El amor y la revolución

Luciana Zamora Plazas
Fundación U. Los Libertadores
¿Qué sentido tiene vivir si no es para transformar y ser transformado?
El término tibio ha sido históricamente utilizado para señalar la falta de definición, lo que evita que tomes partido, la comodidad de estar en el medio, la mal-llamada neutralidad. Pero en el amor y en la revolución (los actos más radicales de la existencia) no hay espacio para ser tibio. Ambas implican entregarse con todo el cuerpo, toda la voz y toda la verdad.
El amor nos cambia de raíz, nos sacude la piel y nos enseña a vernos en la mirada del otro. La revolución nos cambia porque nos recuerda que la vida no se agota en la experiencia individual; reordena la historia, reescribe los vínculos sociales y abre la posibilidad de un futuro distinto.
La tibieza es una forma elegante de no comprometerse: de no mancharse las manos, pero también de no dejar huella. Y en un país atravesado por la violencia, la desigualdad y la indiferencia, la tibieza política se traduce en perpetuar lo mismo que decimos querer transformar. Quien elige no elegir, en el fondo, sostiene el orden tal como está.
El amor y la revolución no están hechos para los tibios. Están hechos para quienes entienden que arriesgarse es la única manera de dejar huella: en un beso, en una plaza, en un voto, en una declaración, en la esperanza de un país distinto. Porque el amor y la política comparten la misma raíz: la convicción de que la vida no se mide por lo que acumulamos, sino por lo que nos atrevemos a dar.



