top of page

Disparo

Samuel Sanabria.jpg

Nikolai Pita Cruz

Universidad Pedagógica y Tecnológica

Salía a retirar dinero en uno de esos cajeros antiguos y degradados que se hallan en las calles estrechas del aún más antiguo y degradado centro histórico de mi ciudad. Era un día de oficina como cualquier otro, en el que entraba a mi descanso de las nueve y treinta para comprar en alguna tienda de ropa cercana una linda prenda de lencería para mi esposa. Ese día era nuestro aniversario y había tenido en mente una bella pieza de encaje color vino. Pues bien, atravesé la puerta del complejo financiero, bajé por la calle principal, giré a la izquierda en la primera esquina y, tras batallar unos minutos con la mencionada máquina, en el mismo instante en el que introducía los billetes nuevos en mi cartera y me giraba, una mano desconocida se aferraba a mi muñeca y ¡BOOM! mi cabeza estalló.


—¡Hija, no vea! ¡Lo dejó vuelto nada! ¡Irreconocible! ¡Grabe bien! —fueron algunas de las frases que alcancé a escuchar de ese grupo de personas que se amontonaba morbosamente sobre mi cadáver.


Siempre escuché que al morir orinamos, y hasta más, como para hacer más triste el cuadro. Pero, por fortuna, mi pantalón oscuro se empapó rápidamente de la sangre y materia que emanó de mí por montones. Hasta en mi momento más penoso pude mantener un poco de pudor.


La escena que veía, de cierta manera, no era muy ajena a mí, digo, ¿quién no ha estado presente en una situación análoga?, cuando instintivamente, como hormigas, nos amontonamos sobre el pobre trabajador de construcción que debió agarrarse del arnés como le dijeron; o sobre el pobre chico que por maniobrar de las maneras más estúpidas su motocicleta termina limpiando con su piel el pavimento.


Y estaba ahí, a unos pasos de mi propio cuerpo sin cabeza, sumergido en mis divagaciones, cuando pasé a ubicar mi atención en lo más importante: ¡qué estaba aún consciente! Oh, qué alivio que en los últimos años había abrazado el cristianismo, el más puro, el que los sabios dicen que es el verdadero: el catolicismo; al que honraba yendo a misa algún domingo en el que estaba especialmente alegre -una vez cada 5 meses, más o menos-; oh, y alguna vez hasta di algún billete de gran denominación. Pero me volvía a disociar, y debía ocuparme seriamente de la disociación de mi propia alma.


—No debo ni siquiera divagar en mi mente, puedo incluso gritar y nadie me escucha, por lo que veo. Aunque ¿y ahora qué?


—No estás solo, hermano, y tus palabras por supuesto que son escuchadas. Tu vida ahora ha alcanzado otro plano, uno muy ansiado por los siglos de los siglos —le escuché decir a una voz ronca que venía de mis espaldas.


Vaya sorpresa me llevé al girarme. Tenía ahí, ante mí, a un ángel, ¡a un auténtico ángel! Eso sí, he de admitir que era algo decepcionante a la vista. Digo, no esperaba alas y círculos suspendidos, pero sí al menos a un niño blanco de ojos claros y cabellos dorados, o por lo menos castaños. En su lugar, veía a un anciano bajo, enjuto, con unos pocos cabellos brotando a cada lado de su manchada cabeza, y que parecía estar más cerca del cielo con cada palabra que exhalaba con dificultad, porque daba la impresión de que lo hacía expirar más y más. Pero mantuve la compostura en este importante momento.


—Oh, señor ángel, ¿a dónde debo ir ahora? ¿Al paraíso? Sé que es pronto para preguntarlo, pero percibo que vino para llevarme al reino de los cielos.


—Al cielo irás, hermano, pero todo a su tiempo. En verdad, estoy aquí para llevarte a donde quieras ir, aquí, primero. Podrás ver por última vez en este plano a quienes te harán compañía en un futuro.


Y así lo hicimos. Primero, como no podía ser de otra manera, fuimos a mi casa, a visitar a mi señora esposa. No podía darle ya su ropa interior color vino, que tantas ganas tenía de comprarle hace unos momentos, y más ganas aún de verlas en uso, pero al menos podía intentar mover algún objeto, dejar algún mensaje romántico de ultratumba en el vidrio empolvado de la ventana.


Pero ¡ay! mi ángel no me había preparado para tan terrible imagen. Entramos por la puerta, sin abrirla, se entiende, y la veía de espaldas, a ella, mi amada esposa, con sus brazos apoyados sobre la mesa, retorciéndose. Le dieron ya la noticia, pensé. Está devastada, como sería normal, me dije. ¡Pero, en verdad, compartía su pena con otro hombre que, de rodillas, movía convulsamente su boca en mi esposa! No era ni mediodía y ya la ayudaban a superar su dolor.


Oh, desgraciada, malagradecida víbora, ¡te dejaré un mejor regalo de aniversario! Y con los pensamientos más impropios para alguien con un tiquete al cielo, intenté abrir las llaves del gas de la cocina, encender todo tipo de fósforos, inundar el apartamento abriendo todas las llaves del agua al mismo tiempo, ¡pero todo era inútil!


No valía la pena, mi nueva existencia superior no encajaba con rencores amorosos, así que continuamos y me encaminé por los sentimientos que otros sabios que no podría citar señalan como los realmente puros: los de la amistad más entrañable. Así que fui a la casa de mi mejor amigo. No lo encontré allí. Iba yo de estancia en estancia invadido por pensamientos sobre la grandeza de la amistad masculina, pensando en cómo se estaría en esos momentos haciéndose cargo de mi muerte, hasta que…


—¡Es la lencería que le di a mi esposa por nuestro anterior aniversario! —grité mientras veía la prenda de la desvergonzada pasión allí, sin siquiera guardar, expuesta en su sofá.


Miré a mi ángel y, de haber tenido sangre, esta hubiese hervido en mi cuerpo hasta hacer reventar mi cabeza, de nuevo. Estaba ahí, mirando en silencio, de forma lastimera, como perro callejero afligido, ¡vaya compasión! No lo soportaba más, así que le dije, con toda la compostura que me quedaba:


—Si esto es lo que quieres que vea, llévame ya.


—Aún no —dijo así, a secas, el muy desgraciado, con la misma voz que me parecía cada vez más ronca.


Pero no exasperé más, no quise ahondar en mi rencor y preferí actuar, porque siempre fui alguien práctico. Así que descarté hacer más visitas, porque no auguraba mejor resultado con mis compañeros de trabajo, que debían estar en las típicas lamentaciones iniciales, a las que le seguirían todo tipo de chismorreos hipócritas; ni tampoco con mis escasos familiares, con los que apenas y mantenía contacto, y que posiblemente no prestarían la menor atención a lo sucedido, porque mi situación económica no era muy holgada.


Como hombre de acción, pasé las siguientes horas del día intentando acelerar mi paso a la mejor vida, porque este preámbulo no me resultaba nada placentero. Intenté colgarme, aferrando a mi cuello un cinturón que había sobre mi cama, confiando en que algún desenlace paranormal podía al menos provocarle un delirio a mi viuda, pero, por supuesto, no había nada que apretar; luego intenté sumergirme en un río, pero había dejado de respirar desde la mañana; y, por último, intenté enterrarme vivo, pero, pese a que la oscuridad total era agradable, la presión de la tierra no me producía cosa alguna.


Nada funcionó. No sentí absolutamente nada, ni siquiera cuando, momentos después, un pesado camión simplemente pasó a través de mí y no se llevó más que las últimas esperanzas que todavía me quedaban de alcanzar algo de paz. Terminé estallando.


—¡Anciano decrépito mil veces maldito! —le grité a mi acompañante— No estás siendo bondadoso. Estás jugando conmigo y me mantienes preso en el purgatorio.


Pero él seguía ahí, en silencio, mirando hacia abajo. Y no fue hasta que me acerqué más a él que noté… ¡que estaba dormido!

ISSN: 3028-385X

Copyright© 2026 VÍA PÚBLICA

  • Instagram
  • Facebook
  • X
bottom of page