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Seis días

Foto: Ramiro Pianarosa
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Jorge Esteban Lasso

Universidad del Quindío

Ya no hay vuelta atrás. La fecha es concreta y los tiquetes están comprados. Quién sabe qué será de mí como colombiano en Estados Unidos; capaz y, si tengo suerte, seré otro de los miserables que lavan baños de restaurantes y cobran igual que un ingeniero aquí. Solo quedan seis días y parto de este pueblo que solo conocemos los que aquí habitamos, pueblo que me vio crecer y vivir tan intensamente.


Ya dejé el trabajo y compré maletas, pero no me he atrevido a empezar a empacar; le temo a encontrarme alguno de los dibujos de mi hermanita o una vieja carta de alguna exnovia que me haga cambiar de parecer y quedarme de una vez por todas. Mi hermana mayor me ayuda a empacar la maleta grande mientras yo organizo mi equipaje de mano, y los recuerdos brotan con cada prenda que sale del armario. Solo quedan seis días, recuerdo; mientras ella me habla de la Estatua de la Libertad, las cataratas del Niágara, el Gran Cañón y todas esas cosas que se encuentran por allá, al otro lado del charco. Pero yo no dejo de pensar en los sancochos de olla y las verbenas con mis amigos de infancia, que sin dudarlo me faltarán cuando ya no esté. Solo quedan seis días, y el tiempo vuela…


Día 6


Mi novia se llama Manuela, como la amante de Simón Bolívar, o como la obra de Eugenio Díaz Castro. Ella me dice que aún no cree que hayamos pasado casi 5 años de nuestra vida juntos; mucho menos que esto vaya a terminar así como está terminando ahora, con mi partida. Quiero que el tiempo pase lento. Acompañarla, estar todo el tiempo que me sea posible con ella, pues sé que esto le duele más que a mí. Salimos a almorzar al mismo restaurante de nuestra primera cita e intentamos ver todo con ilusión y alegría, pero la nostalgia nos invade desde el primer instante.


Me mira con sus ojos claros por encima de sus gafas y vuelve la mirada a su comida, que revuelve pero no prueba. Comienza a preguntarme acerca de mi viaje: —Entonces tú te vas, haces dinero por un tiempo y después vuelves, ¿cierto? Le enseñé en mi celular un mapa de Norteamérica donde tenía marcada la ruta que quería seguir: primero Cancún; de ahí me voy por tierra a Estados Unidos, voy desde Texas hasta Virginia, luego a Nueva York. Después, puedo pasar a Canadá por Ottawa y me instalo en Quebec un tiempo hasta reunir dinero para poder viajar a Europa. —Y si vas a viajar a todos esos países, ¿cuándo vas a volver? Le dije que lo último que tenía en la cabeza era volver; además, no tenía pensado viajar a ninguno de esos países, lo que quería era vivir en ellos. Me miró extrañada, como lo hacía siempre que le contaba mis sueños de viajar por el mundo. Le tomé la mano y la miré a los ojos, como preguntándole ¿estás conmigo? ¿me apoyas en esto? ¿no estoy tomando una decisión estúpida? Sus ojos verdes y tiernos por un momento brillan y parece que me quisiera decir: Mi amor, yo también voy a vender hasta lo que no tengo y me voy contigo. Pero su ilusión se apaga fugazmente, volviendo a su realidad, su estabilidad. Sus labios se mueven sólo para decir: —Bueno, si es lo que tú quieres está bien— mientras una lágrima bajaba por su mejilla.


Día 5


Mi padre me invitó a almorzar. Hubiese preferido no ir, pero teniendo en cuenta las circunstancias no hubo manera de evitarlo. Nunca he detestado tanto la ironía como cuando estoy cerca de él. Desde que me subí a la camioneta comenzó con su discurso, preguntándome que si yo estaba aguantando hambre aquí, o por qué era que me iba a ir. Le dije que me iba, más que todo, a conocer otras culturas, a aprender el idioma y otro montón de excusas para que me dejase en paz. —El trabajito que usted tenía, que yo le conseguí —me dijo con firmeza—, ese era un buen trabajo. No me gustó ni chimba que lo haya dejado. —Tenía razón, era un buen trabajo—. Espere y verás cuando esté por allá y un policía le truene esa cabeza, a ver si llama a su papá para que lo salve… Yo no sé por qué se tiene que ir por allá a buscar lo que no se le ha perdido, hermano; vea cómo tiene de preocupada a su mamá. Ella no está de acuerdo con que usted se vaya… pero yo sí, y ojalá vuelva de por allá convertido en todo un hombrecito, no pegado del culo de sus papás como siempre mantiene.


Siguió su discurso hasta llegar al restaurante. Cuando llegamos estaban mamá, mis abuelos y mis hermanos y hermanas paternos. Pedimos. Sirvieron las sopas primero, las bandejas después y, por último, el postre. Comenzamos a charlar —siempre suelo saltarme esta parte—. Pensé que, como en el almuerzo anterior, todos iban a tratar de convencerme de no irme a ningún lado. Pero todos, excepto papá, me decían que disfrutara, que me cuidara, y sobre todo que por favor volviera. Esto último no estaba en mis planes. Lo que sí tenía en mente era por fin escapar; nadie tendrá la mínima noción de mi existencia cuando cruce esa frontera.


Día 4


Casi todos mis amigos tienen 4 o más años de antigüedad, lo que habla bien de una persona de veinticuatro años. Nunca he sido de discotecas; me gusta más la idea de sentarme en un parque, una ventanilla o un andén a tomar cerveza. Además todos mis amigos, excepto yo, ya estaban metidos en el papel de adulto responsable, trabajando de 9 a 5 para cubrir sus necesidades y, algunos otros, las necesidades de sus hijos. Nos quedamos hablando de temas varios hasta que, rozando las once, uno por uno se fueron despidiendo, y me encontré solo en una esquina bebiendo cerveza. Al dar las doce uno de mis mejores amigos, Ramón, se acercó ofreciéndome una copa de aguardiente.


Comenzamos a hablar de mi viaje mientras nos tomábamos unas cervezas y unas copas de guaro. Le comenté lo que pensaba hacer pero tuvimos uno que otro desacuerdo. —Lo que usted tiene que hacer es irse a trabajar uno o dos años y se viene para acá con su platica, y ya mira si monta un negocio o cualquier cosa —me dijo; pero yo le dije que si me la pasaba trabajando todo el tiempo, ¿a qué hora iba a conocer todo lo que tenían para ofrecer las maravillas del mundo? Le expliqué que lo único que quería era por fin ser libre, y alejarme todo lo posible de mis ataduras. Convertirme en otro ser, tal vez hasta cambiarme el nombre. —¿Como Jules al final de Pulp Fiction? —me preguntó. Yo pensaba más bien en Ulises Lima, de Los detectives salvajes. Pero le contesté que sí, como Jules al final de Pulp Fiction. Me dijo que estaba bien si era lo que yo quería hacer, pero que pensara un poco en el futuro... y yo no quiero pensar más en el futuro. Mi futuro es incierto.


Ramón me propone ir a una fiesta cercana; me dice que tiene una amiga que quiere conocerme. Me enseñó su Instagram y se veía muy bien: trigueña y de buena figura. Pero le dije que no. Que no estaba de humor para esas cosas, que en mi mente solo estaba presente Manuela. Entonces me dijo: —Parce, usted que se va por allá ¿cuándo se le va a volver a presentar la oportunidad con una colombiana tan hermosa? Lo pensé y me pareció acertado, así que decidí ir a la fiesta con su amiga trigueña y otra amiga mía que desde hace tiempo me había pedido que le presentase a Ramón.


Día 3


Las conversaciones más profundas surgen cuando estás desnudo con la persona que amas. Uno sobre otro abrazados, con las pieles apretándose fuerte hasta dar la sensación de fusionarse. Pero allí también surgen las mentiras más descaradas.


He pasado todo el día con Manuela. Fuimos al centro comercial, almorzamos en el mall y ahora estamos en un cuarto de hotel —la habitación VIP con balcón y jacuzzi—. Hemos hecho el amor tantas veces que ya he perdido la noción del tiempo. Quiero que lo hagamos lento, aunque el tiempo pase igual de rápido. Disfrutar cada suspiro, cada roce, cada caricia… que me diga “te amo” al oído con ternura, para después yo cogerla fuerte. Hacerle saber que es mía y lo será siempre, así ya yo no esté con ella. Manuela está acostada en mi pecho y yo acaricio sus cabellos dorados. Ambos estamos sumergidos un trance, fruto del sexo terapéutico.


De repente comienza a balbucear unas palabras inseguras: —Oye, desde hace unos días lo estoy pensando y… No… —Hablé con mis padres, tengo algo de dinero en mi cuenta bancaria… No, por favor no —Y creo que me iré contigo. Podemos estar juntos, así sea en otro lugar, así sea en otro mundo. Yo me iré contigo, Martín.


Me quedo callado y me escabullo de sus brazos. Escapo de su cuerpo, y me siento en el borde de la cama. Ella posa su pecho en mi espalda mientras me acaricia el cabello y el pecho con ternura. —Esto era lo que tú querías, ¿cierto mi amor? Te seguiré hasta el fin del mundo si tú me lo pides.


Mientras tanto, yo pensaba en la noche anterior. La trigueña, las copas, la fiesta… su cuerpo y sus besos impuros. Tan carnales, tan alejados de lo que representa Manuela para mi vida, para mí. Mi mente hizo un boom, y todo lo que sucedió después fue totalmente involuntario. Le conté todo. Aunque para ello, solo tuve que decirle: pasó lo que tenía que pasar.


La sentí apartarse de mí. Sentí alejar sus manos suaves de mi cuerpo sucio. Escuché como se acostaba, se paraba y se vestía sin dirigirme una palabra. Y yo, sin voltear la mirada, sentado como una roca escuchando la puerta abrirse y ser azotada, mientras la tv reproducía un playlist de salsa romántica.


Día 2


Hace unas semanas retomé la lectura del libro de Milán Kundera La insoportable levedad del ser. Lo he intentado leer tres veces, pero siempre lo abandono; es tan real que no lo soporto. Aunque he pensado que lo insoportable tal vez sea el verme reflejado en sus personajes. Sea Teresa, Tomás o Sabina, no hay uno que no sufra. Es un libro que duele.


¿Acaso soy yo un Tomás y Manuela es mi Teresa? Mis acciones siempre son egoístas y nunca pienso en las emociones de ella. Pero es ella quien decide estar conmigo a pesar de las cosas que pasan. ¿Cuántas veces le he sido infiel? Y nunca lo había confesado hasta la noche anterior. Esta mañana le escribí. Le dije que todo había sido una confusión, que solo la quiero a ella y a nadie más en este mundo. Que nos fuéramos a conocer Norteamérica y después Europa, que nos casáramos en un país lejano, aún sabiendo, en el fondo de mi alma, que no quería llevarla conmigo. Mis deseos son dejarla aquí, con el resto de cosas que me atan y no me dejan ser. Irme es mi levedad y ella es mi peso. Un peso constante y consciente.


Terminé de leer el capítulo en que Teresa conoce a un hombre en un bar y, por venganza hacia Tomás, se va con él y tienen sexo en un pequeño apartamento. Pensé en Manuela. Tal vez ella alguna vez lo habría hecho. Ojalá, pero que lo haga con ira, con sed de venganza; no como Teresa que demuestra después su arrepentimiento. Eso es lo que en verdad merezco.


Reviso mi celular y noto que ella me envió un mensaje: Martín, ya todo se acabó. He estado ciega todo este tiempo, pero por fin veo que debí haber terminado esto desde hace mucho. Lo leo, bloqueo el celular y rompo en llanto. En parte por arrepentimiento, en parte porque sé que tiene razón; mi forma de amar es tan complicada que pocas personas denominarían aquello como amor.


Mamá toca la puerta y entra sin mi autorización. Te visita tu papá, me dice, y tras ella aparece él entrando como un toro, tomando asiento en la silla del escritorio del ordenador. —¿Por qué está llorando? ¿es que ya se arrepintió de abrirse o qué?— me dice papá, mientras mamá se sienta en el borde de la cama e intenta consolarme, diciéndome que si yo no quiero no tengo por qué irme, que no pasa nada… —Pero déjelo que se vaya— dice papá —Apenas vea que esos gringos lo tratan como una mierda aquí mismito lo va a tener pidiendo chichigua, como siempre lo ha hecho. Usted consiente mucho a ese muchacho y vea como lo tiene, parece un marica…


Pude haber callado como lo he hecho en los últimos 24 años. Pero el cansancio y las emociones reprimidas desde hacía tanto tiempo me hicieron hablar. —Padre, ¿qué ha hecho usted todos estos años para que yo me convierta en un hombre, así como usted me lo exige? —¿Es que acaso no me he partido el lomo trabajando todos estos años? O dígame entonces quién le pagó su viajecito que se va a dar a Estados Unidos. —Sí, usted nunca ha faltado con el pan a la mesa y yo se lo agradezco. Pero usted para mí representa más la función de un banco que la de un padre. —¿Perdón? —No recuerdo una sola vez que hayamos jugado un partido de fútbol, nunca aprendí a nadar ni a andar en bicicleta. Incluso yo mismo aprendí a afeitarme, todo por mi propia cuenta. —No pues, pobrecito el niño —me dijo, parándose de la silla abruptamente—. ¿Acaso no le he pagado los mejores colegios y universidades? ¡Mucha gente mataría por tener un padre que provee, que responde así como lo hago yo! ¡Nunca se atreva a mencionar de nuevo que he sido un mal padre! —¡Todos los recuerdos que tengo sobre usted son gritándome y criticándome! ¡Nunca estuvo ahí cuando necesité un abrazo o un consejo! ¡Usted nunca me ha apoyado en nada! —¡Cómo se atreve! —me dijo, y se acercó hacia mí—. ¡Yo a su edad estaba trabajando en fábricas, en construcción, en lo que tuviera que trabajar para poder llevar comida a la mesa como lo hacen los hombres! En cambio usted, ni un callito en esas manos tiene. ¡Sea agradecido, al menos! —¡Al final para qué tanto sacrificio si decidió abandonarnos! ¡Usted escogió largarse con su otra familia! —¿Cómo? ¿Qué es lo que está diciendo? —me dijo, mientras se acercaba a mí violentamente. Me agarró desde la cama, por el cuello de la camisa, y me levantó a la altura de sus ojos brotados de ira.—. ¡Usted puede decir lo que sea menos que los he abandonado! ¡Mire la casa en la que vive! ¡La nevera está llena de comida! —Y me lanzó hacia un caballete que tenía en mi cuarto, con una obra a medio terminar—. ¡De ahora en adelante yo soy el que habla, y usted se calla!


Mi madre, la cual no sentí en la habitación hasta ese momento, comenzó a llorar desconsoladamente. Papá la miró, y calmó su ira. — Vea cómo hace llorar a su mamá. Si ve lo que hace usted, huevón de mierda.


Salió de la habitación, bajó las escaleras ruidosamente y se fué en su camioneta. Mientras escuchaba el motor y las llantas chillando sobre el asfalto, yo me incorporaba y consolaba a mamá.


Día 1


Mi hermano mayor me invitó a comer. A decir verdad, es mi medio hermano; de diferente madre, pero el mismo padre. Mi papá siempre me comparaba con él. Por un momento, fue mi modelo a seguir. Un hombre respetable, de familia y de negocios como el papá. Se graduó de derecho en una universidad privada, hizo prácticas en el magisterio y fue ascendiendo hasta ganarse un puesto dentro de la política. Un hombre respetable.


Lo primero que me preguntó fue acerca de papá; que si había pasado algo con él, ya que le preguntó por mí y le respondió que no quería saber nada del tema. Yo le dije que habíamos tenido un pequeño altercado, ya que le había dicho que quería cumplir el sueño americano, pero sin ponerme tan gordo como él, y eso no le sentó bien. Mi hermano sonrió y me creyó, o decidió creerme. —Papá puede ser tosco a veces, pero en el fondo es como tú o como yo. A él le duele mucho que te vayas, hermano.


Nos sentamos y, mientras esperaba la comida, mi hermano me daba algunas precauciones que se debían tener para viajar a los Estados Unidos, como cuidar bien el equipaje y no ponerse nervioso con la migra. Me preguntó que por qué me quería ir, que aquí todavía hay posibilidades: Las oportunidades están, solo hay que encontrarlas. Yo le dije que no tenía nada que ver con eso; que solo quería escapar, irme del lugar en donde estaba. Me miraba extrañado y continuaba hablándome, preguntándome por qué tenía la necesidad de escapar de todo y dejar las cosas atrás como si no hubiesen existido.


De un momento a otro dejé de escucharlo, y comencé a reproducir en mi cabeza, como tantas veces, el día que papá nos abandonó. Mamá gritando por el balcón, tirando trapos a la calle, y mi papá diciéndome a mi, con ocho años, que le ayudara a sacar sus cosas de la casa. Cuando sacamos todo me dio un beso en la frente y me dijo: Adiós mijo, cuídate. Y partió. Con el desdén y la normalidad de quien ya lo había hecho antes.


—Ey, hermano —me dijo, y me hizo volver a la realidad—. Si me pides cualquier cosa yo te la doy con tal de que no te vayas —lo miré y vi también en él al niño de 8 años abandonado por su padre, y a papá tomando el auto y dirigiéndose a la casa donde vivía con mamá.— Te voy a pedir algo, y es que…— Lo pensé un rato—. Y es que me lleves mañana al aeropuerto —. Le dije.


Día 0


El vuelo sale a las cinco de la mañana. Son las cuatro y ya estoy en la sala de espera. Así no lo admita, hubiese querido que se presentara un trancón, un accidente, un retén, cualquier cosa que me hiciera quedarme aquí; pero luego miro a mi alrededor y no veo a nadie. No está Manuela, no está papá; Ramón entra a trabajar a las cinco, mi hermanita tiene escuela, mi hermana mayor debe despachar a mi sobrino al colegio, y no quise despertar a mamá porque sus pastillas siempre le hacen dormir hasta entrada la tarde. Mi hermano me acompañó hasta la sala de espera y se fué también, por unos negocios pendientes. Me encuentro aquí solo, preguntándome ¿Y si me quedo? Pero ¿para qué iba a quedarme, si todo lo que tenía aquí está ya destruido? Ni la familia ni el amor me atan ahora. Soy un ser libre como siempre lo había querido ser. ¿Es esta la levedad? Si es esto, la levedad pesa más de lo que imaginaba. Es inevitable tener que cargar con un peso. El peso del abandono, el peso de dejar todo atrás. Cuatro y cuarenta y cinco, ya casi es hora de irme y me entra una llamada. Es papá.


Decido no contestar, pero me llama una segunda vez y, a la tercera, le contesto. —Hola, mijo. —Hola, padre. —… —… —Yo de verdad le quería como comentar algo. —¿Si? —Es que pues… —… —La verdad yo no tenía por qué pegarle a usted. Usted ya es un hombre hecho y derecho, nadie tiene por qué tocarle un solo pelo. —¿Son unas disculpas? —Pues… si lo quiere tomar como unas disculpas —suena al fondo la voz de mi hermano—, pues sí, me estoy disculpando con usted. —Yo también le quería pedir disculpas por las cosas que dije. —Listo mijo, entonces así quedamos. En un futuro yo le explicaré lo que pasó entre su mamá y yo, y la otra muchacha que yo tengo ahora; son cosas de hombres, usted que está pelado no me entendería. —Bueno padre… —… —… —Estamos en contacto. No me vaya a dejar de contestar ni a mi, ni a su mamá, ni a nadie. Hágame ese gran favor. —Bueno, padre. —Hablamos, pues.


Faltan diez minutos para que el vuelo salga y comienzan a llamarnos. Antes de pasar por el cubículo apago el teléfono, el único vínculo entre Colombia y yo, y lo tiro a la basura. Las puertas se cierran detrás mío, cerrando una etapa de mi vida. Comenzar de cero, viajar, conseguir casa, vivir de nuevo… Supongo que, entre más grande la levedad de un cuerpo, más pesados son los cepos que carga. Si así no fuera, desde hace rato que estaría volando por las nubes.

ISSN: 3028-385X

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