El noble acto de votar y otras negociaciones

Foto: Santiago Mesa / EL PAÍS

Samuel Sanabria Carmona
Universidad Abierta y a Distancia
La mañana no había terminado de clarear frente a una jornada que parecía haber comenzado hace varias horas. A un par de metros en la fila interminable que llevaba haciendo desde las ocho, una señora vociferó con una determinación admirable:
—Hasta que no me den mi plata, yo no mando la foto del cartón.
Puso entonces un rostro de indignación, frunció el ceño y, bramando como toro bravo, cruzó la calle y ocultó su cuerpo bajo unos toldos a dos cuadras del puesto de votación. No lo sentí como una amenaza. Más bien parecían los términos de una cláusula contractual dichos en voz alta. Transparente, si vemos el asunto con optimismo.
La gran mayoría sabía a lo que iba. El único desubicado —y, si me es posible admitirlo, emocionado— era yo. Pero no podrán culparme. Es mi primera vez ejerciendo un derecho que toda la vida nos han exigido cumplir, sin explicarnos muy bien cómo. Y a muchos de los que salimos por primera vez a las urnas aquel ocho de marzo nos hizo sentir —quizá de manera equivocada— importantes.
Salir a votar en El Corralito resultó un ejercicio de resistencia térmica, pero sobre todo de solidaridad. La fila se extendía por un par de cuadras. Avanzábamos con el afán de una procesión, acompañados de un sol inclemente y necio decidido también a participar activamente en la jornada electoral. Muchos guardaban puestos a personas que conocieron en la fila. Otros, ya más veteranos en el asunto, compartían sus sombrillas con tres o cuatro desconocidos. Los más callados simplemente resistían el calor. Pero todos estábamos allí, desplazándonos en la misma dirección y, aunque con expectativas distintas, íbamos encaminados a lo mismo.
A esa altura de la espera, uno entiende particularmente poco de todo lo que ocurre, pero se hace evidente una suerte de vida social perteneciente a las filas. Aparecen las conversaciones. Muchos preguntan la hora; para unos es temprano y para otros, se hace tarde. Los que estaban más adelante anuncian que “la fila ha avanzado algo” o que “la cosa se está moviendo”. Alguien asegura que uno de los jurados es su primo y se adelanta unos turnos para ver si logra entrar “por un ladito”. Se quejan del calor, del hambre, de la sed y dicen que siempre es así. “Ya casi” y “faltan no sé cuántas casas”, repiten, como animándose en esta pequeña maratón cívica.
Entre esos pequeños cálculos colectivos, las preguntas, los amigos nuevos y viejos, entre el sudor compartido y la resignación, nuestra nobleza democrática tomó una forma hidráulica. A lo lejos, comenzaron a estacionarse buses repletos de gente. Se bajaron en grupos y comienzan a formarse cerca de la entrada donde un hombre que esperaba junto a un agente de policía les indicaba:
—Quédense aquí. Cuando estén adentro, buscan a una mujer de cabello castaño y camisa verde de lino. Ahí votan—.
En Colombia hemos desarrollado la costumbre de reconocer ciertas cosas sin tener que señalarlas con el dedo. Al leer esto, usted entenderá a qué me refiero.
Dentro del colegio donde fue asignado mi puesto de votación, la situación más bien estuvo cerca de ser la que encontraría en una plaza pública. Tuve tiempo para meditar el asunto porque mi mesa fue la única que, durante casi cuarenta minutos, no avanzó ni un solo puesto.
Las personas hablaban abiertamente sobre por quién votarían, aquel que, según rumores, iba a quedar o quién terminaría por “quemarse”. También se hablaba del almuerzo. El sol había alcanzado el punto de ebullición a las once de la mañana y en el patio donde se encontraban las mesas no teníamos sombra a la que escabullirnos para pensar solo en el hambre.
Yo había imaginado algo distinto. Nunca contemplé la posibilidad de llenar los tarjetones de Cámara y Senado estando de pie, frente a otros votantes que, por los contratiempos, tuvieron que hacer lo mismo, ni que alguien me preguntara por mis candidatos mientras sostenía el papel en la mano. Después de haber estado expuestos tanto tiempo unos a otros, la reacción más natural fue actuar por imitación. Así que cuando me preguntaron, terminé contando. Fingiendo que por curiosidad no había visto de reojo otros tarjetones.
La espera en mi mesa tenía un motivo que preferí no explicar hasta ahora.
Cada cierto tiempo, debían dar permiso a un votante que iba acompañado por alguien que empujaba su silla de ruedas. Con toda seguridad habían visto pasar gobiernos, campañas y promesas que, para mal, jamás vieron feliz término. Debían tener entre ochenta y noventa y vi pasar mínimo a unos veintitrés mal contados. Acompañados por hijos, nietos o vecinos que los ayudaban a acercarse a la mesa mientras los jurados reorganizaban papeles, buscaban sus nombres en los listados y les hacían un espacio entre los votantes. Un señor llamado Gustavo me preguntó por mis candidatos y dijo con una voz solemne: —Si la gente deja de votar, se acaba esto. Aquí estoy entonces, votando.
La fila se detenía el tiempo suficiente para volver a conversar cada vez que uno de ellos avanzaba. Nadie protestaba. Esos cuerpos frágiles pero lúcidos todavía insistían en votar. ¿Por qué no habríamos de hacerlo nosotros?
Una votación perfecta sería probablemente más ordenada, más limpia, más discreta. Pero también sería, sospecho, menos parecida a nosotros los seres humanos y a nuestros no precisamente pocos intentos de autosabotear la prosperidad.
Y todas aquellas cosas que pueden —y suceden— durante la jornada son y serán siempre el reflejo de lo que, a mi parecer, es el más humano y sensato proceder al ejercer la democracia en este país, donde las estirpes condenadas a otros cien años de soledad tendrán todavía que vivir muchas votaciones sobre la tierra.
