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El béisbol habla español

Foto: Getty Images
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Sebastián Guzmán Muñoz

Universidad del Rosario

Hay deportes que uno ve. Y hay deportes que uno escucha y siente.


El béisbol, para muchos de nosotros en América Latina, primero se escuchó. Antes de entender estadísticas, alineaciones o sistemas de ligas, el béisbol llegaba por la radio o la televisión en esas noches largas de Grandes Ligas. En mi casa, como en muchas otras a lo largo del continente, el juego tenía voz propia: la de Ernesto Jerez gritando su clásico “¡No, no, no, no, no… díganle que no a esa pelota!” cuando la bola se iba del parque.


Con el tiempo uno entiende que ese sonido también es parte del juego. Porque el béisbol no es solo un deporte: es una cultura compartida en todo el Caribe y buena parte de América Latina.


Hoy, mientras escribo estas líneas, el Clásico Mundial de Béisbol vuelve a recordarlo. Venezuela y Estados Unidos se preparan para disputar la final del torneo. Probablemente, cuando esta columna se publique, ya habrá campeón. Pero más allá del resultado, lo que está pasando en este torneo tiene algo especial.


Por unos días, América Latina parece jugar unida.


Dominicanos, venezolanos, mexicanos, puertorriqueños, colombianos, panameños, cubanos… todos con sus camisetas, sus acentos y su manera particular de vivir el béisbol. En los estadios se mezclan banderas, tambores y canciones que no aparecen en ningún reglamento del juego, pero que hacen parte de su esencia.


Porque el béisbol tiene algo que otros deportes no tienen: tiempo. El tiempo suficiente para que el drama crezca lentamente. Una entrada puede parecer tranquila hasta que, de repente, un swing cambia todo. Un jonrón, un doble contra la pared o una jugada imposible en el jardín pueden transformar una noche cualquiera en una historia que se contará durante años.


América Latina ha construido muchas de esas historias.


Es hablar de Roberto Clemente o Pedro Martínez con la misma naturalidad con la que hoy se habla de Shohei Ohtani, Mike Trout o Mookie Betts. Pero en medio de esas generaciones, América Latina nunca dejó de estar presente. Siempre hubo un latino en el plato, en el montículo o en el jardín recordándole al juego de dónde viene buena parte de su historia.


Hoy los nombres cambian, pero la esencia permanece: Ronald Acuña Jr., Juan Soto, Fernando Tatis Jr., José Altuve, Rafael Devers, José Abreu. Peloteros de países distintos, con historias distintas, pero unidos por una misma forma de entender el béisbol: intensidad, talento y una alegría que se nota incluso en la manera de correr las bases.


Desde los tiempos de Clemente hasta esta generación, el béisbol latino ha dejado una huella imposible de ignorar. Algunos llegaron desde barrios donde el primer bate fue un palo cualquiera y la primera pelota una improvisada con cinta. Otros crecieron viendo a los héroes de sus países por televisión, soñando con el mismo camino hacia las Grandes Ligas.


Pero todos comparten algo en común: el idioma invisible del béisbol latino.


Porque, aunque las Grandes Ligas se juegan en Estados Unidos y los estadios más famosos están en ciudades del norte, el juego hace mucho tiempo empezó a hablar español.


Incluso países donde el béisbol no es el deporte dominante, como Colombia, empiezan a sentirse parte de ese universo. Tal vez aquí el fútbol siga siendo el lenguaje común, pero en ciudades como Cartagena, Barranquilla o Montería el béisbol también se respira. Y cada vez que un latino triunfa en las Grandes Ligas, ese triunfo se siente un poco compartido.


Porque el béisbol latino tiene algo profundamente colectivo.


No pertenece solo a un país. Pertenece a una región.


Y eso es lo que hace que una final como la de Venezuela contra Estados Unidos tenga algo de épico. No es solo un partido por un trofeo. Es una especie de duelo simbólico entre el lugar donde nació la liga más poderosa del mundo y la región que, desde hace décadas, la llena de talento.


Porque se podrá jugar la MLB en estadios estadounidenses, con franquicias históricas y contratos multimillonarios. Pero hay una verdad que cualquier fanático del béisbol reconoce sin demasiado esfuerzo: sin los latinos, ese espectáculo no sería el mismo.


Sin los swings caribeños, sin los pitchers dominicanos, sin los infielders venezolanos, sin la alegría que entra al campo cada vez que suena una salsa en el estadio, el béisbol perdería algo esencial.


Perdería su alma.


Tal vez por eso esta final se siente distinta. Porque en el fondo no se trata solo de quién gane el último juego. Se trata de lo que representa. Una pelota cruzando el diamante entre dos mundos que llevan décadas entrelazados.


Y cuando el lanzador haga su primer lanzamiento y el bateador ajuste los guantes en el plato, millones de personas en América Latina estarán mirando ese mismo momento con la misma sensación: que ese juego también les pertenece.


Porque el béisbol puede tener sus grandes estadios en el norte.


Pero su corazón —ese que late con ruido, emoción y acento caribeño— hace mucho tiempo decidió quedarse en Latinoamérica.

ISSN: 3028-385X

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