top of page

La falsa positividad: cuando el optimismo se vuelve una forma de violencia

Foto: Psicología y Mente
Samuel Sanabria.jpg

Danna Camila Ocampo

Universidad Cooperativa

“No pensar en negativo” se ha convertido en una exigencia social. Hoy no basta con resistir las dificultades: también hay que hacerlo con una sonrisa, la llamada positividad constante se presenta como una virtud, pero en realidad funciona como un mecanismo silencioso de negación del dolor y de desresponsabilización colectiva. No todo es actitud, y repetirlo como dogma tiene consecuencias profundas.


La idea de que “todo depende de cómo lo pienses” parece empoderadora, pero encierra una trampa peligrosa: individualiza problemas que son estructurales. Bajo esta lógica, el fracaso deja de ser consecuencia de desigualdades sociales, precariedad económica o ausencia estatal, y pasa a ser una falla personal. No lograste lo que querías porque no lo deseaste lo suficiente, no porque el sistema tenga límites reales.


El optimismo obligatorio no solo es engañoso, sino dañino. Esta cultura “culpa a las personas por su propio sufrimiento” y convierte la crítica en una actitud indeseable. En lugar de preguntarnos por las causas de la injusticia, se nos invita a “cambiar la mentalidad” y seguir adelante.


Este tipo de discurso es especialmente problemático en contextos como el colombiano. Hablar de que “todo se puede” en un país marcado por la desigualdad, el desempleo juvenil, la violencia estructural y el deterioro de la salud mental no es ingenuo: es irresponsable. No todas las personas parten del mismo lugar ni enfrentan las mismas cargas. Pretender que el pensamiento positivo nivela esas diferencias es ignorar la realidad.


Un ejemplo claro es cuando te presentan la historia de un individuo que, “en tus mismas circunstancias”, logró salir adelante, mientras que tú no has alcanzado lo mismo. La sociedad siempre te mostrará el caso exitoso, pero rara vez te hablará de los miles de jóvenes que viven situaciones similares y que no han logrado los mismos objetivos.


Además, la falsa positividad no tolera el malestar, la tristeza se interpreta como debilidad, la rabia como negatividad y la denuncia como victimismo. Pero señalar lo que duele no es rendirse; es reconocer que algo no funciona. Una sociedad que no permite el disenso emocional termina anestesiada frente al sufrimiento.

El filósofo Byung-Chul Han lo explica con claridad en La sociedad del cansancio (2010): “El exceso de trabajo y rendimiento se agudiza y se convierte en autoexplotación. Esta es mucho más eficaz que la explotación por otros, pues va acompañada de un sentimiento de libertad. El explotador es al mismo tiempo el explotado. Víctima y verdugo ya no pueden diferenciarse”. Este modelo de autoexplotación se potencia con la positividad obligatoria ya que nos hace responsables de nuestro propio desgaste mientras el sistema permanece intacto.


La positividad forzada resulta funcional a este modelo, promueve sujetos que se adaptan, que agradecen lo mínimo y que no cuestionan las condiciones que los desgastan. Si el problema está en tu actitud, el sistema queda intacto, no hay injusticia que corregir, solo emociones que regular.


Esto no significa negar la importancia de la esperanza o la motivación. La crítica no va dirigida a la búsqueda del bienestar, sino a su imposición. Hay una diferencia profunda entre acompañar y obligar a estar bien. Entre construir esperanza y negar el dolor. Entre sanar y silenciar.


La vida no es una secuencia constante de aprendizajes luminosos. A veces es pérdida, frustración y cansancio. Y reconocerlo no nos hace débiles, nos hace humanos. Lo verdaderamente peligroso no es sentir malestar, sino no tener un lenguaje para expresarlo sin culpa.


Necesitamos menos frases vacías y más conversaciones honestas. Menos discursos que romantizan la resiliencia y más análisis de las condiciones que nos obligan a resistir todo el tiempo. Menos presión por “vibrar alto” y más responsabilidad colectiva frente al sufrimiento social.


La esperanza no nace de negar la realidad, sino de comprenderla y transformarla.


Quizá el primer acto de dignidad no sea “pensar positivo”, sino reconocer con honestidad que algo no está bien… y actuar colectivamente para cambiarlo.

ISSN: 3028-385X

Copyright© 2026 VÍA PÚBLICA

  • Instagram
  • Facebook
  • X
bottom of page