Irán, el nuevo capítulo de la misión estadounidense

Foto: El Siglo de Torreón

Carlos García Taborda
Universidad de los Andes
Estados Unidos ha cultivado durante siglos una narrativa fundacional poderosa: la idea de ser “that city upon a hill”, una nación excepcional con la responsabilidad histórica de guiar al mundo. Bajo esta lógica, heredera del antiguo imaginario del destino manifiesto, Washington no solo protege sus intereses; también se percibe a sí mismo como el garante último de la libertad global.
Esa narrativa volvió a aparecer con claridad en la reciente ofensiva contra Irán. Durante el lanzamiento de la operación militar conocida como “Epic Fury”, el presidente Donald Trump se dirigió directamente al pueblo iraní con un mensaje que sintetiza perfectamente esta visión: “La hora de su libertad ha llegado… ahora tienen un presidente que les está dando una oportunidad única en generaciones”.
La retórica es familiar. En la narrativa oficial estadounidense, la intervención no es una guerra de poder sino una misión moral: liberar a un pueblo oprimido, restaurar la estabilidad regional y evitar una amenaza nuclear.
Pero la política internacional rara vez es tan simple e idealista.
El argumento nuclear y la coherencia selectiva
La justificación central de Washington es clara: Irán jamás puede tener un arma nuclear. El gobierno estadounidense sostiene que permitirlo sería una amenaza intolerable para la seguridad global y para sus aliados en la región.
Trump incluso ha señalado que Irán firmó el Tratado de No Proliferación Nuclear en 1970, y que, por lo tanto, debería cumplir con ese compromiso.
Si de coherencia hablamos, la política exterior estadounidense difícilmente es un ejemplo inmaculado; más bien muestra una coherencia selectiva. A lo largo de las últimas décadas, Washington ha invocado distintos principios, derechos humanos, democracia, estabilidad regional o seguridad internacional, dependiendo del argumento que resulte más útil en cada momento.
La pregunta entonces no es solo si Irán representa una amenaza, sino por qué algunas amenazas generan intervenciones militares y otras no.
El aliado indispensable: Israel
Más allá del discurso nuclear, existe otro factor central: la seguridad de Israel.
Para Washington, la supervivencia y hegemonía regional del Estado israelí constituye una línea roja estratégica. Irán es actualmente la única potencia regional capaz de desafiar militarmente ese equilibrio de poder.
Esto explica por qué la retórica estadounidense hacia Teherán suele ser mucho más agresiva que hacia otros regímenes autoritarios que también violan derechos humanos pero no representan una amenaza directa para Israel.
En este contexto, la confrontación con Irán no es solo un conflicto ideológico o nuclear. Es también una disputa por la arquitectura estratégica del Medio Oriente.
Irán no es una isla: el factor China y Rusia
La guerra contra Irán tampoco puede entenderse únicamente en términos regionales.
Teherán es hoy un actor clave dentro de la creciente red geopolítica que conecta a China, Rusia y el bloque emergente del BRICS+. China depende significativamente del petróleo iraní, mientras que Rusia ha consolidado vínculos militares y estratégicos con el régimen.
Por eso, cualquier intervención contra Irán tiene implicaciones mucho más amplias. No se trata solo de debilitar a un régimen adversario, sino también de reducir la influencia de los rivales estratégicos de Estados Unidos en el Medio Oriente.
En otras palabras, el conflicto forma parte de una disputa mayor por el equilibrio de poder global.
El petróleo y el dólar como campo de batalla
Las guerras en Medio Oriente rara vez pueden separarse del factor energético.
Irán controla una de las mayores reservas de petróleo del mundo y se ubica en una región estratégica para el comercio energético global. Pero el recurso en sí no es el único elemento en juego.
Durante décadas, el sistema internacional ha funcionado bajo el llamado petrodólar: el acuerdo informal según el cual el petróleo se comercializa mayoritariamente en dólares estadounidenses. Este mecanismo sostiene en gran medida la hegemonía financiera de Estados Unidos.
Si Irán lograra consolidar mercados energéticos alternativos, por ejemplo, en yuanes o en otras monedas vinculadas al BRICS, el impacto sobre la economía global podría ser considerable.
En ese sentido, el conflicto también tiene una dimensión financiera: preservar el sistema monetario internacional dominado por Washington.
La narrativa humanitaria
La intervención también se presenta como una causa moral.
Es innegable que el régimen iraní ha cometido graves abusos, especialmente contra mujeres y minorías políticas. Las protestas de los últimos años han mostrado el profundo descontento de sectores importantes de la sociedad iraní.
Sin embargo, la historia reciente invita al escepticismo. Las intervenciones militares justificadas en nombre de la libertad, desde Irak hasta Libia, han dejado legados profundamente ambiguos.
Esto plantea una pregunta incómoda: ¿es realmente la guerra la forma de rescatar a los pueblos?
Y si el objetivo es defender a poblaciones oprimidas, surge otra interrogante inevitable: ¿por qué ese principio no se aplica con la misma intensidad en otros conflictos, como el caso palestino?
La economía de la guerra
Existe además un factor que rara vez aparece en la retórica oficial: el complejo militar‑industrial.
Las intervenciones militares a gran escala generan contratos multimillonarios para empresas de defensa, tecnología militar y seguridad privada. Desde la Segunda Guerra Mundial, este sector se ha convertido en uno de los pilares económicos y políticos de Estados Unidos.
En ese contexto, la guerra no es solo una herramienta geopolítica; también es una industria.
Cierre: entre la libertad y el interés
La política internacional rara vez se mueve exclusivamente por principios morales o exclusivamente por intereses materiales. En la práctica, suele ser una mezcla de ambos.
Es posible que algunos responsables políticos crean sinceramente en la misión de liberar a los iraníes de un régimen autoritario. También es posible que otros vean en la guerra una oportunidad estratégica para preservar la influencia estadounidense en un mundo cada vez más multipolar.
La pregunta que queda abierta es otra.
Cuando Washington habla de libertad, ya sea en Venezuela, en Irak o ahora en Irán, ¿está realmente pensando en los pueblos… o en el petróleo, las rutas comerciales y el equilibrio de poder global?
Probablemente, como suele ocurrir en la política internacional, la respuesta esté en algún punto incómodo entre ambos.
