Dosis

Foto: Getty Images

Sara Chemas Salazar
Universidad Javeriana
Tenía 10 años cuando el sujeto de capucha le enterró un cuchillo en la palma derecha. Un movimiento de arriba abajo que le atravesó la piel una y otra vez. La pieza intrusa que intentaba encajar a la fuerza se metió entre las capas del tejido y las desgarró. Cortó sus venas con la facilidad de un papel y se llevó un trozo de su carne anclado al filo metálico. Escarbó en lo que minutos atrás fue una extremidad funcional, convirtiéndola en una mina. Ella, por su lado, continuaba con una mano pegada que ya no le pertenecía.
Ausente
Su cuerpo le había jugado en contra, dejándola abandonada a su suerte con ese hombre. No había reacción alguna. La voz para gritar la dejó, sus extremidades se transformaron en pesados grilletes que no fue capaz de manipular. La mente tampoco le ayudó, recluida en la visión de las puñaladas que iban y venían. La imagen que no se callaba mientras que el mundo a su alrededor permanecía en silencio, con cada una de las personas, incluida su madre, que la acompañó en el bus, desvanecidas.
Buen día
Horas antes, el sol posaba imponente en el cielo gris de la fría Bogotá. Calentaba con sus 17° grados la mañana de una apurada madre con su chaqueta gris y su pequeña hija que portaba una tela similar, pero en azul celeste. Aunque salieron con tiempo, no estaba dentro de los planes de la progenitora llegar tarde a sus vueltas, incluso si la distancia no era tan larga. Esperaron en la parada que estaba a pocas calles de su casa y minutos después tomaron el primer bus. La primera en subir fue la niña, seguida por su madre, que no soltó su mano. Tomaron asiento en las primeras hileras; su mamá al lado del pasillo y ella en la ventana, sonriente por su silla con vista. Tras ellas se subieron otras personas a las que no prestaron atención y el colectivo echó a andar. Tenía pinta de que sería un buen día. Quizá la suerte las llenaría de flores.
Puertas abiertas
Los chirridos metálicos no se hicieron esperar, recordando la antigüedad del bus. Algunas veces eran crujidos en las sillas, ruidos del motor o por esfuerzo a la palanca de cambios. La caja musical de los ruidos sorpresa que no dejaba de sonar. La única forma en que la caja se calmaba era cuando el bus se detenía, cosa que permitía poder distraerse un rato y estar enterado de los paraderos a través de los pequeños silencios y la disminución de velocidad, pues no había grandes pantallas con avisos. Después, el bus retomaría su viaje y la banda sonora volvería. Así fue un par de paradas en las que ambas hablaban, pérdidas en su cuento, todo hasta que el hilo de la rutina fue cortado. Sucedió cuando el bus se detuvo en un paradero que quedaba frente a un CAI, con un silencio prolongado y sin el leve traqueteo del motor. A diferencia de los otros pequeños espacios sin ruido entre paraderos, este parecía helado, inquietante, digno de película de terror, una especie de anuncio de que algo pasaría. El tipo de silencio en el que puedes tirar una moneda y haría eco. Veían a todos lados, pero nadie hacía o decía nada. Intentaron hablar, y la voz no les salía, como si tuvieran una mano apretando la garganta. Quisieron levantarse, y el cinturón se había atascado; se sentía pesado, encerradas en una armadura.
Con cada segundo, la ansiedad se aceleró, un volcán a punto de estallar. Su madre también dejó de luchar; ella era la única en todo el bus que se removía de sus cadenas. El pánico la dominó; intentó hacerle señas con las manos al conductor, quien siquiera giró a su dirección. Tampoco tuvo suerte con los policías del CAI. Parecían absortos, no parpadeaban, tenían la misma mirada que se apoderó de su mamá. Nadie estaba dispuesto a quebrar la burbuja de supuesta calma en la que se encontraban. Y aunque hiciera ruido, la trataban como el silencio más grande de ese lugar. Ella lo supo y resignada permaneció en su asiento.
La calma había reinado el lugar, excepto para ella, que intentó jalar el brazo de su madre, la única persona de la que quería atención y la misma que peor la ignoró. Quería llorar, y no salía. El silencio siguió con ella, ahogándose en la indiferencia de su madre. Lo hizo poco tiempo, hasta que, sin previo aviso, desde su silla, el chofer presionó el botón de apertura para las puertas, dando paso a dos encapuchados de saco negro armados con cuchillos en ambas manos. No les pudo ver la cara, pero supo que la veían.
Intenciones
Estaba rodeada de gente y completamente sola con un par de extraños. Nadie les dijo nada cuando se colaron a todo petaco en el bus y se dividieron con tranquilidad. Uno de ellos se hizo en la zona de las primeras hileras, y el otro caminó todo el pasillo hasta llegar a la parte de atrás. Asiento por asiento comenzaron a robar maletas. No pasaron segundos cuando el primer sujeto estaba de pie frente a su asiento, a lo que también se paralizó como los demás en el bus. Entendió que los ojos de ese hombre hablaban con otras intenciones. No estaba concentrado en qué cosas robar, solo veía a la niña fijamente. Descendió la vista por su cara temblorosa, hasta posarla en un punto particular: su mano derecha, descansando en el apoyabrazos compartido con la madre. La niña también bajó la mirada y lo último que vio fue un cuchillo atravesando su palma.
Conocidos
Se hicieron conocidos. Los encuentros entre el hombre del cuchillo y la niña se volvieron frecuentes. Por varios años, la pequeña tomó ese bus, y la misma cantidad de veces, él estuvo ahí. En todas las ocasiones apuñaló su mano hasta tocar fondo. Siempre con la mirada vacía y la pequeña sonrisa mientras clavaba el cuchillo. Cuánto más escarbo, más encontró: grandes dosis de pánico, horror, lágrimas contenidas, lo que necesitaba para sentirse libre. Pedazos que robó en cada pesadilla que ella tuvo con él. Ya sabía a dónde recurrir, pues cada noche la vería sin falta en el bus del mal sueño. Allí, el lugar para abastecerse nunca cerró, ya que hasta el día de hoy, la niña, que ahora tiene 17 años, sigue soñando con la sombra del sujeto.
Jamás pudo bajarse de aquella buseta.
