Kalpa de agua salada

Duban Álvarez Cabrales
Universidad de Cartagena
En las antiguas lenguas de la India, un kalpa era el tiempo de los dioses: un ciclo donde la eternidad cabe dentro de una respiración (Epstein, 2003). Pero también puede ser un instante humano, cuando el tiempo se detiene y la conciencia, asfixiada por el miedo o la revelación, toca lo eterno.
Tuve el mío una mañana. Al grito de la luxación del hombro siguió el agua salada entrando en mis pulmones y, con ella, la desesperación que me arrastraba hacia las profundidades del miedo a morir. Sentí el tiempo desdoblarse: los recuerdos de mi familia, mis amores y mis arrepentimientos se disolvieron, y mi mente se fijó únicamente en las pequeñas burbujas que escapaban de mi cuerpo, fundiéndose con el azul del cielo reflejado en la superficie.
Sin ninguna asociación clara, un pensamiento recorrió mi mente hasta detenerse en la promesa cristiana de la inmortalidad del alma. Imaginé entonces que mi cuerpo, separado ya de ella, yacería en aquella morada cristalina durante los días que el mar tardara en devolverlo. Y allí, toda conciencia —consciente de mi existencia— abrazaría, con resignación nacida de la experiencia, el axioma aristotélico según el cual “todo hombre es mortal” (Aristóteles, 2005).
Pensé, con tristeza, en esa mortalidad como último destino de mi cuerpo, y recordé que, para Kierkegaard (2008), no es ella la verdadera enfermedad del hombre, sino la desesperación; esa misma que tiraba de mi hombro dislocado hacia el fondo. En ese segundo de lucidez vi la tierra oscura bajo mis pies y me dejé caer; toqué el fondo del abismo con la punta de los dedos y me impulsé, traspasando la superficie. Respiré con violencia, y el aire me quemó los pulmones como un fuego nuevo.
Había muerto y renacido en un mismo instante. Floté de cara al sol y nadé —solo con las piernas— hasta la orilla, sin pensar en nada más que en el ¡uno, dos! que marcaba mi regreso.
Más tarde supe que la expansión de aquel instante no respondía a una revelación mística, sino a un fenómeno neurocientífico. El cerebro, ante el umbral de la muerte, libera un torrente de adrenalina y cortisol que enciende cada sentido, percibiendo más detalles por segundo (Stetson et al., 2007), como si intentara aferrarse desesperadamente a la vida con cada fibra de sí.
Desde entonces dejé de temerle a la muerte, porque comprendí que el kalpa es ese segundo en el que el cuerpo se enfrenta a su fin o el último movimiento de la vida antes de apagarse. Por eso, a la muerte no se la combate, se la acepta y se la deja pasar en calma, como parte de uno mismo. Por lo que no hay que temerla, sino recibirla y abrazarla fuertemente… lo que dura una respiración.
