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Penumbra dosificada

Foto: Ramón Espinosa / AP
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Augusto Díaz Cadena

Universidad Minuto de Dios

En las últimas semanas, Cuba vuelve a aparecer en los titulares como un territorio sitiado. Las calles se vacían antes de tiempo, las conversaciones se reducen a susurros y en las ventanas apenas queda el reflejo intermitente de alguna planta eléctrica doméstica resistiendo. No es nuevo. La isla lleva más de seis décadas viviendo bajo un bloqueo que en otros idiomas suena más elegante: “embargo”. Pero en la oscuridad, las palabras pierden maquillaje.


Washington aprieta. Sanciona, amenaza, enumera restricciones con la precisión burocrática de quien jamás sentirá el calor detenido de una ciudad sin electricidad. El cerco no es una explosión; es una asfixia lenta. No tiene el estruendo de la guerra, pero comparte su consecuencia: el desgaste. Es una coreografía vieja, casi predecible, donde el poder se disfraza de legalidad y la presión económica se vende como defensa de la libertad.


En Occidente, Cuba ha sido muchas cosas: símbolo, amenaza, nostalgia, advertencia. Pero de noche la isla no es símbolo de nada: es una madre abanicando a su hijo para espantar el calor, es un anciano contando monedas bajo una vela, es un estudiante que mira el techo y calcula cuánto más puede resistir. La geopolítica rara vez incluye esas escenas. Es la historia de un país que decidió tomar las riendas de su propio destino y enfrentarse a la injerencia extranjera. Decidió —con aciertos y errores, como toda historia humana— que la soberanía no era negociable. Y esa decisión, todavía hoy, tiene consecuencias.


Falta combustible, faltan divisas, falta aire. El efecto es el mismo: hospitales tensos, mercados vacíos, ciudades que aprenden a vivir en penumbra. Y mientras tanto, desde lejos, se habla de libertad como si fuera un producto exportable, una etiqueta que se adhiere o se retira según la conveniencia geopolítica del momento. Sobre el papel, todo es limpio. En la realidad, la noche es larga. No es una guerra de bombas y misiles. Es cierto. No deja cráteres visibles ni edificios reducidos a escombros. Pero deja otra cosa: miseria, incertidumbre, añoranza de mejores tiempos. La violencia no siempre explota; a veces se instala lentamente.


América Latina observa desde sus propias sombras. Algunos gobiernos murmuran, otros guardan silencio. La palabra dignidad aparece en discursos que rara vez alteran el curso de los hechos. Y mientras tanto, la isla sigue allí, rodeada de agua y de decisiones ajenas. Cuba no es un mito y mucho menos un eslogan. Es una isla real con gente real que paga el precio de decisiones tomadas lejos de sus costas.


Quizá el verdadero debate no sea ideológico sino moral: qué ocurre cuando una nación es empujada a la oscuridad y a la hambruna como método de presión. Si el castigo colectivo se normaliza, entonces la soberanía deja de ser derecho y se convierte en concesión.

ISSN: 3028-385X

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