Gaza en el algoritmo, la banalización del genocidio

Foto: Mohammed Saber / EFE

Daniela Arcila Jiménez
Universidad EAFIT
Si ha escuchado el concepto de fatiga por compasión, sabrá que alude a una insensibilización frente al dolor ajeno, producto de la sobreexposición que, por exceso, anula la empatía. En lugar de generar conciencia, la circulación masiva de imágenes y videos sobre el sufrimiento palestino produce aquel agotamiento, trivializando el dolor, reduciendo el activismo digital a un gesto vacío y sin fin, e impidiendo una reflexión ética profunda sobre el genocidio y sus víctimas.
Dicha sobreexposición se evidencia en los medios que reproducen el dolor de los palestinos: videos de niños desnutridos, niños bombardeados en el suelo con sus órganos palpitantes al aire, cuerpos sin vida entre escombros y miles de huesos cubiertos por una delgada piel a punto de romperse, clamando y sollozando por comida.
No es un misterio para nosotros la intención de quienes registran y difunden este tipo de contenido. Visibilizan con crueldad y conmoción una guerra que no empezó en el 2022, sino que ha prevalecido por más de 75 años consecutivos, una guerra en la que el hambre se ha convertido en arma de amedrentamiento y matanza de más de un centenar de palestinos.
Ahora, ¿es nuevo para nosotros estar informados mediante imágenes y videos de sufrimiento? ¿Creemos que la difusión de este contenido es un acto de apoyo genuino o, acaso, lo consumimos sin cuestionarlo, reduciendo la solidaridad a un like o a un “compartir”? En ese caso, ¿estamos trivializando el dolor por medio de la difusión?
Susan Sontag, filósofa y ensayista del siglo XX, trajo a colación un panorama respecto a la influencia de la fotografía sensacionalista y cómo las imágenes generan un doble impacto contradictorio en cuanto al factor intencional que producen en el espectador. Afirma también que “la idea acerca del proceso de globalización y expansión mediática como una vía de acceso al ´mundo´ es falsa”. Y sí, pues nos limita a absorber un conocimiento real respecto a la guerra y nos sumerge en un conocimiento mediado por una cámara. Hoy en día, mediado por redes sociales.
Aquella visión puesta como una carta sobre la mesa se relaciona con la abundancia de contenido crudo expuesto en plataformas con mayor índice de viralidad, como TikTok, X e Instagram. Dicho contenido resulta atosigante e impactante durante unos pocos segundos para nosotros, los espectadores, pero está hecho para saturar el algoritmo y empaparnos de la realidad del conflicto, de la guerra.
Aquí es importante resaltar un paso transformacional evidente: creíamos que los Estados y los medios oficiales, por su posición, debían inequívocamente impartir las imágenes y videos impactantes sobre la situación en la Franja de Gaza, donde se enfrentan niveles de desnutrición alarmantes a causa del bloqueo y la guerra por parte de Israel. Pero aquel poder de impartición se ha desplegado, indudablemente, hacia periodistas independientes, activistas y hasta ciudadanos comunes, reflejando que los actores no estatales también influyen en la opinión pública global. Esto, a su vez, evidencia una distorsión del poder normativo que tradicionalmente se atribuía a los medios, cuya función ha sido la de crear regularidades, es decir, configurar estructuras simbólicas básicas para la comprensión de los fenómenos sociales. O bueno, supuestamente, pero como a veces no somos tan ignorantes, sabemos que aquellos medios primordiales caen en la manipulación y adecuación de la información.
Sin embargo, es cierto que, al producirse esa distorsión divulgativa, el medio puede ser manipulado por cualquiera, trivializado en su función y despojado de la esencia del mensaje real que debería transmitir.
Pero de allí surge un dilema: ¿hasta qué punto puede considerarse este factor como transparente y no propenso a caer en un enfoque tendencioso que revele información tergiversada y beneficiosa para quien lo divulga, invisibilizando la real cara del genocidio en Gaza?
Supongamos que el difusor de imágenes y videos tiene un objetivo claro: informar. Bastará con poseer acreditaciones oficiales, permisos especiales otorgados por las autoridades en Egipto o por las autoridades palestinas en Gaza, o pertenecer a un gran medio que, de vez en cuando, recibe autorizaciones muy limitadas para el ingreso de corresponsales internacionales.
Una vez obtenida dicha autorización, o incluso sin haberla obtenido, se dirige a Al-Shifa, en la ciudad de Gaza, donde mayormente llegan mal heridos y muertos que convierten el lugar en un epicentro mediático, y “pum”, contenido audiovisual fresco para difundirlo en redes. También se dirige a Jabalia, Rafah, Jan Yunis, entre otros campos de refugiados, para captar y documentar miles de desplazados internos soportando el yugo de la inanición. Se arriesga entonces a la exposición del dolor ajeno, incluso al interno, si es que aquel tiene alma y le conmueve la tortura y la matanza.
Entonces, empieza a propagar la crudeza de la guerra y la congoja de los palestinos. Se viraliza el contenido, pues es tan impactante que incluso genera morbo al ser tan explícito y desgarrador. Sin embargo, mientras más circula y se multiplica, más corre el riesgo de que ese impacto inicial del acontecimiento se diluya y quede en el olvido algorítmico.
Esa sobreexposición pervierte al ojo de nuestra credibilidad y, paso a paso, nos va familiarizando con la guerra, con la violencia, con lo terrible… Lo desgarrador se reduce a la cotidianidad viral, deja de conmover con la misma fuerza y se genera una amortiguación de la atención en nosotros, los espectadores. Como advierte Susan Sontag, “en un contexto de sobreinformación y saturación de imágenes, estas generan un doble impacto contradictorio: por un lado, aproximan una realidad concreta al espectador, pero, por otro, provocan una tendencia a la insensibilización”.
La sobrecarga y repetición constante de la información transforma la empatía en un gesto automático: se mira, se likea, se comparte, pero la introspección, la urgencia ética y la reflexión profunda frente al genocidio se desvanecen, incluso, dejan de tomarse en cuenta. El mensaje se pierde, la viralización no pretende conciencia y la difusión se encarga de banalizar el sufrimiento, y esa irreductibilidad del dolor, expuesta por Sontag, en su dimensión única e intransferible, se olvida y no se entiende, como si la brutalidad y vivencia se convirtieran en imágenes consumibles y altamente reemplazables.
Bibliografía
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Rojas, J. (2023, septiembre 14). ¿Qué sentido tiene el sufrimiento en la vida humana?. La Mente es Maravillosa. https://lamenteesmaravillosa.com/que-sentido-tiene-el-sufrimiento-en-la-vida-humana/
Varo Barranco, A. (2018). Ante el dolor de los demás: una relectura de Susan Sontag. El Genio Maligno. https://elgeniomaligno.eu/ante-el-dolor-de-los-demas-una-relectura-de-susan-sontag/
