El agua que construyó el pueblo

Foto: El Espectador

Natalia Sofía Herreño
Institución U. Bellas Artes y Ciencias
Cuando por fin empezó a salir agua por la pluma, eso fue lo mejor que pudo pasar. Ya descansamos de esa lucha diaria de estar echando agua.
—Lorenzo Llerena Martelo
Durante muchos años, en San Joaquín, Bolívar, el agua no se abría con una llave. Había que salir a buscarla.
Los mayores del corregimiento recuerdan que las jornadas para conseguirla comenzaban antes de que saliera el sol. A las cuatro o cinco de la mañana ya había personas caminando hacia el arroyo o hacia los pozos cercanos, cargando recipientes y barriles. Aquellas madrugadas formaban parte de una rutina que organizaba la vida cotidiana de las familias.
Antes de la construcción del acueducto comunitario, el abastecimiento dependía principalmente de tres fuentes: la lluvia, los arroyos y los pozos artesanales. Cuando llovía, muchas familias recogían el agua en recipientes para utilizarla en las labores domésticas. En los períodos de sequía, en cambio, era necesario acudir al arroyo o buscar otras alternativas.
En ese contexto surgió una práctica tradicional que aún recuerdan los habitantes mayores del corregimiento: la cacimba. Lorenzo Llerena Martelo explica que el agua no se tomaba directamente del arroyo. Primero se cavaba un pequeño hueco en la arena para que el agua se filtrara de manera natural.
“Uno cavaba un huequito en la arena cerca del arroyo y de ahí empezaba a salir el agua. Esa era la cacimba. El agua salía más limpia”.
Este conocimiento formaba parte de la relación cotidiana de la comunidad con el territorio. Se transmitía mediante la práctica y la observación, de generación en generación. Los niños aprendían acompañando a los mayores en las caminatas hacia el arroyo, observando cómo se abría la arena y cómo aparecía el agua filtrada.
Pero la memoria del agua también conduce inevitablemente a la memoria del territorio. Quienes recuerdan aquellas madrugadas buscando agua suelen recordar, al mismo tiempo, las historias sobre los primeros pobladores del lugar y sobre la manera en que estas tierras comenzaron a habitarse.
Joceline Eliana Agámez Rodríguez explica que, de acuerdo con las memorias transmitidas en la comunidad, estas tierras habrían pertenecido inicialmente a un indígena llamado Joaquín, dueño de amplias extensiones que incluían sectores como el cerro Capira y zonas cercanas a Monroy.
“Realmente quien era dueño de esos terrenos era un indígena que se llamaba Joaquín. Él le vende esas extensiones, lo que era el cerro Capira y otras partes, a Ezequiel Martelo Pimienta, que es el que dicen que es el fundador como tal porque él se radica ahí con su familia”.
A partir de ese asentamiento inicial, el territorio comenzó a consolidarse como comunidad. Con el tiempo, el nombre de Joaquín quedó asociado al lugar hasta transformarse en San Joaquín, siguiendo una práctica común en muchos pueblos de la región donde los asentamientos terminaban vinculándose con referencias religiosas.
Las memorias sobre el origen del pueblo también se relacionan con los vestigios que algunos habitantes han encontrado en el territorio. En distintas zonas del cerro Capira y sus alrededores, agricultores han hallado objetos antiguos mientras trabajan la tierra o realizan labores de cultivo.
Según cuenta Joceline:
“Hay lugares donde los agricultores han encontrado cosas hechas por indígenas, piedras que usaban como hachas, vasijas y cosas artesanales”.
Muchos de estos objetos no han sido conservados ni estudiados formalmente. A veces se pierden; en otras ocasiones permanecen guardados en las casas de quienes los encuentran. Aun así, estos hallazgos alimentan la memoria colectiva sobre el pasado del territorio y refuerzan la idea de que la historia de San Joaquín está ligada tanto a antiguas presencias indígenas como a los procesos posteriores de poblamiento campesino.
Mientras esas historias sobre el pasado del territorio circulaban entre los habitantes, la vida cotidiana del pueblo seguía girando alrededor de una preocupación inmediata: conseguir agua para el día. En muchos casos el transporte implicaba largas caminatas o el uso de animales de carga. Amalfi Herazo recuerda esas jornadas como parte de la rutina de la vida rural.
“Si uno salía a las seis de la mañana, buscaba el burrito, lo ensillaba y le poníamos los calambucos. Así nos íbamos a llenar el agua a los pozos o a las cacimbas”.
Los recipientes se transportaban sobre la cabeza o se acomodaban en los burros para facilitar el trayecto de regreso a casa. Dependiendo de la distancia hasta el arroyo o los pozos disponibles, las jornadas podían tomar varias horas.
El agua obtenida de estas fuentes no siempre llegaba completamente clara. En ocasiones salía turbia, por lo que las familias desarrollaron pequeñas prácticas domésticas para mejorar su calidad antes de utilizarla.
“Cuando el agua venía turbia, uno le echaba un pedacito de tuna o un poquito de cloro para que aclarara”, recuerda Amalfi.
Estas prácticas incluían saber dónde encontrar el agua, cómo conservarla y cómo volverla apta para el consumo y las tareas domésticas. Se trataba de conocimientos cotidianos que circulaban entre generaciones.
Con el paso de los años, esas dificultades acumuladas —las caminatas, el peso de los recipientes, la incertidumbre de los veranos secos— fueron sembrando una pregunta en la comunidad: cómo lograr que el agua llegara al pueblo sin tener que ir a buscarla cada madrugada.
Según recuerdan varios habitantes, la iniciativa fue impulsada por miembros de la misma comunidad, entre ellos Pablo Cerlein Martelo y Mario Martelo, quienes comenzaron a gestionar el proyecto junto con otros líderes locales.
La construcción del acueducto fue el resultado de años de reuniones, gestiones y trabajo comunitario. Fabio Marcelino Martelo Castellar, actual tesorero de la asociación del acueducto, lo resume de forma sencilla:
“Esto fue lucha de la comunidad. Nada de esto salió de un día para otro”.
Con el tiempo, ese esfuerzo permitió la creación del acueducto comunitario de San Joaquín, que hoy abastece a muchas de las viviendas del corregimiento y cuenta con una planta de tratamiento que mejora la calidad del agua que llega a las casas.
El funcionamiento del sistema exige también un trabajo permanente de organización y administración. Joceline Eliana Agámez Rodríguez, asistente administrativa del acueducto comunitario, explica que detrás del servicio que hoy reciben las familias existe un proceso constante de gestión comunitaria.
“El acueducto implica mucho más que abrir una llave. Hay administración, mantenimiento, control del agua y compromiso de la comunidad para que el sistema funcione”.
Pero para quienes vivieron esas décadas, la historia del agua no se reduce a la construcción de una obra. Es una historia hecha de recuerdos, de madrugadas y de esfuerzos compartidos.
Recordar cómo se recogía el agua de lluvia, cómo se cavaban las cacimbas en la arena y cómo se transportaban los recipientes desde los pozos permite comprender el esfuerzo que implicaba su acceso para las generaciones anteriores.
Hoy, ese mismo recurso vital sigue presente, pero también permanece en los relatos de quienes recorrían los senderos antes del amanecer, acompañaban a los mayores y compartían saberes que fortalecieron la comunidad.
Cada vez que una llave se abre en San Joaquín, ese gesto cotidiano condensa años de esfuerzo, organización y aprendizaje compartido. Como recuerda Lorenzo, cuando el agua empezó a brotar de las plumas, algo más llegó a los hogares: la prueba tangible de una comunidad que se construyó a sí misma.
