El pastorcito mentiroso

Juan José Salazar Villamizar
Universidad Nacional de Colombia
Érase una vez, en un país muy, muy lejano —de ser estable— un pastorcito que cuidaba su rebaño en la cima de la colina, más específicamente en la Casa de Nariño, donde todo se ve lejano, incluso el pueblo y el cambio. Aquel pastorcito, de apellido Saade y verbo bendecido, se encontraba muy aburrido —como cualquier jefe de despacho— y, para divertirse, se le ocurrió hacerles una broma a los aldeanos. Luego de respirar profundo, y de que el Congreso lo declarara persona non grata —porque declararlo non grita era imposible—, el pastorcito gritó:
—¡Lobo! ¡Lobo! ¡Golpe blando! ¡Reformas!
Los congresistas y ministros salieron corriendo. Las Cortes se asustaron profundamente y se prepararon para defender la democracia. Pero cuando llegaron, no vieron tanques, ni helicópteros, ni ninguna conspiración. Tan blando sería el golpe… que no se sintió. Volviéronse, refunfuñando, los congresistas a su recinto, los ministros a sus despachos y las Cortes al palacio, tras la falsa alarma del pastorcito.
—No grites golpe blando, cuando no hay ningún golpe… ¡blando! — le dijo la oposición. Y entonces Santos bajó de su paloma de la paz y enunció: “Ese tal golpe blando no existe”.
—¡No grites reformas si no tenemos ni ponente, ni texto, ni mucho menos los votos! — señalaron algunos aldeanos que habían hecho un pacto histórico.
Luego de unas pocas horas de reflexiones macondianas del presidente y de la transmisión de La Casa de los Famosos, mal llamado “Consejo de ministros”, el pastorcito Saade se aburrió y gritó nuevamente:
—¡Lobo! ¡Lobo! ¡Quieren tumbar al presidente, los rojos, los azules, los verdes, la Niña, la Pinta y la Santa María!
Los colombianos acudieron a mirar Twitter (X) inmediatamente, medio de difusión estatal por excelencia. Pero, ya acostumbrados a que haya un fin del mundo cada día o un tweet explosivo, simplemente refunfuñaron. Nuevamente las Cortes se alertaron y subieron la colina.
—Aquí solo hay persecución si cuestionas la decisión de una jueza por ser mujer y porque no te absuelve— advirtieron con la mano firme y el corazón grande.
Pero el pastorcito y su despacho seguían revolcándose de la risa mientras veían bajar nuevamente a los aldeanos de la colina… y a la popularidad del gobierno.
Más tarde, el pastorcito Saade, inquieto, vio el fin del gobierno acercarse. Asustado, gritó tan fuerte como pudo:
—¡Lobo! ¡Lobo! ¡Se nos acabó el periodo! ¡Aprueben las reformas! ¡La paz total! ¡Las promesas de campaña! ¡Reelección!
Pero esta vez… nadie subió. (No precisamente por los bloqueos del paro minero ni por falta de viáticos).
Los Congresistas ya estaban en campaña, las bancadas ya no creían y las Cortes finalmente estaban atendiendo las problemáticas reales de la justicia en Colombia. El pastorcito lloró inconsolablemente mientras veía al lobo huir con todo el rebaño que había creído en el cambio prometido en campaña, con todas las propuestas que habrían hecho un país mejor, pero que quedaron encerradas en el corral.
Al atardecer, el pastorcito cruzó la Plaza de Bolívar y les dijo a todos:
—El lobo apareció en la colina, se nos acabó el periodo y se nos ha ido todo nuestro rebaño. ¿Qué haremos en 2026? ¿Por qué no quisieron ayudarme?
Entonces los colombianos respondieron:
—Te hubiéramos ayudado, así como lo hicimos antes; pero nadie cree en un mentiroso incluso cuando dice la verdad.
