¿Tendencia espontánea o distracción conveniente? Entre la viralidad y el poder

Foto: Evangélico Digital

Valeria Sierra Cardona
Universidad Javeriana de Cali
En los últimos meses, el fenómeno de los therians pasó de ser una subcultura digital relativamente desconocida a ocupar un espacio altamente llamativo en redes sociales, noticieros y debates públicos. Para quienes no están familiarizados con el término, los therians son personas que afirman experimentar una conexión profunda o identificación espiritual, psicológica o simbólica con un animal. No se trata simplemente de un gusto estético o de disfrazarse, sino de una vivencia subjetiva que quienes la experimentan consideran parte de su identidad.
A lo largo de las siguientes líneas no busco ridiculizar ni minimizar esa experiencia, pues tengo claro que, en una sociedad plural, el respeto por las identidades es un principio básico de convivencia. El fenómeno existe y merece ser abordado con seriedad, sin caricaturas ni estigmatización. Sin embargo, el respeto por la diversidad no debería impedirnos analizar críticamente el modo en que ciertos temas adquieren una visibilidad desproporcionada en determinados momentos históricos.
Resulta llamativo que, en un contexto global marcado por los conflictos bélicos, las crisis económicas, tensiones geopolíticas y transformaciones sociales profundas, la conversación pública haya girado con tanta intensidad hacia un fenómeno cuya incidencia social es marginal. Más que una simple coincidencia, este desplazamiento puede leerse como un síntoma de cómo se gestiona la atención en la era digital.
Para comprender este fenómeno, resulta pertinente acudir a la Teoría del Agenda-Setting, formulada por Maxwell McCombs y Donald Shaw. Los medios y hoy también los algoritmos no nos dicen exactamente qué pensar, pero sí logran algo más poderoso: decidir sobre qué temas debemos estar pensando. En un ecosistema mediático gobernado por la economía de la atención, lo que genera reacción emocional, polémica o burla suele posicionarse por encima de debates estructurales más complejos. La atención es un recurso limitado; si el foco se concentra en la excentricidad del momento, otros asuntos quedan inevitablemente relegados.
Llama aún más la atención que esta ola de viralización ocurriera justo antes de que se intensificaran tensiones geopolíticas de alto riesgo… el punto más crítico en la relación entre Estados Unidos e Israel frente a Irán en Medio Oriente, el aumento de presión entre China y Taiwán, los roces históricos entre India y Pakistán, y la guerra entre Rusia y Ucrania, un conflicto latente desde hace años que sigue teniendo repercusiones económicas y humanitarias globales. Según ha señalado Carlos Peralta, vocero de la Organización Mundial por la Paz (OMPP), el observatorio de esa entidad ha documentado más de 52 conflictos activos alrededor del mundo. En un escenario internacional tan sacudido, resulta inevitable preguntarse cómo se distribuye nuestra atención colectiva. ¿Es casual que debates altamente polarizantes y de rápida viralización ocupen el centro de la conversación digital mientras el mapa global atraviesa uno de sus momentos más tensos?
La historia demuestra que el entretenimiento y la coyuntura deportiva han funcionado en múltiples ocasiones como telón de fondo de decisiones políticas trascendentales. En Colombia, no son pocas las veces en que partidos de la selección han coincidido con anuncios gubernamentales polémicos o con hechos de violencia que, en el corto plazo, recibieron menor atención mediática. No se trata de afirmar que el fútbol sea una estrategia deliberada de distracción, sino de reconocer que la emoción colectiva puede desplazar temporalmente la mirada sobre asuntos estructurales.
El problema no radica en la existencia del fenómeno therian, ni en la legitimidad de las experiencias individuales. El punto crítico emerge cuando observamos cómo ciertos temas, por su potencial polémico o llamativo, adquieren una visibilidad desproporcionada frente a asuntos que afectan materialmente a millones de personas. Cuando el debate se fragmenta en temas muy específicos, dejamos de construir causas comunes y perdemos fuerza para exigir cambios en los problemas que impactan a la mayoría.
No se trata de afirmar la existencia de una conspiración perfectamente coordinada detrás del auge del tema, pues sería simplista reducirlo todo a una estrategia calculada. Pero tampoco sería ingenuo ignorar que existen intereses políticos, económicos y corporativos que se benefician de una ciudadanía distraída y dividida. La gestión de la atención se ha convertido en una forma sofisticada de poder; lo que ocupa el centro del debate condiciona las prioridades colectivas.
La pregunta central, entonces, no es si los therians deben existir o no, ni tampoco qué tanto respeto debemos otorgarles, mucho menos si es un tema importante de dialogar, esa no es la discusión, sino por qué ciertos fenómenos emergen con una fuerza viral tan repentina y ocupan un espacio desproporcionado en la agenda pública justo cuando el contexto global exige atención crítica y deliberación informada. ¿Qué estamos dejando de mirar mientras discutimos lo anecdótico? ¿Qué decisiones se toman lejos del foco mientras la conversación se concentra en la polémica del día?
En una época atravesada por crisis económicas, conflictos armados y transformaciones políticas profundas, permitir que la agenda colectiva sea absorbida casi exclusivamente por controversias de segmentos específicos puede convertirse voluntaria o involuntariamente en la cortina de humo perfecta.
