La maldición de Eva


Andrés C. Palacio
Universidad del Atlántico
Era joven y realmente bella, como una criatura de un mundo superior, con rasgos que emulaban a las princesas del sudeste asiático o las Reinas egipcias. Más no obstante su gracia cautivadora y sus ojos indios solo superados por los de Radha, ella vivía en medio de una profunda soledad. Pero hay dos clases de soledad: con una, nos podemos encontrar paradójicamente en un cuarto lleno de gente (así se sentía ella en términos generales); con la otra nos perdemos en el más aciago aislacionismo.
Eva, sin embargo, tenía la compañía de su único fiel amigo: el gato que la seguía desde niña, quien además le ayudaba para aliviar el pequeño problema de los ratones.
¿Cuánto tiempo había pasado desde que partió hacia la ciudad y abandonó aquella casa a orillas del Magdalena? ¿Un año? ¿Quizás dos? Por alguna extraña razón no lo podía recordar por completo; sobre todo en los últimos días, que habían venido con un profundo decaimiento en su semblante y actitud: le costaba concentrarse en sus estudios y sentía que una presencia invisible la perseguía a dondequiera que iba.
Pero a lo mejor esta abulia e imaginaciones eran tan solo el efecto de su rigurosa y exclusiva dieta de fresas, o debido a su falta de sueño por culpa de la voz. Sí, esa maldita voz insidiosa que percibía en algunas madrugadas y le había provocado muchas vigilias nocturnas. A veces se despertaba con un sobresalto, suponiendo haber oído detrás de las paredes unas palabras articuladas, pero imposibles de reconocer.
Seguramente algo se estaba moviendo en las bóvedas de su mente, y ese preciso “movimiento” le hacía confundir las sombras con figuras monstruosas, y el chillido de los ratones con susurros. Sin embargo, Eva no daba síntomas de mejoría: arrojó sus libros y los despedazó por completo, su belleza persistía, pero con un tono medio gris producto de las pequeñas dosis naturales de arsénico que traían las fresas que comía, y por último su tiempo… El tiempo, sí… El tiempo perverso empezaba a doblarse como un objeto elástico. ¿Cuánto había pasado desde entonces? Por alguna extraña razón no lo podía recordar, pero era una niña y su gato, su único fiel amigo, era apenas un bebé de pocos días de nacido.
Ella por entonces no tenía más de diez años y vivía en esa casa a orillas del río Magdalena. El pequeño gato jugaba a hurgar la tierra del patio con inocente curiosidad. Eva, al aproximarse para descubrir la travesura de su fiel amigo, notó una muñeca de porcelana enterrada en el poco profundo hueco que cavó el gato. La figura inanimada y maltrecha vestía con horribles trapos agujereados por lombrices carnívoras… Al sostenerla y ver de cerca esos rasgos particulares, esos ojos indios, no advirtió entonces lo que hoy percibía claramente: el contagio de una extraña enfermedad, la persecución, el tiempo doblado, la voz insidiosa…
“Alguien siempre ha tenido la tarea de mortificarme”, se repetía durante sus crisis nocturnas, cuando las tormentas rasgaban el cielo con destellos púrpuras. Una de esas noches tuvo la terrible impresión de conocer la voz. Era una tonalidad femenina —“la muñeca”— quien le hablaba detrás de las paredes. Sí, era una mujer maligna quien le hablaba, y también pudo percibir, no a través de la vista ni del oído, sino mediante otro sentido recién descubierto, que esa presencia le sonreía sardónicamente mientras emitía esos susurros. ¿Qué alma, por más bella que sea, hubiera soportado semejantes tormentos?
A propósito, ¿qué había sido de esa belleza olvidada?
Luego de una insufrible crisis regresó a su casa a orillas del Magdalena ¿Cuánto había pasado desde entonces? ¿Unos diez años? ¿Quizás veinte…? Quizás… No lo podía recordar, pero ya no había nadie. Estaba perdida en el más aciago aislacionismo terrenal. Los cuadros de antepasados yacían consumidos por lombrices carnívoras; había telarañas por doquier y todo olía a arsénico. Aquel viejo contagio surtía efectos: empezó a aborrecer las fresas con náuseas, y para su increíble sorpresa, ese mito de repulsión que habían inventado los humanos hacia los ratones se desdibujó por completo: sentía la curiosa necesidad de cazar a esos roedores por su cuenta. Ahora sus articulaciones eran elásticas como el tiempo: podía doblarse y saltar de la estufa oxidada a la alacena podrida, reguindándose de las paredes y esquivando trozos de porcelana, vidrios rotos y las ruinas de un esqueleto.
Podía sentirse liberada al fin de aquella voz, de esa presencia invisible. Podía mirarse al espejo mohoso y contemplar la belleza de la Diosa Bast, moradora de las necrópolis egipcias, porque sí, en efecto, ya era una criatura de un mundo superior.
