Luces, Peña…y Acción

Foto: Diego Cuevas / EL PAÍS

Santiago Cañas Granada
Universidad Nacional
Toda fotografía es una decisión política. No por lo que muestra, sino por lo que se deja por fuera del encuadre.
Marx escribió que la historia se repite dos veces: primero como tragedia, luego como farsa.
Hubo un momento en que la Universidad Nacional era filmada siempre desde el mismo ángulo: humo, disturbios, amenazas. La cámara oficial sabía dónde ponerse. Las porterías eran atravesadas por tanquetas, los uniformados recorrían la plaza central y desde los micrófonos del poder se advertía que la autonomía no podía amparar vándalos. La escenografía consistía de estudiantes convertidos en amenaza estratégica, así como profesores y profesoras bajo la categoría de sospecha. El campus filmado como si fuera antesala del desorden.
Esa fue la tragedia: quedar fijados en un encuadre que convertía el pensamiento en amenaza No empezó allí la tensión entre Estado y universidad, pero allí el discurso del enemigo interno se volvió política pública sin vergüenza. El país aprendió a mirar la universidad como si fuera un foco permanente de alteración y subversión.
Lo que ocurrió fue la internalización de la doctrina de Seguridad Democrática en la universidad: el pensamiento crítico dejó de ser entendido como función académica y comenzó a ser administrado como problema de seguridad, bajo una lógica antisubversiva. Hoy no hay tanquetas sino que hay algo más sutil, un cambio de estrategia.
La derecha colombiana, esa que veía en la universidad pública un vivero de insurgentes, ahora habla de autonomía con un fervor casi romántico. Paloma Valencia defendiendo la institucionalidad universitaria, Marta Lucía Ramírez invocando el respeto por la deliberación académica y, con ello, el Centro Democrático convertido hipócritamente en club de fans de la educación pública.
Haría falta mucha imaginación para suponer que el Centro Democrático ha tenido un “arco de redención” propio de los guiones más imaginativos de Netflix. No es así, no hubo temporada final donde el antagonista tiene una epifanía súbita. Nadie despertó una mañana diciendo: “hemos sido injustos con la universidad pública, rectifiquemos”.
Tampoco estamos ante una autocrítica ejemplar digna de manual de teoría política comparada. Durante años hablaron de infiltraciones y amenazas en las universidades ejecutando la política de Estado del enemigo interno. No fue que de repente descubrieran que el problema era la desfinanciación estructural de la universidad pública. Mucho menos que amanecieran defendiendo con fervor la autonomía universitaria.
Estos giros de 180 grados no suelen ser producto de la coincidencia. Son producto de la conveniencia. Es un simple cambio de estrategia en donde no cambió el interés, sino el tono.
Ahora el lenguaje es otro. La universidad aparece como problema de gobernanza. No se trata de sitiarla. Se trata de gestionarla. Y ahí es donde la escena adquiere protagonista. El nuevo plano tiene nombre propio: José Ismael Peña.
Peña no llega como conquistador, llega como gerente. No entra prometiendo mano dura, sino aparente estabilidad. No habla de enemigos; habla de mayorías sensatas frente a minorías radicales. El discurso del orden público desaparece y en su lugar aparece la retórica empresarial de la gobernanza. No viene a polarizar, viene a “gestionar”.
Gestionar la universidad.
Gestionar la autonomía.
Gestionar la democracia universitaria.
En el XVIII Brumario, Marx se burla de ese personaje que aparece como salvador neutral cuando en realidad es la pieza funcional de una estructura que necesita restaurarse sin parecerlo. No es grande por su genio, es útil por su posición.
Peña se presenta como el rostro amable de la institucionalidad con traje pulcro y tono pausado, incorporando discurso de puertas abiertas. Dice que esto no es personal y que él no es el problema, que quiere diálogo, que la mayoría quiere estudiar, que hay que superar los extremismos.
Pero la única pista sobre lo que alguien hará es lo que ya ha hecho.
Hablemos entonces de la constituyente.
La Mesa Constituyente Universitaria, MECUN, surgió como una deuda histórica que busca discutir algo incómodo: quién manda en la universidad y con qué legitimidad. Es una disputa por la arquitectura del poder interno.
Peña dice que la continuará, que la ampliará, que el diálogo debe fortalecerse.
La diligencia institucional, para amplificar la voz del recto, ha sido, hay que reconocerlo, ejemplar. Los canales oficiales se activaron con rapidez para transmitir su sesión de “derribando mitos”, un formato particularmente cómodo: el rector en cámara respondiendo preguntas filtradas desde la tranquilidad de un video institucional, una especie de conversación cuidadosamente editada donde el único riesgo es quedarse sin café. Curiosamente, esa misma eficiencia técnica desapareció cuando se trató de transmitir las sesiones de la MECUN, que hasta entonces se emitían en vivo. La democracia universitaria no fue cancelada. Simplemente cambió de formato dejando al rector en primer plano y la deliberación colectiva, fuera de cámara.
Es un detalle técnico, dirán. Un asunto logístico. Problemas de señal o de empalme entre la administración de Peña y la saliente.
Cuando habla de la MECUN en entrevistas, Peña no enfatiza en su potencial democratizador. Habla de adaptación a mercados cambiantes, de innovación, de inteligencia artificial, de transformación digital. La constituyente se convierte en este discurso en una mera actualización de software. No juega a la prohibición en su discurso, juega al encuadre y a la normalización forzada, reduciendo el conflicto político a una molestia operativa que conviene resolver para que la universidad vuelva a “funcionar”, una cuestión de problemas técnicos.
En fotografía, si no quieres que algo incomode, no lo borras, lo dejas fuera del plano. Y mientras la cámara apunta hacia la modernización, el fondo permanece intacto.
Y ese fondo no es una persona, es una estructura. No estamos ante un villano de caricatura, estamos ante la continuidad de una capa académico-administrativa que ha rotado cargos durante dos décadas con la disciplina de un equipo olímpico de relevos: decanaturas, vicerrectorías, institutos, consejos, siempre dentro del mismo circuito.
Es una estructura que necesita estabilidad. Necesita que la universidad produzca servicios, contratos, innovación rentable. Necesita gobernabilidad sin sobresaltos. Necesita participación sin redistribución real del poder; por eso la movilización estudiantil aparece como interferencia en la señal, como ruido en la transmisión, como una minoría que daña la foto.
“La mayoría quiere estudiar”, repiten. Lo cierto es que la política molesta cuando no está bajo control e incomoda en la continuidad de ese juego de relevos.
Peña tampoco renuncia a la estigmatización. No necesita hacerlo, pues la estigmatización también puede administrarse con buenos modales. Basta con presentarse como el adulto razonable frente a jóvenes exaltados, radicales y caprichosos, como el rector paciente frente a la emoción. El gerente “técnico”, sobrio y sereno frente a la asamblea ruidosa.
La estigmatización elegante es más eficaz que la grosera. No grita “enemigo interno”, susurra “excesos”.
Y mientras tanto, el respaldo político externo sonríe.
El mismo sector que impulsó Ser Pilo Paga y drenó recursos públicos hacia universidades privadas mientras la deuda histórica de las públicas superaba los 16 billones, hoy defiende la estabilidad de la Nacional. El mismo que pidió listados de estudiantes para “investigar infiltraciones” ahora invoca la autonomía.
Y no es que se contradigan. Es que aprendieron a venderse a la opinión pública. El objetivo sigue siendo el mismo: ordenar, disciplinar, normalizar a la fuerza. Solo que ahora el envoltorio es más elegante y el departamento de comunicaciones hace mejor su trabajo. El XVIII Brumario no produce emperadores grandilocuentes, produce administradores útiles. Personajes que parecen menores, pero que encarnan la restauración silenciosa.
Y en todo este escenario, un fallo judicial puede imponer una posesión, pero no puede fabricar legitimidad política. Un fallo no puede ordenar que la gente te quiera, mucho menos que te reconozca.
La pregunta no es si Peña transmitirá las sesiones. La pregunta es si la democracia universitaria será participación real o escenografía bien iluminada. Una democracia de procedimientos y una participación solo hasta donde no cuestione las estructuras de poder; porque en toda fotografía institucional hay director de escena, hay plano general, hay primer plano, hay recorte. Y lo que no cabe en la imagen no deja de existir: simplemente deja de estorbar porque ya no está en el encuadre.
La tragedia fue la defensa del carácter público y autónomo de la universidad tratada como enemigo interno.
La farsa es la universidad convertida en empresa gestionada con sonrisa democrática.
Entre la tanqueta y la presentación de PowerPoint o Canva hay diferencias de estilo, pero ambos pueden cumplir la misma función: domesticar el conflicto.
Y el conflicto, por más que se recorte o se oculte bajo la sombra, no desaparece.
Se mueve.
Cambia de ángulo.
Y buscará otra cámara.
La historia no siempre regresa con botas.
A veces regresa con corbata.
