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Posesión

Samuel Sanabria.jpg

Brayan Andrés Torres

Universidad del Cauca

Ahí está el espejo, ese animal de vidrio lamiéndome la cara con su luz de hospital. Ya no me mira a mí; mira al que viene empujando desde mis pulmones, a esa solitaria de plomo que se me ha enroscado en la voluntad. Siento el vello bajo la nariz no como pelo, sino como patas de bicho que me perforan el labio para beber de mi saliva. Paso el dedo —¡Ave María purísima!— y raspa. Es la misma costra de hombría mal parida que el viejo lucía antes de soltarme un bofetón.


​El baño se estrecha. Las paredes exudan ese vaho de tabaco viejo y establo que él cargaba encima. Cierro los ojos y los huesos de cristal empiezan a ceder. Los hombros se ensanchan, los pies se hunden en el piso reclamando la propiedad de la tierra con una pesadez de siglos. La mandíbula me cruje, se desencaja piedra sobre piedra para dar paso a una osamenta que no es la mía.


​—¡La disciplina es la arquitectura del alma! —grito


​Mi propia voz me arrea un latigazo. Es un trueno que sale de un pozo profundo, una vibración que hace bailar el agua del lavamanos. Una mano invisible, pesada como una lápida, me obliga a erguir la espalda. Abro los ojos y en el espejo ya no hay niebla. Hay un hombre.


​Me aferro al borde de la loza con los nudillos blancos. Ensayo su rictus de perro fino que cuida la entrada del cielo. Aprieto los labios hasta que la sangre se retira y el bozo incipiente parece una cicatriz de guerra.


​—¡dios corrige! —le grito a mi reflejo, y le arreo un puñetazo al mármol—. ¡dios endereza lo que nace torcido, carajo!


​Me río, y mi risa suena a cascajo arrastrado por un río crecido. Tiene siglos de polvo y de mandatos. Camino en el espacio estrecho con ese paso de dueño, de sargento, de sacristán. Me toco el hombro buscando mi cuerpo, pero solo encuentro la dureza del músculo de mi padre.


Soy un títere que ha empezado a amar sus hilos.


​Miro hacia el rincón, hacia ese Cristo de madera de cedro que mi padre mismo clavó sobre el dintel. Ya no me inspira lástima. Ahora lo miro con la altiveza del que sostiene el martillo.


El que ama, clava.


​—Tú sabes de qué hablo, ¿verdad? —le digo al madero—. El amor duele porque tiene que sujetar la carne, que es traicionera.


​Me acerco al espejo hasta que mi aliento caliente lo empaña todo. Ya no quiero borrar la mancha. Quiero que me tape la boca para no volver a decir una palabra que sea mía. Quiero que mis ojos se vuelvan de piedra para no tener que llorar más en el secreto de las iglesias.


"Eres igualito a él", me cae el recuerdo de las tías como un gargajo de agua bendita. ¡Qué poco saben! No soy igualito: soy él volviendo por sus fueros, reclamando este cuerpo flaco para convertirlo en su cuartel.


​El silencio de la casa me golpea.


Me quedo quieto, con la mano alzada en un gesto de mando que ya no sé cómo bajar. El bozo me arde. La piel me quema como si me hubieran marcado con hierro candente.


​Apago la luz.


Ya no importa la oscuridad.


​Mis labios se mueven solos, repitiendo las mismas oraciones de piedra, mientras espero en la negrura a que alguien pase por el pasillo para poder levantarle la voz y salvarlo a puros gritos.

ISSN: 3028-385X

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