El hombre “faro”: la historia de un juez, de un amante, de un político, de un abuelo

Foto: Archivo particular

Pablo Galindo Lema
Universidad Javeriana
En la quietud de su sala, hundido en aquel antiguo sillón club de un ocre mostaza ya gastado, fumando su pipa, vistiendo su boina, mientras sostenía en el rostro esa mirada de quien vive, como diría Piero, «perdonando al viento», así lo guardo en mi último recuerdo. Pero detrás de aquel viejo, se esconde un hombre que alguna vez fue amante, juez, político, padre y por último, mi abuelo. A través de su memoria se hace posible entender cómo las tensiones del pasado dieron forma a nuestro presente. Es asomarse al sufrimiento de los pueblos de Europa Oriental bajo el comunismo y su Cortina de Hierro, pero también descifrar las cicatrices que el autoritarismo, la censura, la dictadura, el bipartidismo y los años de la Violencia se grabaron en el alma de Colombia. Así pues, esta es la historia de Carlos Galindo Pinilla.
Nace el 16 de Marzo de 1924, mayor de diez hermanos, en la fría Bogotá, aquella de los cachacos con corbata y vestido, donde no se hablaba de metro sino de tranvía, cuando Usaquén era un municipio más. Tenía padres estrictos, con la severidad de época que posteriormente heredó al criar a sus propios hijos. Años más tarde, para cursar sus estudios de bachillerato, llegó a la ciudad de la Catedral de Sal para internarse en el entonces llamado Liceo Nacional de Zipaquirá. En aquellas aulas del altiplano conoció a Gabriel García Márquez, el de Aracataca, del cual no hace falta presentación. El destino lo llevaría después a la facultad de Derecho de la Universidad Nacional (UNAL). Allí, a diferencia de su viejo amigo —quien para bien de todos desertó por las letras—, él se inclinó definitivamente por las leyes. Durante sus años de pregrado, despertó su fascinación por el derecho constitucional, el administrativo y la filosofía. Esta vocación humanista estuvo guiada por la huella indeleble de maestros como Alfonso López Michelsen, Darío Echandía y Luis López de Mesa.
Ya graduado en 1948, y luego de la respectiva labor de “patinaje” que todo abogado en algún momento de su carrera ha de tener, fue nombrado magistrado del Tribunal Superior de Aduanas —el abuelo de la DIAN, por así decirlo— entre 1951 y 1954. Este paso fue fundamental en su camino, pues desde un primer momento, sus ojos estuvieron puestos en la rama judicial, una inclinación que marcaría de forma definitiva décadas después.
Él encarnaba aquello a lo que se refería su compañero Álvaro Gómez Hurtado cuando hablaba del “talante conservador”. Azul de corazón, Carlos era un fiel creyente de que mediante el servicio público es posible transformar una sociedad injusta, y de que sólo a través de la búsqueda del interés común —como diría el Estagirita— es que se debe gobernar. Impulsado por tales ideales, e influenciado por quien en su momento fue su mentor, Laureano Gómez (de quien, en lo personal, guardo mis reservas), en 1958 dió el salto a la política y fue elegido Representante a la Cámara por el departamento de Boyacá, haciendo parte de la Comisión de Reforma Judicial entre 1969 y 1970.

A la izquierda, Carlos Galindo, en el centro, Álvaro Gómez
Durante ese período turbulento, con el frente nacional en la mira, ocurrió una anécdota grabada en la memoria familiar. Se encontraba Carlos almorzando en el Club de Abogados de Bogotá junto a Belisario Betancur —ambos críticos implacables de la dictadura de Rojas Pinilla—, cuando un grupo de militares irrumpió violentamente en el recinto exigiendo saber quiénes eran “el par de hijueputas que hablaban mal de mi general”. Lejos de amedrentarse, respondieron con hidalguía: “Pues he aquí a los ‘hijos de puta’ que hablan mal de su general”. Aquel desafío les costó ser golpeados y conducidos a prisión de inmediato, incomunicados, sin juicio alguno y bajo el silencio de una democracia suspendida. Presumiblemente, al percatarse las autoridades de que eran protegidos de Laureano Gómez, fueron puestos en libertad. Tan conocida era la aversión de Carlos hacia el abuso de poder que, tiempo después, Álvaro Gómez Hurtado lo contactó de manera clandestina con el fin de conspirar para un golpe de Estado contra el entonces presidente Samper, probablemente por el escándalo del Proceso 8000. Aunque los alcances de aquella tentativa revolucionaria se perdieron en el secretismo de la época, él rechazó la propuesta.
Sin embargo, aquella investidura de congresista se convirtió, sin él saberlo, en el tiquete para encontrar el amor. Un amor que no nacería en sus propias tierras, sino al otro lado del Atlántico, en una Europa que aún arrastraba los escombros y la reconstrucción de la Segunda Guerra Mundial.
En los años cincuenta, la Unión Soviética (URSS) —que a pesar de haber vencido en el campo de batalla, aún no ganaba la lucha ideológica contra el capitalismo— optó por una estrategia de lavado de imagen en medio de su Guerra Fría contra el Tío Sam. Los invitados especiales en esta ocasión para esta puesta en escena fueron los miembros de una delegación de congresistas colombianos, invitados a la entonces Checoslovaquia para constatar, de primera mano, las supuestas “bondades” del comunismo. De manera paralela y al otro lado del mundo, una pequeña niña, Jana Váchová, crecía en České Budějovice, en el corazón de Bohemia. Su abuelo, Jan Vácha, perteneció al ejército Checo en la Gran Guerra luchando contra Alemania, y su padre, de igual nombre, se desempeñó como capitán de policía durante el régimen nazi. Este último, bajo el yugo de Heydrich —el carnicero de Praga—, se dedicó a falsificar “certificados de pureza racial” con el único fin de salvar vidas inocentes y evitar que los judíos dieran a parar a los campos de concentración. Habiendo heredado esa inclinación al servicio, Jana se trasladó a Karlovy Vary para estudiar enfermería; una ciudad que parece de juguete, atravesada por un río, donde se dice que el antiguo emperador de Bohemia, Carlos IV, descubrió sus famosas aguas termales.
Es en este punto donde ambas historias se cruzan: un baile en el Grand Hotel Pupp. Jana, en un principio, no se mostraba entusiasmada; le daba flojera ir, pero la insistencia de una amiga y la curiosidad por conocer a unos supuestos personajes llegados del otro lado del mundo la motivaron a asistir. Con su mejor vestido, cruzó las puertas de aquella imponente construcción neobarroca. Fue allí, en medio de la multitud, donde Carlos advirtió de aquella checa de cabello dorado como el trigo de Bohemia y unos ojos claros donde parecía reflejarse el azul frío del río Teplá. Si antes de esa noche no existía el amor a primera vista, en ese instante nació. Solo había un problema: ni él hablaba checo, ni ella español. Carlos, sin titubear, no dejó que el silencio fuera un impedimento; se acercó y comenzó a comunicarse con ella dibujando sobre las servilletas del hotel. Aún hoy resulta un misterio cómo un hombre de metro sesenta logró conquistar a una imponente europea de ese calibre, pero lo hizo. El resto de su estadía en Karlovy Vary lo pasaron juntos, hasta que llegó el momento del adiós para continuar el viaje diplomático.
Después de Checoslovaquia, la comitiva colombiana recorrió otros países del bloque comunista, incluida China, donde Carlos tuvo la oportunidad de conocer al mismísimo Mao Zedong. Sin embargo, por más ínfulas de grandeza que el comunismo desplegó a su paso, fue evidente que aquella propaganda nunca logró teñir de rojo el alma profundamente azul de Carlos. Con la hora de regreso al continente americano cerca, él sabía que no podía dejar su destino pendiente en Europa. Antes de embarcarse, volvió a Karlovy Vary y, sin perder el tiempo, le pidió la mano a Jana, pero en un astuto intento por frenar un matrimonio tan prematuro, su padre, Jan, le puso una condición: aceptaría el compromiso siempre y cuando su hija terminara primero la carrera de enfermería. Carlos accedió y ambos, con el corazón en las manos, se dijeron un hasta pronto, sin sospechar que los verdaderos problemas apenas estaban por comenzar.

(Comitiva colombiana en la República Popular China con Mao Zedong)
Durante el tiempo restante de la carrera mantuvieron una correspondencia frecuente; cartas de amor transcontinentales que desafiaban la distancia. Sin embargo, cuando Jana finalmente se graduó y pareció superada la etapa más difícil de la relación, emergió una barrera aún peor: el autoritarismo. Los Aliados habían ganado la guerra, pero Checoslovaquia seguía sometida bajo el yugo del régimen ruso comunista —que fue incluso peor que el de los nazis, como recordaría mi abuela—. Eran tiempos de represión, y desde Moscú la orden era clara: ningún ciudadano podía abandonar el país. Fue entonces cuando Carlos, moviendo sus influencias y contactos diplomáticos, logró conseguir un permiso extraordinario que autorizaba la salida de Jana hacia Colombia. Pero nada era gratuito: el régimen le otorgó un ultimátum de apenas veinticuatro horas para cruzar la frontera y, una vez afuera, perdería su nacionalidad. Ante la asfixia que padecía su tierra y con la esperanza de que ese país desconocido llamado Colombia le ofreciera un porvenir de mayores oportunidades, Jana abandonó su hogar en busca de un futuro junto a su amado. Jamás volvió a ver a su madre, quien falleció antes de que ella pudiera regresar.
Ya en Bogotá, con el pasar de los años, Jana logró dominar un español que a primera vista parecía nativo, aunque jamás se desprendió de sus raíces checas. En su persistente anhelo de tener una hija, la vida les dio primero cuatro varones y, finalmente, en el último intento, llegó la menor: una niña. Carlos, fiel a su temperamento fuerte, mantuvo una disciplina férrea en la crianza; una tarea nada fácil frente a unos hijos que en su adolescencia resultaron ser algunos profundamente revoltosos. Durante este tiempo, alternó los desafíos del hogar con su ejercicio como abogado independiente y profesor de Derecho Constitucional y Administrativo en la Universidad La Gran Colombia y la Universidad Nacional, siendo en esta última miembro del consejo directivo de la Facultad. Su carrera académica y profesional dio frutos cuando se produjo la vacante del consejero de Estado Lucrecio Jaramillo Vélez, momento en el cual la corporación lo eligió por cooptación para ocupar la magistratura.
Desde su posesión en 1973 como magistrado de la Sección Primera del Consejo de Estado, mantuvo una línea jurisprudencial inequívoca: la defensa férrea de las libertades ciudadanas y las garantías del Estado de derecho. El 26 de mayo de 1976, bajo su ponencia, la corporación dictó una sentencia hito al consagrar como principio constitucional y democrático que las actuaciones y documentos del Estado deben ser públicos. La trascendencia de este pronunciamiento era mayúscula si se tiene en cuenta el contexto de la época: bajo el fantasma omnipresente del estado de sitio contemplado en la Constitución de 1886, y ante un catálogo de derechos fundamentales marcadamente restrictivo, la veeduría ciudadana sobre el poder público era prácticamente nula. En palabras del propio magistrado
“En un régimen de democracia representativa como el que nos rige, la participación ciudadana no se reduce al derecho de intervenir por medio del sufragio en la constitución de los poderes públicos; además de ello, los ciudadanos tienen la facultad de ejercer vigilancia sobre la conducta pública de los agentes del Estado y el derecho de controvertir o discutir privada o públicamente las actuaciones y las decisiones de la autoridad pública (...) Naturalmente, el ejercicio de tales facultades y derechos requiere, como presupuesto básico que la actividad pública no se desarrolle secretamente o bajo el sigilo sino que como pública que es, así se ejercite y de esa forma quede constancia de ella”.
Posteriormente, mediante sentencia del 20 de febrero de 1980, el magistrado Galindo reafirmó su postura al sostener que: “Sólo mediante la publicidad de las actuaciones de los funcionarios estatales se hace posible el control que la opinión pública tiene derecho a ejercer sobre sus gobernantes”. De este histórico fallo, los periodistas Alberto Donadio y Daniel Samper Pizano extrajeron dicha premisa para convertirla en el epígrafe de su libro La llave de la transparencia. La providencia significó un paso monumental en la defensa de los derechos de los ciudadanos y la prensa, sentando de manera temprana las bases de lo que hoy consagra el artículo 74 de nuestra Constitución Política. Finalmente, tras culminar su ciclo en el Consejo de Estado, dejó su cargo en 1980. Al momento de presentar su dimisión, el entonces procurador general de la Nación, Guillermo González Charry, le remitió una emotiva misiva en la que elogió su profunda dedicación, rectitud y eficacia en la noble labor de administrar justicia en Colombia.
Es entonces cuando abre las puertas de su propia firma, Galindo y Asociados, donde ejerció el litigio hasta que la salud se lo permitió. Hoy en día, la oficina —renombrada Galindo Vácha Abogados— es por uno de sus hijos, el abogado javeriano Juan Carlos Galindo Vácha, quien ha continuado con la tradición de servicio público al desempeñarse como magistrado auxiliar de la Corte Suprema de Justicia y registrador nacional del Estado Civil.
Años después de haber dejado la alta magistratura, debió dirigirse al centro de Bogotá para realizar una diligencia en el Palacio de Justicia. Sin embargo, antes de cumplir la cita, decidió pasar a almorzar a su ya frecuente Club de Abogados. Mientras estaba sentado a la mesa, una noticia escalofriante sacudió el lugar: el “Eme” se había tomado la sede de la Rama Judicial. El impacto inicial lo dejó sin aliento; de no haber sido por el azar de un almuerzo temprano, se habría encontrado en medio del fuego cruzado entre el Ejército y la guerrilla. Aquel 6 de noviembre de 1985 fue un día de luto y terror para Colombia; una tragedia que extinguió las vidas de los más brillantes juristas del país, como Alfonso Reyes Echandía, Carlos Medellín Forero o Manuel Gaona Cruz. Por un designio de la fortuna, no fue el turno de mi abuelo.
En cuanto a sus relaciones personales, siempre cultivó una lealtad inquebrantable hacia sus compañeros de estudios y de letras. Tejió estrechos vínculos con los poetas del movimiento de Piedra y Cielo: Gerardo Valencia, Arturo Camacho Ramírez, Eduardo Carranza y, de manera entrañable, con Jorge Rojas. Asimismo, su agudeza y rectitud le permitieron mantener una relación de mutuo respeto con grandes protagonistas de la historia nacional, entre ellos los expresidentes Guillermo León Valencia, Darío Echandía, Laureano Gómez, Virgilio Barco y Misael Pastrana Borrero, al igual que con el líder conservador Álvaro Gómez Hurtado.
Pareciera que en este punto su historia llegaba a su fin; sin embargo, en los años recientes, todo dio un giro absoluto. Uno de sus hijos es Álvaro Galindo, mi padre, quien a pesar de haber crecido entre leyes y decretos, demostró habilidades y motivaciones hacia la estética, es artista. Hace un par de años, recibió un correo electrónico de un remitente desconocido que lo dejó desconcertado. Un periodista checo le escribió: “Tengo información de su padre que le puede interesar”. En un principio, el escepticismo lo hizo dudar: “Pedirá dinero o algo”, imaginó; pero la curiosidad venció al recelo y decidió indagar más.
Resultó que este periodista llevaba años investigando los archivos del régimen comunista en la antigua Checoslovaquia y descubrió una serie de documentos desclasificados del StB, la policía secreta, que evidenciaban una estrategia de expansión soviética hacia América Latina, y en particular hacia Colombia. El plan consistía en adoctrinar e instrumentalizar a funcionarios clave del gobierno para desestabilizar el Estado e introducir su ideología. Fue bajo el amparo de esa estrategia que Moscú accedió en su momento a autorizar la salida de Jana, pretendiendo que los ciudadanos checos en Colombia sirvieran involuntariamente de puente operativo con la inteligencia comunista. Claramente, la operación fue un fracaso absoluto: ni mi abuela comulgaba con el comunismo, ni mi abuelo mucho menos.
Lo que sí evidenciaron las carpetas compartidas fueron los informes detallados de espías que, a lo largo de los años, se hicieron pasar por amigos personales de la familia y de la delegación diplomática en Colombia para reportar las actuaciones y opiniones de Carlos. Mi abuelo falleció antes de enterarse de este entramado, pero para mi abuela Jana el hallazgo significó una dolorosa traición por parte de quienes consideraba sus allegados.
No obstante, en aquellos archivos de inteligencia, los espías se referían a Carlos bajo el alias de el “Faro”. Se equivocaron los estrategas soviéticos al creer que podían corromper o instrumentalizar a un hombre de sus convicciones, que como el roble, se rompía antes que torcerse. Pero, acertaron con el pseudónimo: como faro que es, se erige como una torre firme en sus creencias e ideales, cuya luz guía a los demás hacia la rectitud. Es precisamente por esa última cualidad, que en 2004 el entonces presidente Álvaro Uribe Vélez, lo condecoró con la Orden de la Justicia, “Por toda una vida entregada al Estado colombiano”, pues a través de decisiones siempre defendió las garantías de los ciudadanos.

Foto: Archivo particular
Carlos Galindo Pinilla falleció de viejo en la paz de su hogar, dejando atrás una vida de novela y un legado que no solo marcó la historia de Colombia, sino que transformó mi propia vida. Hoy, ad portas de graduarme como abogado, mi abuelo es mi inspiración y modelo a seguir. Gracias a su ejemplo, estoy convencido de que mediante el servicio público y la defensa del bien común es posible aportar ese grano de arena, y que sólo obrando con rectitud en el ejercicio de la profesión es que se puede llegar a un verdadero cambio en este país.

