Animal mitológico

Foto: Jesús Abad Colorado

Sashalanz García Aguilar
Corporación Universitaria Americana
Dicen que la democracia existe.
Que llegó a Colombia como una diva extranjera vestida de leyes, perfumada con libertad y con un guardarropa de símbolos nacionales listos para el desfile.
Dicen que la parió Bolívar, la amamantó Santander y la criaron próceres de bronce.
Que la defendieron héroes, que la abrazó el pueblo y que fue bautizada en papel sellado con letra fina y firma importante.
Pero no.
La democracia colombiana es ese actor viejo que jura seguir joven porque se pinta el pelo y se estira la cara, aunque todos le vemos las arrugas.
No me seduce un voto si detrás hay hambre, ni me impresiona una Constitución si debajo hay cadáveres guardados en el cajón de “pendientes por investigar”.
Porque la historia de Colombia está escrita con sangre invisible.
Con tinta que se diluye cada vez que llueve memoria.
Con páginas arrancadas, líneas borradas y márgenes llenos de nombres que no entraron en la foto oficial.
¿Dónde estaba la democracia cuando Jorge Eliécer Gaitán fue asesinado en pleno día, mientras Bogotá ardía y se servía un banquete de rabia?
¿Dónde estaba cuando nos vendieron que el odio entre liberales y conservadores era “tradición nacional”, mientras se apilaban muertos en pueblos que ni en los mapas aparecían?
¿Dónde estaba cuando en El Salado los paramilitares convirtieron la masacre en carnaval de tambores?
¿O cuando en Mapiripán el Ejército abrió la puerta para que los hombres de Carlos Castaño pasaran a “hacer limpieza” y dejaran el río como cementerio flotante?
¿O en Bojayá, cuando una bomba de las FARC convirtió una iglesia llena de familias en polvo y humo?
¿Dónde estaba cuando más de 6.402 jóvenes inocentes fueron disfrazados de guerrilleros para decorar las estadísticas militares?
¿O cuando Dilan Cruz cayó por una bala oficial, en una protesta donde el crimen más grave que cometió fue pedir educación?
¿Dónde estaba cuando Juliana Giraldo fue asesinada en un retén militar?
¿O cuando María Paula Muñoz desapareció y el Estado apenas bostezó?
¿O cuando Ilse Amory Ojeda fue brutalmente asesinada por su pareja, un ex policía, y las instituciones se lavaron las manos como si fueran chefs en plena inspección sanitaria?
¿Dónde está hoy?
Cuando la Silla Vacía representa más a los muertos que a los vivos.
Cuando la verdad cotiza en bolsa y la justicia se alquila por horas.
Cuando María del Pilar Hurtado fue asesinada frente a su hijo y nadie se molestó en fingir justicia.
Cuando Temístocles Machado cayó por exigir tierra, porque en Colombia reclamar lo tuyo es deporte extremo.
Cuando Yolanda Cerón fue acribillada por los mismos que posaban como protectores del pueblo.
Cuando Harold David Rodríguez murió en una manifestación y su cuerpo quedó tendido como decoración de protesta.
Pero seguimos escuchando que la democracia está viva. Que votamos. Que elegimos. Que avanzamos.
Claro, avanzamos… en círculos, pero avanzamos.
¿Quién elige en La Guajira, donde los niños wayuu mueren de hambre?
¿O en Putumayo, donde las urnas las custodian hombres armados “por seguridad”?
¿O en Quibdó, donde el agua llega una vez por semana y la educación nunca llega?
¿Es democracia cuando el de arriba legisla para sí mismo y el de abajo entierra a su hijo con una bandera que no lo protegió?
¿Cuando un congresista gana cuarenta millones y un maestro sobrevive a punta de préstamos y milagros?
¿Cuando el voto se compra con una hayaca fría y un billete arrugado?
¿Cuando en todo un municipio la gente vota con miedo y no con esperanza?
Tal vez la democracia sí existió. Tal vez.
En esa marcha donde Lucas Villa bailaba mientras las balas buscaban su cuerpo.
En la voz de Francia Márquez que resiste desde la tierra y el río.
En cada madre que grita “¿Dónde está mi hijo?” sin micrófono ni justicia.
Pero si existió, no murió…
Solo se volvió influencer.
Ahora posa para la foto cada cuatro años, con sonrisa Colgate y manos limpias de Photoshop.
Come de la mano del cacique político y bebe champaña con los mismos apellidos que llevan doscientos años de moda.
Va a las urnas vestida de gala, pero con los bolsillos llenos de billetes calientes.
Promete igualdad, pero su lista de invitados siempre es VIP.
Dicen que puedes acariciarla con tu voto, pero tu voto ya lo entregaron en una bolsa de mercado.
Dicen que en las urnas gana la voluntad del pueblo, pero el pueblo está ocupado sobreviviendo.
Y ahora otra vez estamos en temporada electoral.
Otra vez las caravanas, los abrazos de campaña, las promesas recicladas.
Los mismos apellidos que hace décadas dicen venir a salvar el país… como si no hubieran estado antes en el incendio.
Sí, la democracia existe.
Respira, sonríe y hasta tiene cédula.
Nos deja votar, pero siempre reparte las mismas cartas marcadas.
Cambia las caras, recicla los apellidos.
Es un espectáculo llamado elecciones, el mismo circo donde el mago hace su truco favorito, fingir que el conejo es nuevo.
La democracia sigue viva, dicen.
Y sí, vive…
alimentada por el hambre, maquillada con corrupción y perfumada con la indiferencia colectiva.
Vive tanto, que hasta se da el lujo de dejarnos votar…
mientras compra los votos en las mismas urnas.
Y así, señoras y señores, la democracia sigue viva…
pero solo porque la mantienen en coma inducido, conectada a una máquina que imprime tarjetones.
Apláudanla.
Porque el país vuelve a entrar en campaña.
Y la democracia, como siempre, ya tiene palco reservado en el circo.
