo no saber qué significa ser hombre, sino que sobrepusimos los “roles de género”; “si esto es de hombre o de mujer”, “esto no lo puede hacer un niño o niña”. Desde el principio nos dividimos en bandos, creando el mundo en base a fronteras como si antes de cualquier cosa no compartiéramos algo mucho más básico: antes de ser hombres o mujeres, nosotros somos primero seres humanos.


Una de las frases más geniales sobre esto no proviene de texto académico o de un libro, viene de un personaje de ficción. Bon-Clay, un personaje travesti de One Piece, destruye esos roles en un solo diálogo:: “Puedo desviarme del camino de un hombre, puedo desviarme del camino de una mujer… Pero nunca del camino de un ser humano”. Porque quizá el problema no es preguntarse y dudar sobre aquellos roles que nos fueron impuestos. El problema es cuando, en nombre de esos caminos que nos impusieron, nos alejamos de nuestra humanidad. Cuando el orgullo de “ser hombre” es más que la empatía; cuando los silencios valen más que las injusticias; cuando defender un rol importa más que reconocer al otro como igual.


Así que, antes de seguir enseñando el mundo de manera tan polarizada, tal vez deberíamos hacernos una pregunta más honesta: ¿qué clase de seres humanos queremos ser y qué mundo queremos construir? Porque el futuro no dependerá de quién encaje mejor en los roles que heredamos, sino de quién tenga la valentía de cuestionarlos cuando dejan de servirnos como sociedad.

ISSN: 3028-385X

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