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La agonía de la Universidad Nacional

Foto: Gustavo Torrijos / El Espectador
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Rubén Rincón Landínez

Universidad Nacional

Con el reciente fallo del Tribunal Superior de Bogotá que restituyó al profesor José Ismael Peña como rector de la Universidad Nacional de Colombia, se abrió un camino de incertidumbre entre la comunidad universitaria. No solo fue un camino de incertidumbre sino de desorden; la actual situación que vive la Universidad, más que diagnóstico, es síntoma. Síntoma de una universidad dividida: mientras unas sedes se declararon en paro otras continuaron con la normalidad académica, y dentro de las sedes en paro muchos programas están en normalidad académica, clases virtuales u otros mecanismos de “presión”.


Las asambleas son supuestamente los escenarios para la deliberación de la comunidad estudiantil; allí se toman las decisiones, pero es inevitable darse cuenta de la ineficacia de estas. ¿Puede una asamblea arrogarse la facultad de decidir por toda una universidad de más de cincuenta mil estudiantes? O ¿puede una encuesta virtual definir la posición de la comunidad universitaria? Los defensores de lo primero critican a los promotores de lo segundo, y los promotores de lo segundo cuestionan a los defensores de lo primero. Aunque se pueda apreciar el auditorio León de Grieff a rebosar, lógicamente no están allí ni la mitad de todos los estudiantes. Pero no solo esto. En muchos casos las asambleas terminan convirtiéndose en largos y sosos monólogos entre quienes profesan una serie de ideas comunes. Diera, pues, la impresión de que la asamblea ya está hecha y que lo único que falta es montarla en escena. Es difícil encontrar en estos espacios opiniones disidentes, y si por casualidad se avizora una, corre el riesgo de ser censurada, abucheada o irrespetada. En palabras de Estanislao Zuleta: Un síntoma inequívoco de la dominación de las ideologías proféticas y de los grupos que las generan o que someten a su lógica doctrinas que les fueron extrañas en su origen, es el descrédito en que cae el concepto de respeto… Y como el respeto es siempre el respeto a la diferencia, sólo puede afirmarse allí donde ya no se cree que la diferencia pueda disolverse en una comunidad exaltada, transparente y espontánea” (Elogio a la dificultad).


El movimiento estudiantil terminó atrapado en lógicas personalistas que promueven una visión única de la universidad y han convertido las asambleas en simples púlpitos para vitorear arengas vacías. En ese escenario, la universidad deja de ser el espacio de deliberación crítica que debería ser y la autonomía universitaria, que debería estar en el centro de todas las discusiones, se diluye paradójicamente en medio de ellas. Siguiendo a Wilhelm von Humboldt, entendemos la autonomía universitaria como la capacidad de la universidad para gobernar su vida intelectual y académica sin interferencias directas del poder político ni de otras instancias externas, pues sólo bajo esa independencia es posible la libre búsqueda científica.


Los hechos ocurridos durante los últimos dos años parecen anunciar la agonía, si no la muerte, de la autonomía universitaria. Que un representante profesoral y una representante estudiantil respalden una decisión contraria a la voluntad mayoritaria de sus estamentos; que luego sea el Ministerio de Educación Nacional de Colombia quien intente “corregir” una elección; que incluso las altas cortes terminen interviniendo en los asuntos de la universidad; y que ahora se promuevan “mecanismos de presión” por fuera de una discusión amplia y verdaderamente democrática, ignorando además que un sector significativo de la comunidad universitaria desea continuar con los procesos académicos. Todo ello da cuenta de que la universidad ha dejado de ser el espacio privilegiado para el debate y la sana disputa de ideas, para convertirse en un campo de batalla donde distintos intereses buscan imponer su hegemonía sobre una comunidad estudiantil que, con demasiada frecuencia, permanece indiferente o acrítica.


La crisis actual debería obligar a la comunidad universitaria a una reflexión más profunda: la autonomía no se pierde únicamente cuando interviene el Estado, también se erosiona cuando dentro de la universidad se pretende imponer una única visión sobre las demás. Si la Universidad Nacional quiere seguir siendo un referente intelectual del país, deberá recuperar algo más básico que cualquier rectoría o elección: la capacidad de debatir sin miedo, de respetar la diferencia y de reconocer que ninguna causa, por justa que se crea, puede sustituir el diálogo democrático.

ISSN: 3028-385X

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