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Ineluctable campeón

Samuel Sanabria.jpg

William José Arrieta

Institución U. Mayor de Cartagena

La trémula mente del que fue en su momento el más grande de la tierra caliente del norte de la Nueva Granada, en el albor de la mañana se levanta remembrando sus grandes hazañas en el tinglado. Hacía volar a unos y otros noqueados en el avance de no más de cuatro o cinco rounds en el famoso deporte de las narices chatas. En el deseo de volver a esos días de gloria, se queda desparramado en la esquina de su pobre cama, que yacía sostenida en su pata superior derecha por un block de cemento, con la pintura triste y con muchos años de trote en este mundo. Le pregunta a Nevys Brown, su mujer, quién apenas lo miraba de soslayo con su ojo izquierdo medio abierto en su cuenca:


—¿En qué momento se acabó mi gloria? —exclama él como haciendo un reclamo al mundo.


Ella, sagaz y a sabiendas de lo que podría resultar traer al presente un recuerdo desatado como caballo brioso, en el silencio ancestral, ese que sin decir nada lo está diciendo todo, en la espesura de la oscuridad le susurra:


—Tu gloria aún no ha acabado, mejor da gracias al todopoderoso que en tu última pelea resultaste vencedor en Las Vegas, Nevada… en la tierra del tío Sam y con eso alcanzaste a comprarme la casa que algún día soñamos. Mejor te prepararé una taza de café a tu gusto, con azúcar, guayoyo.


Escuchó a la dama de grandes caderas, a quien tomó como suya a escasos dieciséis años, y que en su momento fuera reina de una cadena comercial importante en la zona. Enamoraba con sus ojos color café, su risa rimbombante y sensual caminar.


Tomó su camisilla desgastada, su pantalón estirado y roto, se calzó los zapatos con punta de hierro a los que les confía sus mejores herramientas de transporte, sus pies. Así, abrió la puerta de su habitación, y notó que en la mesa del comedor sobresalía a la vista un pescado frito humeante con yuca y suero, para él, manjar de los dioses. Desayunó, agarró con la aquiescencia del sol inclemente una vasija plástica para guardar el agua, a sabiendas que si no la llevaba probablemente moriría de insolación y deshidratación, así que procuró llevar el preciado líquido que refrescaría su garganta en el transcurso de lo que llamaba la vuelta a la realidad. Ya entrada las siete de la mañana salió de su casa, se despidió con un beso en la boca de su dulcinea, y de sus tres cachorritas, Deimi, Demili y Dileidy’s, todas tres llamadas así en honor a su abuela materna.


Atrás quedaron las grandes fiestas, festín para la calle del barrio que cerraba para poner el pick up, tan grande como un rascacielos y como el ego del que cree que la felicidad será eterna, memorables e inconmensurables momentos para él. Después de haber peleado a nivel mundial y haber recorrido a diestra y siniestra el infinito cielo, le saludaba un vecino de antaño:


—¡Víctor, mi hermano, buenos días! Y pensar que tuviste el mundo a tus pies. Te noto triste, meditabundo, te ves hasta de mal color —esbozó Fernando.


Él, simple y corto como siempre, no replicó. Alzó sus manos y moviéndolas como aspas de abanico y con gesto tibio, asomó una sonrisa falsa, siguiendo su camino por las calles que un día supieron hacerlo rey y que hoy lo veían como un peón.


El hombre que supo vencer los cruentos golpes de la desigualdad y el abandono volvía a una realidad en la que el ciclo de la vida no lo vería escapar tan fácil, la del boxeador que contra todo pronóstico fulminó el hambre y las vicisitudes que desarrolló desde sus inicios en esta tierra, pero que el alcohol desmedido, la juerga, su propio harén de mujeres, los azares de la vida y las malas decisiones lo llevarían a la lona. Esa realidad que lleva a cuestas el albañil con el jab de derecha más rápido del caribe y que al llegar a la obra se pondría a la orden de su maestro de construcción.

ISSN: 3028-385X

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